top of page

Desarrollos sobre el Grupo-FormaciĆ³n / Juan Carlos De Brasi

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • 1 oct 2023
  • 34 Min. de lectura

ā€œComo ese sutil pellejo del que las cigarras se despojan en veranoā€.

Lucrecio.


La denominaciĆ³n empleada aquĆ­ es aparentemente homĆ³nima ā€“sĆ³lo esoā€“ a la del ā€œgrupo de formaciĆ³nā€, tal como ha sido fijada por las distintas variantes del ā€œgrupismoā€. Sin embargo las nociones de grupo y formaciĆ³n se encuentran absolutamente desligadas de las que guĆ­an la ā€œDinĆ”mica grupalā€ desde sus comienzos (Bethel, 1947) y sus versiones nacionales, sea la funciĆ³n-grupo de la corriente americana (T-Group), la franco-americana de ā€œGrupo de diagnĆ³sticoā€, o la adaptaciĆ³n francesa de ā€œGrupo de baseā€.

Las consideraciones de este texto proceden de fuentes y universos diferentes. Su dimensiĆ³n apenas indicativa responde al sostenido y eficaz desencuentro del M.H. y el psicoanĆ”lisis, el surgimiento novedoso de un pensamiento transdisciplinar y las fisuras, cada vez mĆ”s acentuadas, de las concepciones unificadoras (2).

El sentido de estos trazos es el de esbozar un conjunto de problemas acerca de los grupos-formaciĆ³n:

Uno y otro concepto han sido, en su momento, ocultados o puestos de relieve con idĆ©ntico afĆ”n o exagerado Ć©nfasis. La historia del maridaje de ambos tĆ©rminos no deja de ser atrayente. Se unen con extremo cuidado, disputan sus procedimientos (la formaciĆ³n ā€œen espejoā€), pelean sus modalidades (ā€œdirectivaā€ o ā€œno directivaā€), discuten sus valores finalistas (ā€œmejorar al ser humanoā€ o ā€œadaptarlo a lo existenteā€), ponen en cuestiĆ³n sus prĆ”cticas (en favor de la ā€œlibertadā€, sujeto de la acciĆ³n o de la ā€œsujeciĆ³nā€, objeto de la misma).

De pronto se anudan de manera impensada, con placer confusional. Grupo es todo y ā€œtotalidadā€, sea grande o pequeƱo, sĆ³lidamente construido o lĆ”bilmente agrupado. Se lo puede apresar por la regresiĆ³n libidinal y la idealizaciĆ³n de un sujeto, idea o resto mĆ­tico. Se lo puede ver marchar con uniforme o caminar sigilosamente con sotana. La vestimenta simbĆ³lica poco importa, pues las invariantes que lo conforman han sido apresadas en su esencia.

Pero tambiĆ©n formaciĆ³n es todo. Puede ser econĆ³mica, activa o reactiva, definida o inespecĆ­fica. Como tal atraviesa los comportamientos y actitudes, la adquisiciĆ³n de habilidades, destrezas o la producciĆ³n de conocimientos.

Claro que varios aspectos han sido elididos y eludidos por el matrimonio. AsĆ­ el ā€œgrupo de formaciĆ³nā€ semeja una totalidad vacĆ­a, a la que se accede inmediatamente y que, por esa misma razĆ³n, no necesita justificar ni articular sus determinaciones internas. Surge como una ā€œintuiciĆ³n plenaā€, y de ese modo pretende desarrollarse todo el campo en el cual transcurren las experiencias ya clĆ”sicas de estas formas ā€œgrupalistasā€ es decir de los grupos volcados sobre sĆ­ mismos, admirados de su propio ombligo, y de serlos del resto del mundo.

AsĆ­, por ejemplo, mediante el ā€œstaff abiertoā€ los participantes podĆ­an ā€“y puedenā€“ realizar su propio diagnĆ³stico del funcionamiento que los envuelve. Un paso histĆ³rico mĆ”s e importante y estaremos ante la ilusiĆ³n autogestiva.

No es el propĆ³sito del escrito bucear en tales ligazones. Este trabajo pretende, conscientemente, ser una sinopsis incompleta e insuficiente, donde algunos aspectos han sido pensados y otros dejados de lado (por ejemplo el anĆ”lisis acabado de la formaciĆ³n, su sobre-determinaciĆ³n institucional, el juego grupo-instituciĆ³n, las ideologĆ­as inscriptas en lo grupal etc.) (3). Ellos han sido y serĆ”n objeto de otros escritos (4).

La idea de una panorĆ”mica, a la manera de un efecto cinematogrĆ”fico, apunta a mostrar los innumerables senderos que ā€œculebreanā€ hacia un cambio buscado y unificado desde las diferencias, es decir, desde mĆŗltiples viajes de descubrimiento e invenciĆ³n. La nociĆ³n de invenciĆ³n no es algo casual o relacionado externamente con la formaciĆ³n, si no estĆ” unida intrĆ­nsecamente a ella. En esta orientaciĆ³n resulta imposible mencionar siquiera uno de los vocablos sin especificar el otro. La idea de formaciĆ³n, por ejemplo, tanto conceptual como histĆ³ricamente queda indefinida, usada como un simple adjetivo, si no se la conecta con la productividad de formas, la generaciĆ³n de multiplicidades imaginadas e imaginarias, invenciones simbĆ³licas y fantĆ”sticas, y niveles de materialidad no previstos ni estipulados en ninguno de los registros existentes (5).


Hacia una idea de grupo.


Cuando hablamos de grupo, y especĆ­ficamente del que demanda formaciĆ³n, parecerĆ­a que todos sabemos de quĆ© se trata. Pero esto, tan sencillo, a medida que vamos delimitando en quĆ© consiste un grupo de personas, sus reglas de juego, comunicaciones, engarces informativos, tramas identificatorias, soldamientos transferenciales, etc., adquiere una complejidad inusitada. Es mĆ”s: el tĆ©rmino grupo abarca conjuntos tan diferentes que denominamos tal a otros fenĆ³menos. Esto obviamente, ocurre por una razĆ³n. Como todos hemos nacido dentro de un grupo familiar, hemos tenido un grupo de amigos, hemos pertenecido a un grupo de trabajo, etc.; en una palabra, como desde pequeƱos nos movemos en y entre distintos colectivos, creemos saber todo lo relativo a sus pivotes. Con ello enfatizo algo no tan superficial como podrĆ­a parecer (aunque es en lo resbaladizo de las superficies donde se pierde pie), el supuesto mismo de tal creencia, o sea que desde el siglo XV cualquier sujeto posee una representaciĆ³n y evocaciĆ³n de grupos de remisiĆ³n, sean cuales fueren Ć©stas. Hasta la Ć©poca indicada (en el capitalismo planetario actual el funcionamiento grupal interiorizado es automĆ”tico), eso era imposible, y no precisamente a falta de ā€œrealidades grupalesā€, sino de las mutaciones histĆ³rico-productivas, artĆ­sticas, institucionales y conceptuales que pudieran convertirlas en campo de investigaciĆ³n.

TodavĆ­a una acotaciĆ³n. Si no queremos naturalizar el concepto de grupo, es decir, proyectarlo hacia atrĆ”s y dotarlo asĆ­ de una hueca validez universal, debemos marcar sus condiciones de surgimiento (sin contrabandear lo histĆ³rico en las escolares rescensiones etimolĆ³gicas) y las constelaciones asociadas, opositivas o complementarias a su utilizaciĆ³n.


Pliegues.


Haciendo una sucinta indagaciĆ³n, veremos que las opiniones sobre lo que es un grupo son tan distintas como amplias y confusas.

Para unos un grupo serĆ” la fila de gente que espera el autobĆŗs. Para otros, los obreros que construyen los vehĆ­culos que circulan diariamente por el campo y la ciudad. Igualmente alguien dirĆ” que un ā€œgran grupoā€ dio el grito patriĆ³tico en la plaza tal en un dĆ­a memorable.

Y asĆ­ constataremos que el mismo tĆ©rmino se aplica a diversos ā€œrepertorios empĆ­ricosā€.

Las fusiones e indistinciones que seƱalo aquĆ­ pueden sonar demasiado conocidas para un lector desavisado. Pero no se trata de algo familiar, sino de la nociĆ³n de ejemplo, a menudo confundida con la menciĆ³n anecdĆ³tica (ā€œĆ©ramos 6 personas, de pronto Luis dijo..., lo cual muestra...ā€). La menciĆ³n anecdĆ³tica, abundante en los escritos sobre grupos, lo Ćŗnico que muestra es una ligera forma de traducciĆ³n). Por el contrario un ejemplo se constituye a travĆ©s de complejos quehaceres y formas de transmisiĆ³n (pensemos en la energĆ­a o el dinero cuando juegan como ejemplos), y atraviesan reiteradamente textos de distintas Ć©pocas, que acuden a ellos para reconstruirlos de acuerdo a lo que intentan evidenciar.

Observemos el asunto mƔs de cerca.

La gente que espera el autobĆŗs no conforma un grupo, sino un agregado, sus elementos comunican poco y nada entre sĆ­, estĆ”n ansiosos por la llegada del transporte para tomar cada cual su rumbo. Carecen de un fin comĆŗn, por eso son un agrupamiento serial, no un grupo.

La conjunciĆ³n de agrupamiento serial proviene de concepciones tradicionales, progresivas (el sujeto como nĆŗmero de una serie), sobre las masas. Ha sido reelaborada en una perspectiva dialĆ©ctica por la teorĆ­a sartreana de los ā€œcolectivosā€.

