Jacques Derrida (2004) Ăltima entrevista
- Revista Adynata
- 1 ago 2021
- 19 Min. de lectura
Desde el verano de 2003 su presencia pĂșblica jamĂĄs habĂa sido tan manifiesta. No solamente ha firmado usted numerosas obras, sino tambiĂ©n recorrido el mundo para participar en numerosos coloquios internacionales organizados en torno a su trabajo âde Londres a Coimbra pasando por Paris y, en estos dĂas, RĂo de Janeiro.
Se le ha consagrado igualmente una segunda pelĂcula-documental (Derrida, por Amy Kofman y Kirby Dick, tras el extraordinario Dâailleurs Derrida, de Safaa Fathy en 2000) asĂ como numerosos nĂșmeros especiales, destacando en Magazine littĂ©raire y en la revista Europa, como tambiĂ©n un volumen de Cahiers de lâHerne particularmente rico en inĂ©ditos, cuya apariciĂłn estĂĄ prevista para el otoño. Todo esto es mucho para un solo año y sin embargo, usted no se esconde, usted estĂĄ...
...DĂgalo, muy gravemente enfermo, es verdad, y bajo la prueba de un tratamiento temible. Pero dejemos eso, si usted lo aprueba, pues no estamos aquĂ para realizar un boletĂn sanitario, ya sea pĂșblico o secreto...
DejĂ©moslo entonces. Continuando esta entrevista detengĂĄmonos mĂĄs bien sobre Spectres de Marx (GalilĂ©e, 1993). Obra crucial, libro-etapa, en su totalidad consagrado a la cuestiĂłn de una justicia por venir, y que se abre con un exordio enigmĂĄtico: âAlguien, usted o yo, se adelanta y dice: «quisiera aprender a vivir por fin»â. MĂĄs de diez años despuĂ©s, Âżen quĂ© lugar se encuentra usted hoy respecto a este deseo de âsavoir vivreâ?
AĂșn se trata sobre todo de la cuestiĂłn de una ânueva internacionalâ, subtĂtulo y motivo central del libro, mĂĄs allĂĄ del âcosmopolitismoâ y mĂĄs allĂĄ del âciudadano del mundoâ, asĂ como de un nuevo Estado-naciĂłn mundial. Este libro anticipa todas las urgencias âaltermundialistasâ en las que yo creo y que aparecen mejor en la actualidad. Con eso que yo llamaba una ânueva internacionalâ se nos imponĂa, dije en 1993, un gran nĂșmero de mutaciones en el derecho internacional y en las organizaciones que regulan el orden del mundo (FMI, OMC; G8, etc., y sobre todo en la ONU, donde como mĂnimo habrĂa que cambiar la Carta, la composiciĂłn y de entrada el lugar de su residencia -lo mĂĄs lejos posible de New York...).
En cuanto a la fĂłrmula que usted citaba (âaprender a vivir por finâ), me vino una vez el libro estuvo terminado. Juega desde el principio, pero con seriedad, con su sentido comĂșn. Aprender a vivir es madurar, educar tambiĂ©n. Apostrofar a alguien para decirle âvoy a enseñarte a vivirâ, esto significa en ocasiones, bajo el tono de la amenaza, voy a formarte, te voy a encauzar. Luego el equĂvoco de este juego es lo que me importa en un principio. Este suspiro se abre tambiĂ©n a una interrogaciĂłn aĂșn mĂĄs difĂcil: Âżvivir es algo que puede aprenderse, enseñarse? ÂżSe puede aprender, por disciplina o aprendizaje, por experiencia o experimentaciĂłn, a aceptar, o mejor, a afirmar la vida? A travĂ©s de todo el libro resuena esta inquietud de la herencia y de la muerte. Ella atormenta igualmente a los padres y a sus hijos: ÂżcuĂĄndo te volverĂĄs responsable?
ÂżCĂłmo responderĂĄs en definitiva de tu vida y de tu nombre?
Bien, vale, pues para responder, yo, sin mĂĄs rodeos, a su pregunta, no, nunca he aprendido a vivir. ÂĄPero ahora, en absoluto! Aprender a vivir deberĂa significar aprender a morir, a tener en cuenta, para aceptarla, la mortalidad absoluta (sin salutaciĂłn, ni resurrecciĂłn, ni redenciĂłn) âni para uno mismo ni para el otro. DespuĂ©s de PlatĂłn se trata de la gran interpelaciĂłn (injonction) filosĂłfica (1): filosofar es aprender a morir.
Yo creo en esa verdad sin rendirme. Cada vez menos. No he aprendido a aceptarla, la muerte. Todos nosotros somos supervivientes en ciernes (y desde el punto de vista geopolĂtico de Espectros de Marx, la insistencia se dirige sobre todo, en un mundo mĂĄs desigualitario que nunca, hacia los miles de millones de seres vivientes -humanos o no- a los que les son rehusados, no solamente los elementales âderechos del hombreâ, que datan de dos siglos y que se enriquecen sin cesar, sino de entrada el derecho a una vida digna de ser vivida). Por eso yo me quedo ineducable respecto a la sabidurĂa de saber morir. Yo aĂșn no he aprendido nada o adquirido nada a ese respecto. El tiempo de la demora se estrecha de manera acelerada. No solamente porque yo soy, junto a otros, heredero de tantas cosas, buenas o terribles: cada vez mĂĄs a menudo, la mayor parte de los pensadores a los que me encontraba ligado estĂĄn muertos, se me trata de superviviente: el Ășltimo representante de una generaciĂłn, aquella, en sentido amplio, de los años 1960; algo que, sin ser rigurosamente cierto, no me inspira solamente objeciones sino sentimientos de rebeldĂa un poco melancĂłlicos. Como, en aumento, ciertos problemas de salud se hacen presentes, la cuestiĂłn de la supervivencia o de la demora, que siempre me ha atormentado, literalmente, a cada instante de mi vida, de manera concreta e infatigable, se colorea de otro modo a dĂa de hoy.
Siempre me interesĂ© por esa temĂĄtica de la supervivencia, en la cual el sentido no se añade al vivir o al morir. Es originario a: la vida es supervivencia. Sobrevivir en sentido corriente quiere decir continuar viviendo, pero tambiĂ©n vivir tras la muerte. A propĂłsito de la traducciĂłn, Walter BenjamĂn señalaba la distinciĂłn entre ĂŒberleben por una parte, sobrevivir a la muerte, como un libro puede sobrevivir a la muerte del autor o un niño a la muerte de sus padres, y, por otra, fortleben, living on, continuar viviendo. Todos los conceptos que me han ayudado a trabajar, destacadamente aquellos como el del trazo o lo espectral, estaban ligados a âsobrevivirâ como dimensiĂłn estructural. Esta no deriva ni del vivir ni del morir. Tampoco eso que yo llamo el âduelo originarioâ. Esto no espera a la muerte llamada âefectivaâ.
Usted ha utilizado la palabra âgeneraciĂłnâ. NociĂłn de uso delicado que aparece a menudo bajo su pluma: ÂżcĂłmo designar eso que, en su nombre, se transmite de una generaciĂłn?
Esa palabra, la utilizo ahĂ de manera un tanto cobarde. Se puede ser el contemporĂĄneo âanacrĂłnicoâ de una âgeneraciĂłnâ pretĂ©rita o por venir. Ser fiel a aquellos a los que se asocia a mi âgeneraciĂłnâ, convertirse en el guardiĂĄn de una herencia diferenciada pero comĂșn, eso quiere decir dos cosas: de entrada defender, eventualmente contra todo y contra todos, las exigencias compartidas, de Lacan a Althusser, pasando por Levinas, Foucault, Barthes, Deleuze, Blanchot, Lyotard, Sarah Kofman, etc.; sin nombrar a tantos pensadores, poetas, escritores, filĂłsofos o psicoanalistas, felizmente vivos, de los que soy heredero tambiĂ©n, y a otros sin duda del extranjero, mĂĄs numerosos y quizĂĄs mĂĄs prĂłximos aĂșn.
Designo asĂ, por metonimia, un ethos de escritura y de pensamiento intransigente, incorruptible (HelĂšne Cixous nos puso el sobrenombre de âlos incorruptiblesâ), sin concesiones incluso respecto a la filosofĂa, y que no se deja atemorizar por aquello que la opiniĂłn pĂșblica, los medios de comunicaciĂłn o el fantasma del lector intimidante, pudiera obligarnos a simplificar o a rechazar. De ahĂ el gusto severo por el refinamiento, la paradoja, la aporĂa.