Sin embargo la serialidad introduce algunos dilemas cuando se la usa rĆ”pidamente. A veces surge unida a la regresiĆ³n serial, otras al grupo en sus comienzos (hay que recordar que en el pensador francĆ©s comienzo se opone a origen, de igual manera que lo perdido al encuentro). Pero ella queda indeterminada si no se la concibe dentro de la ā€œgĆ©nesis idealā€ que plantea Sartre. De modo que la serialidad no entraƱa el primer momento cronolĆ³gico, intermedio o final, de un grupo, sino la nociĆ³n que posibilita captar ciertos devenires grupales, asĆ­ como el espectro de sus regresiones a lo ā€œprĆ”ctico inerteā€ (estratos cristalizados, burocracia), que pertenecen generalmente a una serie temporal ā€œavanzadaā€.

En el segundo ejemplo, el de los obreros que arman vehĆ­culos, tampoco se trata de un grupo. Ellos trabajan dentro de una fĆ”brica, con mĆ”quinas de alta complejidad tecnolĆ³gica, deben producir en tanto tiempo tal o cual pieza, responder ante fĆ©rreas exigencias administrativas, etcĆ©tera. AquĆ­ estamos ante una instituciĆ³n (fĆ”brica) que contiene en su interior ā€œracimosā€ grupales y no puede confundirse con un grupo, sea Ć©ste grande o pequeƱo. Tampoco con un microsistema o intergrupos relacionados de diversos modos. Las normas, reglamentos, objetivos de producciĆ³n u otros son fundamentales, y las distintas tramas personales y sectoriales, siempre serĆ”n subordinadas ā€“salvo casos lĆ­miteā€“ asĆ­ tengan un carĆ”cter instituyente.

El encadenamiento heterogĆ©neo que mencionamos, no permite que una instituciĆ³n se confunda con su ā€œarmado visualā€, con aquello que se ofrece a nuestra percepciĆ³n y apreciaciĆ³n como un establecimiento determinado. Tampoco se diluye en los dispositivos (por ejemplo grupo de encuentro, grupo-anĆ”lisis, socio-anĆ”lisis, etc.) que alimentan ciertas intervenciones definidas. Ni en aparatos especializados que responderĆ­an al esquema reproductor de un estado cuyo fin es la dominaciĆ³n mediante la represiĆ³n directa y mediata. Ni se las puede captar bajo el repertorio de funciones al que responderĆ­a su creaciĆ³n. Ni comprenderlas como meras redes simbĆ³licas o artificios candorosamente idealizados.

Las instituciones serĆ­an mĆ”s bien las resultantes y generadoras simultĆ”neas, de las mĆŗltiples relaciones diferenciales entre las dimensiones seƱaladas y sus puntos de fuga.

En el tercer caso la gente que se da cita en la plaza para expresar su fervor nacional, su consenso frente a una polĆ­tica, o lo contrario, tampoco forma un grupo. La congregaciĆ³n de individuos, los vĆ­nculos que se establecen entre ellos, el sentimiento personal hacia su lĆ­der, (el presidente), los convierte en una masa restringida, es decir, una multitud que concurre a un lugar para expresar una adhesiĆ³n o rechazo patriĆ³tico. Pero los grupos no pueden localizarse por los rasgos de una masa social-histĆ³rica definida, por la ā€œmasificaciĆ³nā€ que los atravesarĆ­a, etc. Tanto el nĆŗmero de sujetos que la componen como los mĆ³viles que los reĆŗnen son distintos a los de un grupo; ademĆ”s los lazos y relaciones con su lĆ­der son cualitativa y cuantitativamente diferentes.

Esta aclaraciĆ³n serĆ­a ociosa si el asunto de la masa no se hubiera pegado ā€œindiscerniblementeā€ al de los grupos.

Antes de Freud, trazando una lĆ­nea de demarcaciĆ³n arbitraria, se la percibĆ­a bajo una serie de procesos (regresiĆ³n, mĆ­nimo nivel intelectual, violencia indiscriminada, etc.) que caracterizarĆ­an a un conglomerado en el acto de invadir el espacio pĆŗblico para imponer sus exigencias reivindicativas o revolucionarias. AsĆ­ la masa surge amalgamando los distintos grupos que la componen, y ā€œuniformandoā€ al individuo, el que segĆŗn sus ā€œpeculiaresā€ conformaciones psĆ­quicas, estarĆ­a en franca oposiciĆ³n (mayor raciocinio, menor idealizaciĆ³n, etc.) con los fenĆ³menos ā€œindeseablesā€ que impulsan a la muchedumbre.

Con Freud se generan avances insospechados en la problemĆ”tica de las masas y los grupos ā€œartificialesā€ o ā€œnaturalesā€. Pero muchos equĆ­vocos permanecen sin revisiĆ³n ni modificaciĆ³n alguna. Mecanismos de unas se endosan a otros y semejan tener el mismo poder constitutivo y explicativo. Lecturas y traducciones sesgadas excluyen todo aquello de los autores tratados que no armonice con lo que se busca probar (por ejemplo, en su interpretaciĆ³n de G. Tarde, desaparecen los aportes contemporĆ”neos de este autor).

Ciertas nociones obsoletas en su tiempo (por ejemplo ā€œalma colectiva de las masasā€), siguen formando parte de su vocabulario.

Y asĆ­ podrĆ­amos seguir puntualizando verdaderos ā€œlapsusā€ de Freud que mostrarĆ­an la verdad de sus pasiones, pero tambiĆ©n el lapsus de la verdad que manifiesta sostener una masa de seguidores.


Re-pliegues.


DespuĆ©s de Freud, amputado y descontextualizado, se habla trivialmente de los ā€œefectos de grupoā€, cuyo nĆŗcleo ā€œconsiste en agregar obscenidad imaginaria al efecto de discursoā€. Todo aparece en el registro de una efectuaciĆ³n siniestra en cuanto favorece la idealizaciĆ³n de un supuesto centro, lĆ­der o conductor, quienes detentarĆ­an un poder omnĆ­modo y obturador de las producciones individuales (6). Eso se generarĆ” por el mero hecho de estar en grupo. AdemĆ”s de los problemas que trae aparejado el en... ā€“indica el nivel de creencia imperante en los gruposā€“ nĆ³tese el raso empirismo que alimenta la imputaciĆ³n. AsĆ­, se ha ā€œnombrado al grupo como el lugar de despliegue de la obscenidad que el imaginario presenta...ā€.

Pero seamos un poco estrictos. No dejemos que cualquier vocablo se ponga a danzar locamente por un soplido. Condenar al grupo como ā€œel lugar de despliegue de la obscenidadā€, significa anular sus diferencias en una sustancia universal llamada grupo. Mediante ella se realiza un doble pasaje ilegĆ­timo. El primero responde a la urgencia de una formaciĆ³n psicoanalĆ­tica determinada y, a la vez, movida por una intensa participaciĆ³n. Y ello debe ocurrir sin caer en las manipulaciones, excesos e idealizaciones que son la ā€œesenciaā€ misma de los ā€œagrupamientos de personasā€. AsĆ­ se pasa de los fantasmas, tejidos durante los procesos grupales, a una fantasmagorĆ­a opinĆ”tica y prejuiciosa sobre los mismos.

El segundo, alborotado por la obscenidad, adjetiva el asunto de la Ć©tica psicoanalĆ­tica (no taponamiento del deseo), reduciĆ©ndola a la moral del psicoanalista (reglamentaciĆ³n de sus aspiraciones segĆŗn la corporaciĆ³n a que pertenezca).

En ambos casos se ejercita una errĆ”tica lectura de ā€œPsicologĆ­a de las masas...ā€, extrapolando conceptos de un Ć”mbito experiencial ā€“todavĆ­a regido por aproximaciones balbuceantesā€“ y de anĆ”lisis a otro donde todo se valida mediante una ignorantia non docta, que recusa lo estipulado con afĆ”n sacral.

Lo anterior, como es obvio, hace referencia a la ā€œespinosa invitaciĆ³n al dueloā€ del Cartel lacaniano, disparado con un espĆ­ritu fundamentalista ajeno a la iniciativa del mismo Lacan, quien seƱala: ā€œYo estoy en esto para una funciĆ³n muy precisa, que serĆ­a esta cosa que escribĆ­ y de la cual seguramente nadie se ha dado cuenta porque no es mĆ”s que un mauvais dessin (mamarracho) ā€œ. O sea: algo bocetado de cierta forma para que los miembros de la Escuela freudiana pudieran ā€œrepresentarā€ su papel en la plaza pĆŗblica.

El Cartel permitirĆ­a explorar una manera de trabajo y realizaciones especĆ­ficas no teƱidas por los tan comunes ā€“y ello es ciertoā€“ empastamientos grupales.

Aunque su elaboraciĆ³n ā€“la ā€œesperanzaā€ de Lacan, como dirĆ­a G. Pommierā€“ estarĆ­a alejada del sesgo errĆ³neo, desde cualquier punto de vista, que le han dado ciertos acĆ³litos ignorantes de las resonancias que portan sus oraciones cuando afirman: ā€œSe trata de encontrar las vĆ­as que permitan rescatar la marca Ćŗnica (ĀæStirner redivivo?) que caracteriza a cada sujeto para que sea posible la creaciĆ³n.ā€ (ĀæHablar con tanta frescura en psicoanĆ”lisis?).

Crece la glosa y con ella la incomprensiĆ³n del pensamiento inaugural. Para Lacan la marca Ćŗnica serĆ­a lo, inefable. En cambio lo ā€œrelativamente cognoscibleā€ es el Uno que marca a cada uno segĆŗn su diferencia (singularidad irrecusable del ā€œrasgo unarioā€). DistinciĆ³n, a su vez, entre teologĆ­a e intento de formalizaciĆ³n, aceptable o no, lĆ³gico-matemĆ”tica.