Ante esta predilecciĂłn queda tambiĂ©n una exigencia que vincula no solamente a aquellos y aquellas que he evocado un poco arbitrariamente, es decir, injustamente, sino a todo el medio que los rodeaba y que los sostenĂa. Se trataba de una suerte de Ă©poca provisionalmente cumplida, y no simplemente de esta o aquella persona. Hace falta salvar o hacer renacer todo eso, entonces, a cualquier precio. Y la responsabilidad hoy es urgente: exige una guerra inflexible a la doxa, a aquellos a los que se denomina a menudo como âIntelectuales mediĂĄticosâ, a ese discurso general formateado por los poderes mediĂĄticos, ellos mismos en las manos de lobbies polĂtico - econĂłmicos, a menudo editoriales y acadĂ©micos tambiĂ©n. Siempre tanto europeos como mundiales, por supuesto. Resistencia no significa que se deba evitar los medios de comunicaciĂłn. Hace falta, cuando ello es posible, desarrollarlos y ayudarlos a diversificarse, llamĂĄndolos a hacerse cargo de esa misma responsabilidad.
Al mismo tiempo no hay que olvidar que en aquella Ă©poca âfelizâ de poco tiempo atrĂĄs nada era irenista, ciertamente. Las diferencias y los diferendos hacĂan estragos en ese medio que era mucho menos homogĂ©neo de cĂłmo hoy lo podemos reagrupar, por ejemplo, mediante un calificativo dĂ©bil del gĂ©nero âpensamiento del 68â en el cual la palabra principal como jefe de la acusaciĂłn domina a menudo hoy en la prensa y en la universidad. Incluso si aquella fidelidad toma alguna vez la forma de la infidelidad y del distanciamiento, hace falta ser fiel a esas diferencias, es decir, continuar la discusiĂłn. Yo continĂșo la discusiĂłn con Bourdieu, Lacan, Deleuze, Foucault, por ejemplo, que continĂșan interesĂĄndome enormemente, mucho mĂĄs que esos autores alrededor de los cuales se prensa la prensa de hoy (salvo excepciones, por supuesto). Yo mantengo ese debate vivo para que no se aplane ni se degrade en denigraciones.
Lo que he dicho de mi generaciĂłn vale tambiĂ©n para el pasado, de la Biblia a PlatĂłn, Kant, Marx, Freud, Heidegger, etc. Yo no voy a renunciar a aquello que se sea, no puedo. Usted sabe, aprender a vivir es siempre narcisista: se quiere vivir tanto como sea posible, salvarse, perseverar, y cultivar todas esas cosas que, infinitamente mĂĄs grandes y potentes que uno mismo, forman parte sin embargo de ese pequeño âyoâ que desbordan por todas partes. Pedirme que renuncie a aquello que me ha formado, a aquello que tanto he amado, no es sino pedirme que me muera. En aquella fidelidad antedicha hay una suerte de instinto de conservaciĂłn. Renunciar, por ejemplo, a una dificultad en la formulaciĂłn, a un pliegue, a una paradoja, a una contradicciĂłn suplementaria, porque ello no va a ser comprendido, o mĂĄs bien, porque algĂșn periodista que no sabe leerla, ni siquiera el tĂtulo de un libro, cree saber de antemano que el lector o el oyente no comprenderĂĄ y que su audiencia o su gana-pan sufrirĂĄn, es para mĂ una obscenidad inaceptable. Es como si se me pidiese que me inclinase servilmente o que me muriese de imbecilidad.
Usted ha inventado una forma, una escritura de la supervivencia, que conviene con esa impaciencia de la fidelidad. Escritura de la promesa heredada, del trazo salvaguardado y de la responsabilidad confiada.
Si hubiera inventado mi escritura lo habrĂa hecho como una revoluciĂłn interminable. En cada situaciĂłn hace falta crear un modo de exposiciĂłn apropiado, inventar la ley del acontecimiento singular, tener en cuenta su destinatario supuesto o deseado; y al mismo tiempo pretender que esa escritura determinarĂĄ al lector, el cual aprenderĂĄ a leer (a âvivirâ) esto, que ademĂĄs, no estaba habituado a recibir. Se espera que renazca determinado de otro modo: por ejemplo, esos transplantes sin confusiĂłn de lo poĂ©tico sobre lo filosĂłfico o ciertas maneras de usar los homĂłnimos, de indecidibles, de estratagemas de la lengua âque muchos leen con confusiĂłn para ignorar su necesidad propiamente lĂłgica.