Por otro lado ninguno de los resultados obtenidos hasta ahora sobre el funcionamiento de los ā€œcartelesā€ garantiza con cierta fiabilidad la des-idealizaciĆ³n que postulaban sus formulaciones bĆ”sicas. Y esto porque ella no se instaura por mandato.

Las enredadas historias de las prĆ”cticas grupales e institucionales, narradas unas, aplastadas por las ā€œcoartadas transferencialesā€ otras, sin testimonio escritural la gran mayorĆ­a, muestran como, en el transcurso de un funcionamiento especĆ­fico, un lĆ­der eventual asumirĆ” su rol absorbiendo, de modo fugaz o con cierta permanencia, la funciĆ³n ā€œmĆ”s unaā€ (7) monitor-forma significante, ā€œsiempre desconocidaā€, distribuida mediante un esquema :de rotaciĆ³n (8) a la que irĆ” escalando, desde el ā€œuno en mĆ”sā€. O sea: el sujeto , hablando con los tĆ©rminos de la doctrina analĆ­tica.

El cartel es un ā€œmodo de producciĆ³nā€ ā€“hay quien lo nombra asĆ­ā€“ que omite determinar cuĆ”les serĆ­an las fases concretas de su propio trabajo de constituciĆ³n-disoluciĆ³n.

De ahĆ­ que se auto-proponga como superaciĆ³n normativa ā€“segĆŗn consta en su ā€œactaā€ fundanteā€“, de lo que en otras instancias ha sido vivido, sabido, conocido, ignorado, denunciado como ā€œmanipulaciĆ³n sicalĆ­pticaā€, estudiado en sus formaciones imaginarias peculiares e imaginado de mĆŗltiples maneras.

Y todo ello ocurre porque el Cartel es realmente una consecuencia elaboradĆ­sima, una ā€œproducciĆ³n autogestivaā€ (Lacan la esboza en el auge de los mĆ©todos autogestionarios) de equipo que funciona sĆ³lo dentro de un rĆ©gimen de prescripciones estatuidas, que abarcan una ā€œposiciĆ³n acerca de la transferenciaā€, sobre la ā€œtransmisiĆ³nā€, en relaciĆ³n a la ā€œobediencia de los principios rectoresā€ y la estructura ā€œescuelaā€.

Sin esa ā€œredā€ serĆ­a un mero agregado improductivo (aunque ella tampoco afianza lo contrario), fundado sobre una trivial y narcisista pasiĆ³n disgregadora.

A la voluntad funcional del Cartel, tal como la expresan ciertos fieles, le corresponderĆ­a el grito y la rĆŗbrica: ā€œĀ”Basta de jefes! El Jefe.ā€


Trazados.


Valgan los seƱalamientos globales realizados hasta aquĆ­ para que el lector ocasional de estas notas perciba que subyace, histĆ³rica y nocionalmente, en los mismos.

Considerando el asunto desde otro Ć”ngulo, vemos que los grupos han sido mixturados y confundidos, no sĆ³lo con las formas mencionadas, sino tambiĆ©n con fenĆ³menos organizacionales o con estructuraciones (por ejemplo, la del trabajo) que responden a distintas leyes, genealogĆ­as, determinaciones conceptuales, puntos de abordaje y modos de intervenciĆ³n especĆ­ficos.

Hasta ahora hemos marcado lo que un grupo no es. El camino negativo nos enseƱa a diferenciar y reflexionar sobre lo que nos interesa, aunque resulta insuficiente. TambiĆ©n debemos decir lo que va siendo un grupo referido al aprendizaje-formaciĆ³n, que poco tiene en comĆŗn con la pedagogĆ­a o la terapia como se las concibe habitualmente.


Un breve excursus.


Los llamados grupos terapĆ©uticos no comportan un universo autĆ³nomo, sino un dispositivo particular describible. Una vieja tradiciĆ³n oponĆ­a esos ā€œdesprendimientosā€ de las prĆ”cticas mĆ©dicas, a las ā€œaccionesā€ pedagĆ³gicas que estaban ligadas a determinados niveles educativos (formales y, mĆ”s tarde, informales cuando fue necesario contemporizarlos con la rotaciĆ³n laboral).

Generalmente las experiencias terapĆ©uticas en o de grupo requieren formas asistenciales ante pedidos de continencia o apoyo durante un tiempo limitado. La relaciĆ³n contractual, los mĆ©todos y tĆ©cnicas empleados son parte de repertorios normalizados segĆŗn sea la orientaciĆ³n o elecciĆ³n del terapeuta. Sin embargo, mĆ”s allĆ” de los beneficios o daƱos ocasionados, la nociĆ³n de grupo terapĆ©utico es una descripciĆ³n de los modelos de salud (ā€œresoluciĆ³n de conflictosā€, ā€œadaptaciĆ³n global o parcialā€, ā€œbienestarā€, etc.) y enfermedad (ā€œanomalĆ­aā€,ā€œdisfunciĆ³nā€, ā€œdescontrolā€, ā€œimposibilidad de manejo del entornoā€, etc.) que guĆ­an sus respectivas acciones curativas. Asimismo, permiten medirlas en sus aspectos efectivos, es decir, en tĆ©rminos de efectos. ā€œDescripciĆ³n de modelosā€ de salud y enfermedad e intento de ā€œmediciĆ³n en tĆ©rminos de efectosā€ curativos son los rasgos bĆ”sicos de los grupos terapĆ©uticos (9), fuera de los procedimientos o modalidades instrumentales adoptados.

SĆ³lo desde instancias que contemplen el mayor nĆŗmero de variables intervinientes y de explicaciones posibles, ā€œmontajesā€ terapĆ©uticos, pedagĆ³gicos, operativos, etcĆ©tera, podrĆ”n superar el recorte empĆ­rico sobre el que modelan sus diversos quehaceres y trascender hacia lo grupal como dimensiones constituyentes de lo social-histĆ³rico, condiciĆ³n inmanente de existencia y razonabilidad de los grupos mismos.


Grupo ā€“aprendizaje.


Tenemos a la vista dos tƩrminos: grupo y aprendizaje.

Por razones expositivas daremos cuenta de ambos por separado. DespuƩs los ligaremos para hablar, entonces, de proceso de aprendizaje grupal.

En primer lugar, tratemos de saber quƩ es un grupo. Este puede referirse como un proceso desencadenado por los cruces y anudamientos deseantes entre miembros singulares (10).

Dejamos de lado el cotejo con otras definiciones. Primero, porque no se trata de definiciones (referirse no estĆ” usado al azar). Finalmente, porque los manuales estĆ”n atiborrados de estipulaciones sobre lo que es un grupo, y todas ellas compiten por lograr la ā€œfelicidadā€. La indicaciĆ³n que ofrezco es decididamente ā€œinfelizā€ (productivo-deseante), como lo que pone en marcha algo descompuesto, donde al movimiento precede un interrogante y Ć©ste genera, por el movimiento mismo, un resultado mĆ”s valioso ā€“impulso de otros aconteceresā€“, que el de una simple respuesta. Pues lo ā€œinfelizā€ es enemigo de la quietud.

Por otro lado una conditio sine qua non de esta problemĆ”tica es la puntuaciĆ³n estricta del nivel de anĆ”lisis y lo que incide en Ć©l, asĆ­ como las claves (encuadre, interpretaciĆ³n), instrumentos (elementos grĆ”ficos, variaciones temporales, recursos materiales) que se usarĆ”n en cada intervenciĆ³n.

MĆ”s aĆŗn, es necesario hacer un recorrido por esos mĆŗltiples senderos teĆ³ricos y periciales, que se manejan en las actividades grupales, para deconstruirlos desde su interior (11). Prescindir de esa labor sirve de excusa para adoptar posiciones ā€œsuperadorasā€. Pero una vez realizada, omitirla es una grave irresponsabilidad profesional.

AquĆ­ sĆ³lo se afirma que los mĆ©todos, tĆ©cnicas, procedimientos, herramientas, etc., estĆ”n ligados a las situaciones en que se aplican, ya que sus marcas iniciales son ā€œrelaciones de aplicaciĆ³nā€, y no algo que ocurre a posteriori.

Asimismo ciertas ā€œesenciasā€ grupales (afinidades, supuestos bĆ”sicos, fases pautas cronolĆ³gicamente, etc.) existen sin duda alguna, pero de la misma forma en que existe la televisiĆ³n como ā€œesenciaā€ del hombre moderno.

De esta manera hemos delineado un grupo en general, sea grande o pequeƱo el nĆŗmero de sus miembros, se trate de un grupo bio-energĆ©tico o de diagnĆ³stico. Pero nos falta delinear por quĆ©, ademĆ”s, ese grupo es de aprendizaje-formaciĆ³n.


Pasemos al segundo tƩrmino.

ĀæQuĆ© es aprendizaje para nosotros? Lo que se nos ocurre inmediatamente es ligarlo a otro vocablo, enseƱanza.

AsĆ­ tenemos: enseƱanza-aprendizaje. Como un coordinador anuda, combina, ayuda a transformar la serie de mensajes discursivos, metalingĆ¼Ć­sticos, conceptuales, corporales, trans-corporales que el grupo va gestando, entonces cabe preguntarse: ĀæQuĆ© es enseƱar? (12) ĀæSerĆ” dar informaciĆ³n abundante sobre tal o cual tema? ĀæAportar nuestras ideas y opiniones sobre el asunto tratado? ĀæMostrar, enseƱar, sabidurĆ­a, erudiciĆ³n, un aparato de interpretaciĆ³n, emblemĆ”tico, etc., sobre lo que deseamos transmitir, o alguna cosa parecida?