Cada libro es una pedagogĂa destinada a formar su lector. Las producciones en masa que inundan la prensa y el mundo editorial no forman a los lectores, sino que presuponen de manera fantasmĂĄtica un lector ya programado. Si bien acaban por formatear a ese destinatario mediocre que habĂan postulado de antemano. Por el contrario, al preocuparme de la fidelidad, como usted dice, en el momento de dejar un trazo sĂłlo puedo hacerlo disponible para cualquiera: no puedo ni siquiera dirigirlo de manera singular a nadie.
Cada vez, con todo lo fiel que se quiera ser, se estĂĄ traicionando la singularidad del otro al que se interpela. A fortiori cuando se escriben libros de una gran generalidad: no se sabe a quiĂ©n se habla, se inventan y se crean siluetas, pero que en el fondo, esto ya no nos pertenece. Orales o escritos todos esos gestos nos dejan, se ponen a actuar independientemente de nosotros. Como mĂĄquinas, o mejor como marionetas â me explico mejor en Papier Machine (GalilĂ©e, 2001). A partir del momento en que yo dejo (publicar) âmiâ libro (nadie me obliga), devengo apariciĂłn-desapariciĂłn, como ese espectro ineducable que no habrĂĄ aprendido a vivir jamĂĄs. El trazo que dejo significa mi muerte, por venir o ya advenida, y la esperanza de que me sobreviva. Esto no implica una ambiciĂłn de inmortalidad, es estructural. Dejo aquĂ un fragmento de papel, me voy, muero: imposible salir de esta estructura, ella es la forma constante de mi vida. Cada vez que dejo partir algo veo mi muerte en la escritura. Experiencia extrema: uno se expropia sin saber a quien propiamente queda confiada la cosa que se deja.
¿Quién va a heredar, y cómo? ¿Habrå incluso herederos? Esta es una pregunta que hoy nos podemos plantear mås que nunca. Una pregunta que me ocupa sin cesar.
El tiempo de nuestra tecno-cultura ha cambiado radicalmente con relaciĂłn a esto. La gente de mi âgeneraciĂłnâ, y a fortiori los aĂșn mĂĄs viejos, estuvieron habituados a un cierto ritmo histĂłrico: se creĂa saber que tal o cual obra podĂa o no sobrevivir, en funciĂłn de sus cualidades, durante uno, dos o como PlatĂłn, veinticinco siglos. Pero hoy la aceleraciĂłn de las modalidades de archivo, junto a la usura y la destrucciĂłn, transforman la estructura y la temporalidad de la herencia. Para el pensamiento la cuestiĂłn de la supervivencia toma en adelante formas absolutamente imprevisibles.
A mi edad estoy preparado para las hipĂłtesis mĂĄs contradictorias con relaciĂłn a este asunto: tengo simultĂĄneamente, le ruego que me crea, un doble sentimiento que, de un lado, por decirlo sonriendo e inmodestamente, aĂșn no se ha comenzado a leerme, ya que si acaso hay, ciertamente, un buen nĂșmero de buenos lectores (algunas decenas en el mundo, quizĂĄs) en el fondo, serĂĄ mĂĄs tarde que todo eso tendrĂĄ una oportunidad de aparecer; pero tambiĂ©n por otro lado, tengo la sensaciĂłn de que quince dĂas o menos despuĂ©s de mi muerte ya no quedarĂĄ nada. Excepto aquello que ha sido guardado mediante depĂłsito legal en la biblioteca. Se lo juro, creo sincera y simultĂĄneamente en esas dos hipĂłtesis.
En el corazĂłn de semejante esperanza late la lengua, principalmente la lengua francesa. Cuando a usted se le lee se siente en cada lĂnea la intensidad de su pasiĂłn por ella. En Le Monolinguisme de lâautre (GalilĂ©e, 1996) usted llega incluso a presentarse, irĂłnicamente, como el âĂșltimo defensor e ilustrador de la lengua francesaâ...