Antes de contestar las cuestiones previas debemos reconocer dos cosas. La primera es que la enseƱanza arcaizante se manejĆ³ con muchos de los criterios que seƱalamos. Y todavĆ­a los sigue utilizando. Inclusive sus pervivencias golpean en el centro de experiencias formativas que se pretenden absolutamente innovadoras.


Lo segundo es nuestra posiciĆ³n al respecto. Es sencilla y responde de manera amplia a todos los interrogantes: enseƱar es, fundamentalmente, dejar aprender.

El epigrama significa en tĆ©rminos genĆ©ricos, ā€œdejar serā€ lo que se pueda, mĆ”s allĆ” de cualquier ilusiĆ³n de ā€œquerer serā€.

En este aspecto dejar aprender entraƱa que cada uno, ā€œaprehendaā€ como es en el horizonte de sus posibilidades. Como se habrĆ” notado en ambos casos dejo paso al libre juego del infinitivo (enseƱar, dejar aprender) y a una posiciĆ³n del inconsciente, como infinitas producciones deseantes, sĆ³lo capturadas en las representaciones que nos hacemos de las mismas.

Tal afirmaciĆ³n liga la enseƱanza al aprendizaje y nos pone en la situaciĆ³n de contestar ahora la pregunta: ĀæquĆ© es aprendizaje?

La respuesta serƔ de tenor tan simple como la anterior: aprender es poder recibir, elaborar y experienciar conocimientos, afecciones, formas de pensamiento, prƔcticas diferenciales, etc., de acuerdo con nuestros mecanismos personales de captarlas, movilizarlas y potenciarlas transformativamente.

Tanto los modos de conocimiento como de pensamiento son concebidos y ejercidos a la manera de complejos movimientos simbĆ³licos dotados de una eficacia particular. Y Ć©sta depende de la ā€œeconomĆ­a libidinalā€ que se pone sobre el tapete en cada ocasiĆ³n. Reducir tales ā€œmovimientosā€ al espacio gnoseolĆ³gico, las formulaciones categoriales, nocionales, de Ć”mbitos teĆ³ricos o disciplinarios, indetermina y deja incomprendida la producciĆ³n inconsciente que los alimenta. Aunque ella precisa ligarse con dichos Ć”mbitos, dejarse atravesar por las ā€œespecificidadesā€ que los caracteriza, para mantener su vigencia explicativa y no caer en la enunciaciĆ³n de generalidades mudas, en cuanto mĆ”s parecen decir.

Obviamente surge un asunto insoslayable, y es el de, la gran cantidad de mecanismos que se ponen en funcionamiento y actualizan, cuando los abordamos desde el Ɣngulo seƱalado.

AsĆ­ tendrĆ­amos para pensar la movilizaciĆ³n de ansiedades (depresiva, paranoide, confusional), resistencias (positiva, negativa), modalidades transferenciales (recĆ­proca, mĆŗltiple, lateral), estudiadas y tipificadas en extensos tratados provistos de ocurrentes, a veces originales, sistemas de clasificaciĆ³n (vĆ©ase, Rapaport). Todos ellos poseen opiniones mĆ”s o menos implĆ­citas sobre las emociones. Pero, salvo contadas excepciones (por ejemplo el objeto a de Lacan, cuestiĆ³n a ser elaborada y que no puede esquivarse adjetivamente), carecen siquiera de una tĆ­mida aproximaciĆ³n a una concepciĆ³n del afecto.

Esto merece una rĆ”pida explicaciĆ³n. Cualquier forma de ansiedad puede ser comprendida bajo aquello que desde AristĆ³teles hasta Sartre sin Spinoza (13), abarcaron las teorĆ­as clĆ”sicas sobre las emociones. O sea: una estructura intencional (en funciĆ³n persuasiva, significativa, segĆŗn se tome AristĆ³teles o Sartre), un objeto o medio concreto que las provoca, y algĆŗn tipo de evidencia fisiolĆ³gico-conductual que siempre las acompaƱa (rubor, palidez, calma, irritaciĆ³n, etc.).

Y bien, esas notas se tejen con los afectos, pero no dan cuenta de lo que son. Quien trabaja con grupos terapĆ©uticos, de encuentro o psicodramĆ”ticos se topa frecuentemente con estados de angustia, donde uno o varios de sus miembros estĆ”n impedidos de alcanzar cualquier representaciĆ³n. Sufren una diluciĆ³n de pensamiento (y no dispersiĆ³n o confusiĆ³n que comportan asociaciones de elementos lejanos o muy prĆ³ximos); un fraseo negativo indeterminado a nivel personal o impersonal (ā€œno sĆ©...ā€, ā€œno se entiende...ā€, ante enunciados sencillos); un proceso animaginario e ideativo (al sujeto le resulta imposible formar alguna imagen o idea sobre una situaciĆ³n particular), etcĆ©tera.

Es notorio, entonces, que en un estado de angustia quedan aniquiladas las posibilidades de representaciĆ³n (sea del mundo o del self) e inscripciĆ³n, lo cual produce una abertura por la que entrarĆ”n, sin mediaciĆ³n, realidades heterogĆ©neas, espesas, contundentes. Las emociones desconocen esta ā€œindefensiĆ³nā€ bĆ”sica que atraviesa y hace estremecer los cuerpos, por eso constituyen, regularmente, ā€œsistemas defensivosā€, ā€representativosā€ que pueden ser previstos, controlados. De ahĆ­ que existan mĆ©todos mĆ”s sofisticados para ayudar al ā€œcontrol emocionalā€ y, por quĆ© no, a la domesticaciĆ³n social.


La vecindad necesaria.


Resumamos los aspectos que hemos considerado hasta el momento. Son bĆ”sicamente cuatro: lo que un grupo no es; lo que un grupo es de manera extensa; nuestra idea de enseƱanza y de aprendizaje-formaciĆ³n.

Todos ellos son centrales para referirnos a un proceso grupal como el que deseamos apuntar en este trabajo.

Ahora intentaremos ligar lo que venĆ­amos tratando de forma separada. Por eso ya no hablaremos de conjuntos indistintos, aprendizaje o enseƱanza, sino de grupo-formaciĆ³n.

Es necesario hacer, a esta altura, una rĆ”pida aclaraciĆ³n y diferenciaciĆ³n. Al hablar de grupo-formaciĆ³n lo hacemos con toda la intenciĆ³n de distinguirlo de eventuales recepciones en grupo.

Cuando un nĆŗcleo de personas escucha relatar ā€œpuntos de vista sobre acontecimientos de la vĆ­speraā€, exponer ā€œactualizaciones sobre la cuestiĆ³n ideolĆ³gicaā€ o ā€œel problema de la subjetividad modernaā€, asisten a la dramatizaciĆ³n eventual de un ā€œconflictoā€ o ā€œescena significanteā€, por ejemplo, estĆ”n haciendo un aprendizaje en grupo, puesto que se ā€œencuentran (y desencuentran) todos juntosā€. Algunos intervienen preguntando, actuando, observando, respondiendo, cotejando en silencio, etcĆ©tera.

Pero todavĆ­a se sabe poco y nada de las relaciones de los concurrentes entre sĆ­, cĆ³mo se perciben, quĆ© se adjudican y asumen, cĆ³mo elaboran las complejas informaciones alternativas y simultĆ”neas, coherentes y diseminadas, quĆ© funciones tiene o tendrĆ­a cada miembro de ese supuesto grupo, cuĆ”les serĆ­an las redes que se tejen, los nudos afectivos y los aconteceres que los deshacen constantemente. TambiĆ©n se ignora si cada sujeto desea cooperar de modo efĆ­mero o en continuidad, etc. Y lo que falta en este chisporroteo no es precisamente una ā€œrepresentaciĆ³n de grupoā€ ā€“me atreverĆ­a a decir que sobra (ver pĆ”gina 36)ā€“ o que hay una ā€œpluralidad de individuosā€, momentos mĆ­ticos e ideolĆ³gicos, que no puede saltear ni ontologizar el coordinador o terapeuta, sino que las ausencias determinantes son las producciones deseantes del grupo como tal.

Cuando lo que esbozamos acontece, podemos augurar que la ā€œgrupalidadā€ comienza a ā€œedificarseā€ y que un proceso formativo es posible.

Previamente habĆ­amos caracterizado al grupo en general. Retomemos la signatura, aƱadamos algunos rasgos y situemos el problema de esta forma: un grupo-formaciĆ³n es un proceso desencadenado por los cruces y anudamientos deseantes entre miembros singulares reunidos tĆ©mporo-espacialmente para impulsar ciertas finalidades comunes.

Sin embargo, esta semblanza es parca. Se requiere un espectro mƔs afinado, puesto que los integrantes permanecen, ademƔs, conectados por esquemas y estilos ramificados.

Tienden a cerrar el grupo sobre sĆ­ mismo, mediante ilusiones y mitos configurativos. AsĆ­ intentan volcarlo en sus repeticiones de origen, edipizarlo de manera consecuente. Pero esa reiteraciĆ³n lo es tambiĆ©n de un fracaso. Los caminos deseantes producen brechas que revelan a los temas tabĆŗes, ilusiones, mitos, identificaciones quebradas por dentro, sin posibilidad de unificarse (grados de transversalizaciĆ³n) si un funcionamiento ā€“coordinador, terapeutaā€“ no colabora activa, interpretativa e idealizantemente para que eso suceda.