Que no me pertenece, aunque sea la Ășnica que âyo tengaâ a mi disposiciĂłn (ÂĄy aĂșn asĂ!). La experiencia de la lengua, por supuesto, es vital. Mortal, entonces, nada de original hay en eso. Las contingencias han hecho de mĂ un judĂo francĂ©s de Argelia de la generaciĂłn nacida antes de la âguerra de independenciaâ: demasiadas singularidades, incluso entre los judĂos y entre los judĂos de Argelia. Yo he asistido a una extraordinaria transformaciĂłn del judaĂsmo francĂ©s de Argelia: mis bisabuelos estaban aĂșn muy prĂłximos a los ĂĄrabes, por la lengua, las costumbres, etc.
Tras el decreto CrĂ©mieux (1870), a finales del siglo XIX, la generaciĂłn siguiente se aburguesĂł: y eso que se tuvieron que casar prĂĄcticamente de manera clandestina en la trastienda de una alcaldĂa de Argelia a causa de los pogroms (en pleno affaire Dreyfus), mi abuela educaba ya a sus hijas como burguesas parisinas (buenas maneras del distrito 16, lecciones de piano...). DespuĂ©s vino la generaciĂłn de mis padres: pocos intelectuales, sobre todo comerciantes, modestos o no, en la que algunos explotaban ya una situaciĂłn colonial al convertirse en los representantes exclusivos de las grandes marcas metropolitanas: con una pequeña oficina de 10 metros cuadrados y sin secretaria, era posible representar todo el âjabĂłn de Marsellaâ en Ăfrica del Norte âaunque simplifico un poco.
DespuĂ©s vino mi generaciĂłn (una mayorĂa de intelectuales: profesiones liberales, enseñanza, medicina, derecho, etc.). Y casi todos del mundo de la Francia de 1962. Yo fui un poco anterior (1949). Y es conmigo, apenas exagero, que los matrimonios âmixtosâ comenzaron, de manera cuasi-trĂĄgica, revolucionaria, rara y arriesgada. Y de la misma manera que amo la vida, y mi vida, amo lo que me ha constituido, cuyo elemento mismo es la lengua, aquella lengua francesa que es la Ășnica que se me permitiĂł cultivar, la sola lengua de la que pueda decirme que me siento mĂĄs o menos responsable.
He aquĂ el motivo de que en mi escritura exista una manera, no dirĂa que perversa, pero si un poco violenta, de tratar esta lengua. Por amor. El amor en general pasa por el amor a la lengua, que no es ni nacionalista ni conservador, sino que exige pruebas. Y experimentos. No se puede hacer cualquier cosa con la lengua, ella nos preexiste y ella nos sobrevive. Si se quiere afectar a la lengua de algĂșn modo es necesario hacerlo de manera refinada, respetando en la irrespetuosidad su ley secreta. Es eso, la fidelidad infiel: cuando violento la lengua francesa, lo hago en el refinado respecto de lo que considero un requerimiento (injonction) de esa lengua, en su vida, en su evoluciĂłn. No leo sin sonreĂr, a veces con desprecio, a aquellos que creen violar, sin amor, justamente, la ortografĂa o la sintaxis âclĂĄsicasâ de una lengua francesa, con pequeños aires de vĂrgenes con eyaculaciĂłn precoz, cuando la gran lengua francesa, mĂĄs intocable que nunca, les mira hacer esperando al siguiente. Describo esta escena ridĂcula de forma un poco cruel en La Carte Postale (Flammarion, 1980).
Dejar trazos en la historia de la lengua francesa, he ahĂ lo que me interesa. Vivo de esa pasiĂłn, si no por Francia al menos por alguna cosa que la lengua francesa ha incorporado desde hace siglos. Creo que si amo esa lengua como amo mi vida, y a veces mucho mĂĄs de lo que la ama un francĂ©s de origen, es porque la amo como un extranjero que fue acogido y que se apropiĂł esa lengua como la Ășnica posible para Ă©l. PasiĂłn y sobrepujamiento.