Por otro lado, comparten determinadas reglas (contractuales, ā€œdecirlo todoā€, ā€œautonomĆ­a de pensamientoā€) y pautas (asistencia, participaciĆ³n) esbozadas de manera consensual. Y en relaciĆ³n con una tarea que todos los componentes estĆ”n de acuerdo en generar, recreĆ”ndola en constantes invenciones.

AquĆ­ cabe hacer una dilucidaciĆ³n lateral imprescindible.

El concepto de finalidad aplicado a la generaciĆ³n de una tarea se opone, desde el pensamiento mĆ”s temprano, a los de fin u objetivo. De ahĆ­ mi extraƱeza cuando los observo tomados como equivalentes, ā€œla tarea, finalidad u objetivoā€ ā€œla tarea, el objetivoā€ ā€œel fin o la tareaā€, etc.

La tarea en un grupo-formaciĆ³n posee una finalidad (formas peculiares de su ejecuciĆ³n), y ella contempla objetivos o fines (circunscriptos en cada etapa grupal), que siempre deben ser puestos conscientemente.

Mientras la finalidad estĆ” dada por el movimiento productivo inconsciente.

Una puntuaciĆ³n diferente de lo mismo.

La nociĆ³n de tarea estĆ” estrechamente ligada, en mi opiniĆ³n, a las infinitas maquinaciones deseantes.

SerĆ­a indeseable asociarla a las ideas de la tecnologĆ­a educativa, productivista, de la ā€œingenierĆ­a socialā€ terapĆ©utica, o de otro cuƱo, como son las de objetivos (generales, especĆ­ficos, de Ć”reas, por sesiones) metas o logros (14).

Es preciso entender que las fusiones y confusiones apuntadas producen estragos durante el trabajo grupal; en la codificaciĆ³n de la demanda, en el ejercicio de las funciones de la asunciĆ³n-adjudicaciĆ³n de roles, liderazgos, derivaciones, en la modalidad de la informaciĆ³n, coordinaciĆ³n y en un retorno pavoroso a las consignas de ā€œorganicidadā€ ā€œsistematicidadā€ y bloqueos similares.

Ahora es conveniente destacar algunos rudimentos del montaje que venimos con-formando.

1. Si antes dijimos ā€œconectados por esquemas y estilos ramificadosā€ es porque resulta capital, en un grupo-formaciĆ³n, la pertenencia (15) de cada uno de sus miembros a la red de acontecimientos que propicia. De ello depende la calidad ā€œestimativaā€ de lo generado. Pero esto no se da ā€œpor pases mĆ”gicosā€ continuas verĆ³nicas que hacen los grupos para autoidealizar y clausurar sus espacios. El coordinador debe actuar intensamente ā€“lo cual no significa de ā€œmodo activoā€ā€“ para orientar sus realizaciones particulares.

2. AcotĆ”bamos que los integrantes ā€œcomparten determinadas reglas... y pautas (16) esbozadas de manera consensualā€. Esto significa que, sin poner ciertas formas de trabajo conjunto, discutidas con los propios hacedores la formaciĆ³n se ve disminuida, habitada por dificultades que, con el tiempo, se tornan insalvables. Del mismo modo que la pertenencia es el resultado del intercambio en el grupo, la solidaridad es su autoproducciĆ³n real. Invocarla como un valor a priori, desconociendo la agresiĆ³n, es una ortopedia cargada de mesianismo. Por aquella, las reglas y pautas no sĆ³lo se vuelven implĆ­citas y cohesivas para el grupo, sino regulan su funcionamiento. Mientras la tarea, por su vera, constituye el motor de las finalidades grupales, dejando de ser paulatinamente un ā€œpunto o meta a alcanzarā€, para convertirse en mecanismos que impulsan diferentes ā€œaprendiendo a pensarā€.

3. ConcluĆ­amos, ā€œen relaciĆ³n con una tarea que todos los componentes estĆ”n de acuerdo en generar, recreĆ”ndola en constantes invencionesā€.


Ya ofrecimos una idea precisa de la nociĆ³n de tarea, sus estipulaciones pragmĆ”ticas, el desgaste y el olvido que la invadiĆ³. Si no se la libera de la respuesta cosificadora a una pregunta mal formulada (ĀæcuĆ”l es la tarea?), su creciente deterioro serĆ” inevitable.

Que la tarea se recree en continuas invenciones quiere decir llanamente que se produce. Y dar cuenta de su anĆ”lisis es hacerlo de los meandros que intervienen para darle nombre. Tarea abochornada cuando se la manipula tratada como un dato, inscripta en circuitos, instancias o cristalizaciones semejantes, donde la tarea es un ā€œlugarā€ entre otros, al que despuĆ©s se le encabalgarĆ”n ā€œregistrosā€ productivos y deseantes.

Asƭ demarcada y molarmente superpuesta deberƭa tener un apelativo mƔs cercano a su ser: pizza estructural-funcionalista.

La tarea, como es dibujada en este horizonte conceptual, se va tramando con el consentimiento de todos los miembros, puesto que ā€œno es impuestaā€ ni finalĆ­stica y menos cuando la concurrencia a las sesiones es de carĆ”cter voluntario. De ahĆ­ que posea un rasgo consensual (17) desde el que se van ordenando series de acontecimientos sobre los que incidirĆ” el coordinador o terapeuta.


Secuencia ilustrativa.

OfrecerĆ© algunas ilustraciones imperienciales (18) que permitirĆ”n captar mejor las consideraciones efectuadas hasta el momento y el diseƱo de ciertas ā€œvĆ­asā€ estratĆ©gicas posteriores. En esta ocasiĆ³n deseo apoyar los relatos sobre dos ejes (19). Los titularĆ©: Inconsciente, seriamente inconsciente y el parapeto terapĆ©utico.


1. Inconsciente, seriamente inconsciente (producciĆ³n de sentido).


En 1980 me solicitaron un curso para un grupo universitario, con la orientaciĆ³n en que venĆ­a trabajando, sobre: ā€œEl inconsciente. Su importancia para la relaciĆ³n entre los fenĆ³menos institucionales, grupales e individuales.ā€ El rĆ³tulo abarcaba un seminario que se dictaba para varias Ć”reas, invitando en cada ocasiĆ³n a un coordinador diferente, el cual cumplĆ­a varias funciones durante los seis meses de duraciĆ³n del curso.

La Universidad (20) requiriĆ³ un curriculum apropiado es decir, con antecedentes en este tipo de labor y un esbozo del programa a desarrollar. Hasta ahĆ­ el encargo. CĆ³mo fuera viabilizado dependĆ­a del acuerdo que yo pudiera establecer con los asistentes al curso, quienes fijarĆ­an las demandas a medida que fuesen apareciendo (clivaje grupo-instituciĆ³n previsto en las estipulaciones contractuales de esta Ćŗltima).

Mi primera acciĆ³n fue hacer una rĆ”pida encuesta, consistente en una sola pregunta escrita, distribuida entre los participantes. La misma era: ĀæCuĆ”l es su nociĆ³n de inconsciente? La extensiĆ³n de la respuesta dependĆ­a de la voluntad del consultado, puesto que toda contestaciĆ³n abierta puede cerrarse en funciĆ³n de un contenido disciplinario. El resto estructurarĆ­a los temas y las series temĆ”ticas concretas, surgidas del grupo mismo, generalmente contrarias a los objetivos institucionales, y el perfil de los futuros integrantes.

Unas semanas despuĆ©s volvĆ­ a repetir la encuesta, en los tĆ©rminos siguientes: ā€œCon las palabras que usted desee especifique una nociĆ³n de inconsciente. Trate de ser lo mĆ”s preciso posible.ā€ Al redundar la indagaciĆ³n cambiando su forma (pasaje del ā€œenfoque personalā€ a uno ampliado, exigencia de la oraciĆ³n final), contrastaba las devoluciones precedentes, hacĆ­a un seguimiento y armaba las lĆ­neas de tarea conducentes.

El anĆ”lisis conjunto del material evidenciĆ³ que un alto nĆŗmero de rĆ©plicas ā€“63 %ā€“ deslizaba bajo la idea de inconsciente categorĆ­as Ć©tico-morales ā€œperimidasā€. He aquĆ­ algunas de ellas: ā€œesfera donde no cuenta la responsabilidad del sujetoā€, ā€œflujo, cĆ³smico trascendente a cualquier moralā€, ā€œaquello que no reconoce ningĆŗn fin Ć©ticoā€, etc. En una palabra, lo que la Ć©tica imperativo-formalista llamaba ā€œinclinacionesā€ (por ejemplo: Kant, ā€œCrĆ­tica de la razĆ³n prĆ”cticaā€, ā€œFundamentaciĆ³n de la metafĆ­sica de las costumbresā€, etc.). Por mi parte, al leer esos verdaderos ā€œdocumentosā€ meditaba sobre la Ć©poca que recupera y habita imaginadamente cada uno cuando escribe, sueƱa o actĆŗa.

Pero, ademĆ”s, ĀæquĆ© posibilitĆ³ la informaciĆ³n emergente del grupo mismo? PropiciĆ³ considerar aspectos lateralizados en el programa inicial, modos de transmisiĆ³n restringidos y una redefiniciĆ³n global de las hipĆ³tesis bĆ”sicas. Para ese grupo la correcciĆ³n y explicaciĆ³n adecuada del concepto de inconsciente, segĆŗn Freud, no era pertinente, pues ya habĆ­a seƱalado el camino desde el cual deseaba entenderlo. El mismo se bifurcaba en tres huellas inconscientemente trazadas. La primera retomaba el arcaĆ­smo del siglo XVIII, para actualizar a su manera la problemĆ”tica del inconsciente. Otra captaba el error como necesidad de su historizaciĆ³n, errar por las distintas e inĆ©ditas formas de ser significado. La Ćŗltima arrastraba un verosĆ­mil cultural (valor-poder de una Ć©tica represiva), depositado en la creencia individual.

Finalmente, estos fueron los componentes claves del curso, de los temas a exponer, de las investigaciones propuestas y de la movilizaciĆ³n que caracterizĆ³ al grupo, hasta el tĆ©rmino del semestre.


ĀæCuĆ”l fue mi funciĆ³n y funcionamiento en todo ese proceso? SĆ³lo una: escuchar con la oreja del cuerpo y el cuerpo como oreja. Y uno, ademĆ”s: leer desde el corpus escrito al cuerpo que es atravesado por esa lectura (21).

En esta breve narraciĆ³n no puedo indicar todos los pormenores que surgieron, para ser estimados, durante la imperiencia. Sin embargo, lleguĆ© a una conclusiĆ³n provisoria: cualquier tipo de grupo, dadas sus condiciones institucionales y socio-histĆ³ricas mĆ­nimas, ofrece una informaciĆ³n tan compleja como pertinente para su desenvolvimiento. Perderla es simultĆ”neamente olvidar su coordinaciĆ³n-fundaciĆ³n (terapĆ©utica o no) para adoctrinarlo en alguna direcciĆ³n. Y que el adoctrinamiento sea bueno o malo es una cuestiĆ³n derivada.

Habla del ingrediente teolĆ³gico que adereza al olvido.


2. El parapeto terapĆ©utico (antiproducciĆ³n significante).

Se trata de un grupo constituido desde hace tres aƱos. Es conducido por dos terapeutas, La sesiĆ³n que utilizo como ilustraciĆ³n comienza sin uno de los integrantes, que llega treinta minutos despuĆ©s. El padre del mismo padecĆ­a una esclerosis en placa y estaba en el tramo final de su enfermedad.

Al principio todos los presentes preguntan por el faltante. Se interesan ā€“y lamentanā€“ por el estado de su progenitor. Cuando aquel arriba nadie lo saluda. Cae literalmente en un rincĆ³n, allĆ­ permanece con la mirada perdida y el cuerpo ausente. Los terapeutas observan algunos movimientos de lugar, realizan un seƱalamiento sobre el ā€œinterĆ©s desmesurado del grupo por las piruetas sexuales de Gabriela con su maridoā€, un miembro agrega sus propias ā€œcabriolas sexualesā€ a las de Gabriela, otro recuerda las que su padre le prohibĆ­a, alguien dice ā€œsi no, se asocia cierto asunto con estoā€, etc. AsĆ­ va transcurriendo la sesiĆ³n, mientras los conductores se han sumado al hablado desvĆ­o del grupo. Cercano al final un terapeuta demanda: ā€œSi nadie quiere preguntarle algo a Fernanda.ā€ La mayorĆ­a comienza a interrogar atropelladamente al sujeto de referencia (ā€œĀæCĆ³mo estĆ” tu viejo?ā€, ā€œĀæCuĆ”l es el Ćŗltimo diagnĆ³stico?ā€, ā€œĀæVos estĆ”s bien o hecha polvo?ā€, etc.), que mantiene un obstinado silencio, el cuerpo recogido casi en posiciĆ³n fetal, la mirada en un punto del horizonte y una ligera mueca sustituye a la sonrisa forzada.

Un miembro manifiesta en ese instante: ā€œBueno, en este padris ya hubo mucha muerte, podemos hablar de la vida sin culpa, Āæno? Otro empieza a balbucear: ā€œEl pez...ā€ Uno de los terapeutas lo interrumpe bruscamente y dice: ā€œEste grupo siempre estĆ” hablando de la muerte. Muerte cuando no puede, muerte cuando puede menos o en la impotencia que los ataca frente a ciertas situaciones o al buscar trabajo como MartĆ­n. ĀæQuĆ© es la vida sin estar relacionada a la muerte: un significante vacĆ­o, una ilusiĆ³n con autonomĆ­a propia, un vitalismo estĆŗpido. La muerte es finitud, lo que da significado y consistencia a todo lo que hacemos cotidianamente. Gabriela anda por todos los restaurantes con su pareja porque le falta lo que encuentra en esos lugares y, desde esa falta, AgustĆ­n puede invocar la vida, caminar todos los dĆ­as hacia su oficina, ir a la facultad, relacionarse con la gente que le gusta, escaparle a los que no 'traga', todo eso que uno hace constantemente... Ā”Uh!, ya es la hora. Bueno, hasta la prĆ³xima.ā€

El grupo se queda un rato mĆ”s, intercambiando nuevos telĆ©fonos con Fernanda ā€“su padre estĆ” a punto de morirā€“, quien durante la larga intervenciĆ³n del terapeuta continuĆ³ en su posiciĆ³n inicial, indiferente a cuanto habĆ­a escuchado.

DespuĆ©s se despiden amablemente, mediante promesas de ā€œencontrarse para tomar cafĆ©ā€, ā€œcomerā€, ā€œhablar a fondoā€, etc.

ĀæQuĆ© hizo el terapeuta durante su extensa alocuciĆ³n? SegĆŗn pienso, realizĆ³ cuatro deslizamientos ā€œsintomĆ”ticosā€.

Primero. EsquivĆ³ poner su cuerpo como ā€œinterpretanteā€ de la carencia de padre real que sufrirĆ­a Fernanda en un tiempo brevĆ­simo. AsĆ­ repudiĆ³ el acto de contenciĆ³n que requerĆ­a la paciente, para poder simbolizar, a travĆ©s de la cercanĆ­a fĆ­sica, una situaciĆ³n desestructurante.

Segundo. OcluyĆ³ la elaboraciĆ³n del grupo respecto del ā€œterrorismo de Estado, estado de Ć”nimoā€ (asĆ­ condensado, por quien dice ā€œbueno, en este padris ya hubo mucha muerte...ā€) inmanente, desestimado como explicaciĆ³n estricta de las fantasĆ­as que cargaba, ese colectivo.

Tercero. ConvalidĆ³ su funciĆ³n a nivel de refrĆ”n y metĆ”fora para los fantasmas que alimentaban los participantes. ā€œEl pez... por la boca muerteā€, lo transforman en ā€œpescadoā€ por el grupo, que jamĆ”s recupera el mĆ”s mĆ­nimo elemento de su alocuciĆ³n. SimultĆ”neamente impone a su cuerpo como una inmensa boca que devora al grupo, o sea, lo obliga a callar de manera ā€œimpertinenteā€ sobre sus deseos.

Cuarto. EvadiĆ³ una interpretaciĆ³n situacional, fraguando una sofisticada construcciĆ³n resistencial hacia una densa afectividad grupal que lastimĆ³ su capacidad de devoluciĆ³n.

Las gruesas pinceladas de las ilustraciones anteriores colorearƔn la mayor parte de las notaciones que haremos mƔs adelante.


Bosquejo de una figura-funciĆ³n mĆŗltiple.


Espero haber llamado la atenciĆ³n sobre algunos de los puntos anclados bajo la ā€œsencillezā€ de ciertos aconteceres grupales. La extrema complejidad que los penetra desde infinitos Ć”ngulos institucionales e histĆ³ricos es, en cada instante y en sĆ­ misma, un proceso real indisoluble. El arte de desmenuzarlo exige desarrollos particulares ā€“que trascienden los lĆ­mites de esta propuesta introductoriaā€“, esquemas inacabados en perpetuo devenir.

Hasta culminar el texto sĆ³lo podrĆ© contornear un leve dibujo de los problemas que todavĆ­a faltaban plantear, junto a otros que apenas quedarĆ”n enunciados.


Planos.


Teniendo en cuenta los cruces transitados, surge una pregunta: ĀæCuĆ”les serĆ­an los planos sobre los que deberĆ­a intervenir el coordinador de un grupo-formaciĆ³n? SerĆ­an prioritariamente dos. Uno, trazado por la finalidad del grupo, sea por ejemplo: ā€œConocer las propiedades, argumentaciones y cientificidad de un discursoā€ o los ā€œdeterminantes del sufrimiento de un pacienteā€.

Otro, estarĆ­a diseƱado por el tratamiento del tema que circula en direcciones imprevistas. AsĆ­ actĆŗa sobre los formandos, a nivel de contenidos (significado del tema como elemento componente) y de potencialidades temĆ”ticas generativas (el tema como figurador de sentido), donde los registros gnoseolĆ³gicos y vivenciales tienen una eficacia preconciente inapreciable.

Los enlaces de ambos planos y los miles de anillos que giran a su alrededor eslabonan los interminables puntos de fuga del ā€œaprender a pensarā€.


Lƭneas acƩntricas.


Recorren el grupo, forcejean en sus distintos ā€œlugaresā€ volviĆ©ndolos atĆ³picos, excluyen los centramientos imaginarios, conjugan tensiones, traicionan intenciones, deforman fines cuidadosamente programados, muerden justamente en la mitad de un objetivo fijado con exactitud, haciendo de Ć©l un subjetivo deseado con anterioridad. TambiĆ©n se esfuman prendidas de una mirada, impulsan una palabra certera, un gesto cortante, retornan en una atmĆ³sfera tenue o alimentando climas agobiadores. En esa urdimbre se trata de aprender a escuchar y mirar (la pulsiĆ³n escĆ³pica es una clave de la coordinaciĆ³n), lo que hacen, dicen, anudan, separan, fabrican, desconectan, ilusionan, alucinan, etcĆ©tera, los miembros del grupo.