Todos los franceses de Argelia comparten eso conmigo, judĂos o no. Aquellos que venĂan de la metrĂłpoli eran todos ellos extranjeros: opresores y normativos, normalizadores y moralizadores. Eran un modelo, un hĂĄbito o un habitus, al que hacĂa falta plegarse. ÂĄCuĂĄndo un profesor venĂa de la metrĂłpoli con su acento francĂ©s le encontrĂĄbamos ridĂculo! El sobrepujamiento viene de esto: de que no tengo mĂĄs que una lengua y, al mismo tiempo, esa lengua no me pertenece. Una historia singular ha exacerbado en mĂ esta ley universal: una lengua, no pertenece a nadie. Ni naturalmente ni por esencia. De ahĂ los fantasmas de la propiedad, de la apropiaciĂłn y de la imposiciĂłn colonialista.
En general usted no lleva bien el hablar de ânosotrosâ âânosotros los filĂłsofosâ o ânosotros los judĂosâ, por ejemplo. Pero a medida que se despliega el nuevo desorden mundial, usted parece cada vez menos reticente a decir ânosotros los europeosâ. Ya en LâAutre Cap (GalilĂ©e, 1991), libro escrito en el momento de la primera guerra del Golfo, usted se presentĂł como âun viejo europeoâ, como âuna suerte de mestizo europeoâ.
DirĂ© dos cosas: en efecto me cuesta decir ânosotrosâ pero a menudo lo digo. A pesar de todos los problemas que me torturan a ese respecto, comenzando por la polĂtica desastrosa y suicida de Israel -y de un cierto sionismo (para el que Israel ya no representa, a mis ojos, el judaĂsmo, que no representa a la diĂĄspora ni tampoco al sionismo mundial u originario, que fue mĂșltiple y contradictorio; hay incluso fundamentalistas cristianos que se dicen sionistas autĂ©nticos en los EEUU. El poder de su lobby es mayor que el de la comunidad judĂa americana, sin hablar de la saudita en la conjunciĂłn de la polĂtica americano-israelĂ)- y bien, pese a todo esto y tantos otros inconvenientes que tengo con respecto a mi âjudeidadâ, no la negarĂ© jamĂĄs.
DirĂ© siempre, en ciertas situaciones ânosotros los judĂosâ. Este ânosotrosâ si bien atormentado estĂĄ en el corazĂłn de lo mĂĄs inquietante que hay en mi pensamiento, aquello a lo que he denominado apenas sonriendo âlo Ășltimo de los judĂosâ. Esto serĂa en mi pensamiento como lo que AristĂłteles dice profundamente de la oraciĂłn (eukhĂ©): que no es verdadera ni falsa. AdemĂĄs es literalmente una oraciĂłn. En ciertas situaciones, por lo tanto, no dudarĂ© en decir ânosotros los judĂosâ, asĂ como ânosotros los francesesâ.
Luego, desde el comienzo de mi trabajo, y esto serĂa la âdeconstrucciĂłnâ misma, permanecĂ extremadamente crĂtico respecto al eurocentrismo, a causa de la modernidad de sus formulaciones, entre Valery, Husserl o Heidegger, por ejemplo. La deconstrucciĂłn en general es una empresa que muchos consideran, justamente, como un gesto de desconfianza respecto a todo eurocentrismo. Cuando a menudo digo ânosotros los europeosâ, es de manera coyuntural y muy diferente: todo aquello que puede ser deconstruido de la tradiciĂłn europea no impide que, precisamente a causa de todo lo que ha pasado en Europa, a causa de la IlustraciĂłn, a causa del estrechamiento de este pequeño continente y de la enorme culpabilidad que transita desde entonces su cultura (totalitarismo, nazismo, genocidios, Shoah, colonizaciĂłn y descolonizaciĂłn, etc.), hoy, en la situaciĂłn geopolĂtica que es la nuestra, Europa, una otra Europa, pero con la misma memoria, podrĂa (es en todo caso mi deseo) reagruparse a la vez contra la polĂtica hegemĂłnica de los Estados Unidos (con relaciĂłn a Wolfowitz, Cheney, Rumsfeld, etc.) y contra un teocratismo ĂĄrabo-islĂĄmico sin IlustraciĂłn y sin porvenir polĂtico (pero sin desdeñar las contradicciones y las heterogeneidades que entrañan esos dos conjuntos, sino aliĂĄndonos con los que resisten desde el interior de esos dos bloques).