Esto es capital para dosificar las reacciones contra-transferenciales que envuelven al coordinador cuando enfrenta a sujetos y sucesos tan intrincados. Si a ello le agregamos los ā€œcuadrosā€ afectivos que desencadena toda la intervenciĆ³n en los diversos integrantes, comprehenderemos (22) que saber escuchar (con la oreja del cuerpo y el cuerpo como oreja) y mirar (distribuciones espaciales, como alguien ā€œno puede verā€ a un distante, mientras ā€œle echa el ojoā€ a un prĆ³ximo) son las llaves para que un grupo siga desarrollando su tarea.

Aprender a escuchar y mirar, son acontecimientos sin ningĆŗn parentesco con la organologĆ­a conductal del oĆ­r y el ver. Las tĆ©cnicas que prescribe esta Ćŗltima, mistifica la cantidad, unidireccionalidad, cronologĆ­a, etc., de las comunicaciones y resultados. Las constelaciones de los primeros tiende a la calidad, polivalencia, multiformidad temporal, etc., de las informaciones en tĆ©rminos de transmisiĆ³n conceptual, interpretaciones o seƱalamientos terapĆ©uticos.


Pointes.


Ligeros, estĆ”ticos, pesados, fuera de foco, dinĆ”micos, desordenados, asĆ­ van seriĆ”ndose los pointes de la informaciĆ³n que proviene del grupo y circula hacia Ć©l. ĀæPero quĆ© mantenemos con la nociĆ³n de informaciĆ³n?

Recuperamos en ella el cielo multifacĆ©tico de lo emitido, sus angularidades y direcciones enunciativas, las condiciones ā€œintrĆ­nsecasā€ de recepciĆ³n, asĆ­ como todo lo que se elabora y ocurre durante dicha codificaciĆ³n.

Abarca, por lo tanto, mecanismos inĆ©ditos de transmisiĆ³n, comunicaciones no equilibradas e ā€œimpertinentesā€ para los modelos normalizados de intercambio lingĆ¼Ć­stico (importancia revelada por la crĆ­tica al esquema comunicacional de Jacobson), las formas de las acciones que juegan en cualquier informaciĆ³n, sea cual fuere su fuente y los actos formantes que ella implica.

Ahora seƱalemos los rasgos salientes que deberĆ­a tener para resultar apropiada e incidente en un grupo-formaciĆ³n.

SerĆ” necesario organizarla en una cadena relativa con dos pendulaciones bĆ”sicas: montaje parcial y decodificaciĆ³n lenta.

Entonces se requerirĆ”:

ā€“ Que sea reductiva por parte de quien informa y captada en su exacta dispersiĆ³n cuando viene del grupo.

ā€“ Que pueda ser asimilada en su modalidad relacional, no puntual ni positiva, por todos los formantes (incluido como una formaciĆ³n grupal mĆ”s, el descentramiento del coordinador).

ā€“ Que sea precisa y escueta; es decir, que sirva sĆ³lo como un disparador de la ā€œverdaderaā€informaciĆ³n que producirĆ”n los distintos miembros.

ā€“ Que tenga un cierto aspecto de incompletud, puesto que el abrochamiento circunstancial de la misma se darĆ” siempre fuera de su lugar originario.

ā€“ Que estĆ© ligada y contrapunteada con las diversas series de sentido que inaugura cada nuevo curso de la tarea.

ā€“ Que se oriente por una problemĆ”tica en la cual adquiera capacidad de existencia e insistencia.


SegĆŗn entiendo, el trĆ”nsito incansable por todos esos senderos posibilitarĆ” que el coordinador sea un observador audible y un atento escucha. De tal manera, se transformarĆ” en recurrente y ā€œpertinenteā€ la informaciĆ³n que brinda y la que va gestando el propio colectivo.

Al equivocarse el momento de las devoluciones, su monto informativo, la funciĆ³n del ā€œcopensorā€, de imponerse un estilo de aprendizaje o terapĆ©utico, etcĆ©tera, es casi inevitable que los grupos se alienen en el ā€œpegoteo de la transferenciaā€ o queden peligrosamente sujetados al ejercicio gimnĆ”stico de las interpretaciones.

El abanico de sus consecuencias (23) no puede desplegarse como una totalidad a priori. Pero algunas merecen destacarse con nitidez.


Empastes.


Palabras espesas, miradas grumosas, gestos taponantes y otros gradientes son los riesgos del coordinador. Como captura tejidos de signos, tramado de fuerzas y demĆ”s fabricaciones inconscientes mediante sus ā€œexpresiones manifiestasā€ puede caer en un abuso, ausencias y confusiones mantenidas como sacramentos.

El abuso consiste en invadir al grupo con una seguidilla interpretativa que obstaculiza sus ramificaciones y alcances. Esta es la amenaza constante de la plus-interpretaciĆ³n, subordinada a la creencia resistencial del ā€œmonitorā€ de que su misiĆ³n unilateral es la de interpretar.

Las ausencias vuelan como esquirlas de la plus-interpretaciĆ³n mencionada. AsĆ­ los seƱalamientos y correcciones de los impedimentos, carencias o situaciones progresivo-regresivas de lo que opera el grupo se eluden completamente. Por eso, a menudo lo que aparece como defensa del mismo a entrar en tarea, o a caminar sobre un ā€œhilo conductorā€, no pertenece tanto al conjunto como a su guĆ­a. En esas circunstancias es frecuente observar lo contrario, o sea: las resistencias epistĆ©micas y emotivas del ā€œcopensorā€ desplazadas al grupo.

Las confusiones las delimito fundamentalmente en dos aspectos. El primero se refiere a las extensas intervenciones de ciertos ā€œanalistasā€ con escasa o ninguna prĆ”ctica grupal, que son, en realidad, construcciones propias de comunicaciones entre colegas y que los integrantes no alcanzan a entender ni a elaborar.

El segundo, apunta a un campo de indiscriminaciĆ³n y se une de manera circular con la ā€œactuaciĆ³nā€ plus-interpretativa. Su fin es poner en escena una obra cuyo protagonista sea la ā€œinteligenciaā€, un modo privilegiado de la fascinaciĆ³n significante. En tal escenario las interpretaciones no se manejan en los territorios que el grupo, borronea (elaboraciĆ³n de un concepto, modificaciĆ³n de un punto de vista, troca de un afecto, etc.), sino que se dirigen al universo de lo interpretable, aquello a tener en perspectiva, pero que no autoriza a lanzar una plastra interpretativa sobre el grupo.


Broches.


DespuĆ©s del breve recorrido crĆ­tico, nuestra semblanza de lo que serĆ­a el acto interpretativo. PodrĆ­amos considerarlo como: el momento particular de las devoluciones significativas que reorientan el sentido del proceso grupal y tambiĆ©n lo cualifican . Tal restituciĆ³n puede darse en varias dimensiones (contenidos, unidades temĆ”ticas, alivio de montos ansiĆ³genos, etcĆ©tera) y asimismo en las superficies del grupo mismo, en un vĆ­nculo interpersonal o en una circunstancia sujetal.

AdemĆ”s, el acto interpretativo transcurre en condiciones de implicaciĆ³n, complejas e irradiadas que guardan profundas diferencias con las que se importan de otros dominios.

Las indicaciones sugeridas a lo largo de estas pĆ”ginas son operables con la inmediatez de un recurso tĆ©cnico o prescriptas como recetas para ā€œdirigir Ć³ptimamente sesiones grupalesā€. Estas panaceas tienen la existencia y obsolescencia que rigen al mercado.

Mientras escribĆ­a se colaron una serie de interrogantes que angulan el trabajo. Aprovecho para volcar algunos de ellos: ĀæMistificar los grupos? ĀæIlusionar que sus canales son mĆ”s propicios para las creaciones duraderas? ĀæQue la salvaciĆ³n estĆ” asegurada sĆ³lo si se pertenece a un colectivo?

Mi respuesta a las que histĆ³ricamente surgieron como preguntas incondicionadas y retĆ³ricas, no puede dejar de estar teƱida de un cauto escepticismo. En ellas hay demasiados sobreentendidos que el tiempo ha convertido en francos malentendidos.

Pero quĆ© ā€œagregarā€ de los groseros, cuanto mĆ”s refinados apologetas del ā€œindividuoā€, de los inquisidores de la ā€œobscenidad grupalā€, de la ā€œreificaciĆ³n institucionalā€ y del ā€œaquelarre de masasā€.

Devaneo de las imputaciones y esclarecimientos subyacentes en las primeras cuestiones.

Clima de persecuciĆ³n en las ordalĆ­as de las segundas y el mismo ā€œefecto de fascinaciĆ³nā€ que ejercĆ­a aquel personaje en cuyos brazos todos deseaban arrojarse, aunque en sus manos nadie querĆ­a caer.

Ni. Ni. QuizƔs el laberinto de la multiplicidad, guiƔndose por un delgado filamento que ilumine los recodos donde la verdad desespera.


Marzo de 1987.


Notas al pie.

1. En estas reflexiones dispares convergen mĆ”s de veinte aƱos de labor institucional y privada con la prĆ”ctica del grupo-formaciĆ³n, la que todavĆ­a en 1983 llamaba, por seguir el uso conocido ā€œde formaciĆ³nā€. A travĆ©s del mundo (el cual atrae toda mi atenciĆ³n desde un artĆ­culo escrito en 1972), que despliega el tĆ©rmino formaciĆ³n, podrĆ­a repensarse una tradiciĆ³n de lo grupal por-venir.

2. Asimismo, no cabe contemplar las elaboraciones actuales en algunos de los caminos ā€“sin duda Ćŗtiles y enriquecedoresā€“ de la didĆ”ctica grupal. Ellos estĆ”n impregnados histĆ³ricamente por las nociones de ā€œmetodologĆ­aā€, ā€œmotivaciĆ³nā€, etc., e invadidos por los manejos tĆ©cnicos, la ā€œtransparenciaā€ de los procedimientos y una didascalia fĆ”cilmente comunicable.

3. Es preciso tener en cuenta durante la lectura del escrito que las nociones de ā€œaprendizajeā€ o ā€œaprendizaje-formaciĆ³nā€, son parcialmente homĆ³logas. Se habla y demarca el aprendizaje en esta forma grupal, y no el establecido por ciertos mecanismos, sean por ā€œimitaciĆ³nā€, ā€œreforzamientoā€, ā€œidentificaciĆ³nā€, ā€œelaboraciĆ³n de conflictosā€ o mediante una ā€œconcientizaciĆ³nā€ genĆ©rica.

4. Por ejemplo, ā€œFormaciĆ³n de ideologĆ­as en el aprendizaje grupalā€, Lo Grupal, Ediciones BĆŗsqueda, ā€œGrupo e InstituciĆ³nā€ (inĆ©dito), etc.

5. La complejidad que reviste dicho croquis va siendo desplegada en diversos textos. Es de una esterilidad proverbial congelarlo en definiciones o clasificaciones exhaustivas. El movimiento de su fundamentaciĆ³n, lo que inaugura, sus condiciones prĆ”cticas, etc., son los Ćŗnicos modos de existencia que reconoce.

6. Aunque como dice Lacan respondiendo una conclusiĆ³n apresurada de Colette Soler relativa al ā€œmĆ”s unoā€ y el lĆ­der: ā€œNo hay mucha certeza de que (la cosa) sea tan simple.ā€ Si a Ć©sta agregamos la puntualizaciĆ³n del mesurado M. Safoan, veremos que la simpleza es la de los apenas iniciados en tales lides: ā€œEn este aspecto ā€“aclara Safoanā€“ creo que no existe ninguna organizaciĆ³n que pueda eliminar la jefatura de una comunidad.ā€ Y sabĆ­a muy bien lo que estaba enfatizando.

7. AsĆ­ se la conciba como un ā€œconectorā€ del Cartel con el resto de los espacios que componen la escuela freudiana. O como un sostĆ©n de la relaciĆ³n que cada uno pueda tener en su trabajo, con lo que tiene que decir. O bajo la paradoja matemĆ”tica de la ā€œinfinitud latenteā€, la funciĆ³n ā€œmĆ”s-unaā€ no ha podido siquiera atenuar el jaque-mate de los procesos transferenciales en grupo, o en los ā€œagregadosā€ por afinidad y selecciĆ³n que definen a los carteles.

8. La pĆ³liza que representarĆ­a el mecanismo de rotaciĆ³n pre-asignado tampoco asegura demasiado, porque como asevera un participante de las Jornadas, ā€œlas 'rotaciones', jamĆ”s impidieron nada. Los comisarios se convirtieron en el 'pueblo' y los secretarios en Ā“generalesĀ“ā€.

9. TodavĆ­a falta realizar un trabajo que ponga de relieve las similitudes y diferencias de los distintos ā€œconjuntosā€. Por ejemplo, el acceso a un grupo terapĆ©utico supone un padecimiento mĆ”s o menos determinado, un cĆŗmulo de informaciĆ³n que porta cada integrante y que serĆ” la Ćŗnica manejada en las sesiones, etc. Esto no ocurre ni transcurre de modo idĆ©ntico en otras formaciones grupales.

10. Singulares, no individuales. Mientras el individuo marca el acabamiento del self como nociĆ³n doctrinaria y, por lo tanto, ā€œirrealidad concretaā€, una singularidad existe sĆ³lo a partir de sus conexiones, vecindades y relaciones. No es significable ni pasible de ser absorbida en el plano categorial. Una singularidad es real cuando se practica y realiza como tal. Esto no entraƱa que ā€œindividuoā€ sea inoperante, sino que posee la eficacia, en sentido estricto, de una ā€œidea fuerzaā€.

11. Para una fundamentaciĆ³n de esta aserciĆ³n pueden consultarse los escritos CrĆ­tica y transformaciĆ³n de los fetiches, Ed. Folios, y Elucidaciones sobre el ECRO. Un anĆ”lisis desde la clĆ­nica ampliada, Lo Grupal 4, Ediciones BĆŗsqueda, 1986, Buenos Aires. A nivel teĆ³rico y casuĆ­stico, subrayo lo que deberĆ­a comprender el acto de anĆ”lisis, indagaciĆ³n y supervisiĆ³n de un material concreto.

12. EnseƱar antes de tener cualquier connotaciĆ³n educativa, implicaba situar a un formando en la direcciĆ³n de su pedido, ponerlo en contacto con su ad-petitio, con su propio deseo. Este es el sentido de enseƱar que nos importa.

13. Cuya teorĆ­a de los afectos (modos, pasiones y acciones) era el nĆŗcleo de la funciĆ³n orientadora de la Ć©tica y la antropologĆ­a polĆ­tica.

14. En la teorĆ­a de los grupos operativos la nociĆ³n de tarea posee un lugar privilegiado y una funciĆ³n constitutiva. Sus etapas, pre-tarea y tarea, sus planos, manifiesto-latente, su ligazĆ³n con un proyecto y los conceptos asociados a cada instancia (ansiedades bĆ”sicas, pertenencia, afiliaciĆ³n, cooperaciĆ³n, saboteo, comunicaciĆ³n, tele, reproyecciĆ³n del conjunto, etc.) son capitales para entender ciertos niveles vinculares de la estructuraciĆ³n grupal, los cuales seƱalan a su vez los lĆ­mites actuales de dicha teorĆ­a. En ella no se ha despejado todavĆ­a el ā€œfantasma cronolĆ³gicoā€. Falta esclarecerlo adecuadamente para alejar equĆ­vocos. Sus fases parecen deslizarse sobre un eje sucesivo del tiempo. Tampoco se ha impulsado, con investigaciĆ³n alguna, la propuesta fundante de PichĆ³n RiviĆØre sobre el particular; o sea, la articulaciĆ³n entre el concepto de trabajo en Marx y el de elaboraciĆ³n psĆ­quica en Freud, de cuya intersecciĆ³n surge la nociĆ³n de tarea, cifra de todo su esbozo de psicologĆ­a social. Esperemos que en el futuro estos problemas despierten el interĆ©s de los continuadores de esa teorĆ­a.

15. La nociĆ³n de pertinencia, ligada a Ć©sta por contigĆ¼idad y sonoridad, toca a otro nivel de fenĆ³menos. Por lo tanto no puede ser apareada integrando el mismo ā€œregistroā€.

16. Son bĆ”sicamente reglas y pautas de juego que posibilitan un ā€œpensamiento en cursoā€ y un ā€œcurarse de...ā€, el ejercicio de una ā€œpasiĆ³n absorbenteā€ o una ā€œafecciĆ³n descontroladaā€. Como reguladoras y continentes se oponen a los rituales burocrĆ”ticos y a la destrucciĆ³n por la destrucciĆ³n, es decir, a todo formalismo.

17 El mismo ya requiere el fortalecimiento constante de la tarea en el Ć”mbito que, natural e histĆ³ricamente, le es mĆ”s propicio: el polemos. La alusiĆ³n polĆ©mica, el contrapunto, los debates mĆŗltiples, afirmativos de la multiplicidad, garantizan la diferencia interna que la constituye.

18. No se trata de ningĆŗn jueguito de palabras. Corresponden a mi experiencia de coordinador, supervisor y analista institucional. En estos raccontos debe caer el prefijo ex y su lugar ser ocupado por el posesivo invertido. Cuando esa imperiencia sea generalizable y compartida en una comunidad determinada, entonces, se podrĆ” hablar de experiencia. Mientras tanto pondremos entre parĆ©ntesis su uso comĆŗn.

19. PodrĆ­a considerar un nĆŗmero mayor, pero juzgo que como muestras son suficientes.

20. Universidad Nacional AutĆ³noma de MĆ©xico. Su tradiciĆ³n liberal a nivel acadĆ©mico es reconocida internacionalmente.

21. A esta forma de lectura la denomino ā€œparĆ”sitaā€. En sus vericuetos circulan los afectos mĆ”s potentes y todos sus recursos estĆ”n dotados de gran analiticidad, paciencia (ā€œdejar venirā€) y pasiĆ³n. Tienen una marca similar a los fenĆ³menos transferenciales, que molestaban a Freud por su ā€œfuerte contenido afectivoā€ (ā€œRecuerdo, repeticiĆ³n y elaboraciĆ³nā€, ā€œObservaciones sobre el amor de transferenciaā€). En ese tiempo solĆ­a designarlos como ā€œmodalidades parasitarias de la curaā€.

22. La comprehensiĆ³n actĆŗa sobre lo que ha sido abierto desde la producciĆ³n deseante grupal. Su significado difiere absolutamente de la comprensiĆ³n (modo de explicaciĆ³n propio de las ā€œciencias humanasā€), como la estipulĆ³ la Lebenphilosophie.

23 Contra muchas de las cuales alertĆ© en el texto Apreciaciones sobre la violencia simbĆ³lica, la identidad y el poder, Lo Grupal 3, Ediciones BĆŗsqueda, 1986, Buenos Aires.


Fuente: Lo Grupal 5, Ediciones BĆŗsqueda, 1987, Buenos Aires.


Stick, Pasado, presente y futuro. Mural en Shoreditch, Londres.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

bottom of page