Europa se encuentra bajo la exhortaciĂłn (injonction) a asumir una nueva responsabilidad. No hablo de la comunidad europea tal y como existe o se dibuja en su mayorĂa actualmente (neoliberal), virtualmente amenazada por tantas guerras internas, sino de una Europa por venir y que se busca. Tanto en la Europa (âgeogrĂĄficaâ) como fuera de ella. Eso que nosotros denominamos algebraicamente como âEuropaâ tiene responsabilidades que tomar para el porvenir de la humanidad, para que funcione el derecho internacional âesa es mi fe, mi creencia. Y aquĂ no vacilarĂ© en decir ânosotros los europeosâ. No se trata de defender la construcciĂłn de una Europa que fuese otra superpotencia militar que protegiese su mercado y forjase contrapoderes entre los otros bloques, sino de una Europa que vendrĂa a sembrar el grano de una nueva polĂtica altermundialista. Lo que para mĂ es la Ășnica soluciĂłn posible.
Esa fuerza estĂĄ en marcha. Incluso si sus objetivos son aĂșn confusos pienso que nada la podrĂĄ detener. Cuando digo Europa es eso: una Europa altermundialista, que transforme el concepto y las prĂĄcticas de la soberanĂa y del derecho internacional. Y que disponga de una verdadera fuerza militar, independiente de la OTAN y de los EEUU, una potencia militar que, ni ofensiva ni defensiva, ni preventiva, interviniera sin tardanza al servicio de las resoluciones de una nueva ONU (por ejemplo, con toda urgencia, en Israel, pero tambiĂ©n en otras partes). TambiĂ©n es el lugar a partir del cual podemos pensar mejor ciertas figuras de la laicidad, por ejemplo, o de la justicia social, en tanto que herencias europeas.
Acabo de decir âlaicidadâ. PermĂtame hacer aquĂ un largo parĂ©ntesis. A tal laicidad no concierne el tema del velo en la escuela sino el del velo del âmatrimonioâ. He apoyado sin dudarlo con mi firma la iniciativa valiente y bienvenida de NoĂ«l MamĂšre, incluso si el matrimonio entre homosexuales constituye un ejemplo de aquella hermosa tradiciĂłn que los americanos inauguraron en el siglo pasado con el nombre de âdesobediencia civilâ: no desafiar la ley, sino desobedecer a una disposiciĂłn legislativa en nombre de una ley mejor âpor venir o ya inscrita en el espĂritu o en la letra de la ConstituciĂłn. Pues bien, he âfirmadoâ contra el contexto legislativo actual porque me parece injusto - para los derechos de los homosexuales-, hipĂłcrita y equĂvoco, tanto en su espĂritu como en su letra.
Si yo fuese legislador, propondrĂa simplemente la desapariciĂłn de la palabra y del concepto de âmatrimonioâ de un cĂłdigo civil y laico. El matrimonio como valor religioso, sacral, heterosexual -bajo promesa de procreaciĂłn, de fidelidad eterna, etc.- es una concesiĂłn del Estado laico a la Iglesia cristiana âen particular con relaciĂłn a su monogamismo que no es ni judĂo (le fue impuesto a los judĂos por los europeos del siglo pasado y no constituĂa una obligaciĂłn hace algunas generaciones en el Magreb judĂo) ni, eso se sabe muy bien, musulmĂĄn. Suprimiendo la palabra y el concepto de âmatrimonioâ, aquel equĂvoco o aquella hipocresĂa religiosa y sacral, que no tiene lugar alguno en una constituciĂłn laica, serĂa sustituido por una âuniĂłn civilâ contractual, una suerte de pacto generalizado, mejorado, refinado, flexible y ajustado entre dos compañeros de un sexo o de nĂșmero no impuesto.
Respecto a aquellos que quieran, en sentido estricto, ligarse por el âmatrimonioâ -para los que mi respeto permanece, ademĂĄs, intacto-, podrĂan hacerlo ante la autoridad religiosa de su elecciĂłn âasĂ ocurre por otro lado en algunos paĂses que aceptan consagrar religiosamente los matrimonios entre homosexuales. Algunos podrĂan unirse bajo un modelo u otro, otros de ambos modos, y otros no unirse ni segĂșn la ley laica ni segĂșn la ley religiosa. Acabo aquĂ con el parĂ©ntesis conyugal. (Es una utopĂa pero señalo la fecha).
Eso que yo llamo âdeconstrucciĂłnâ incluso cuando se dirige contra alguna cosa de Europa es algo europeo, es un producto, una relaciĂłn consigo misma de Europa como experiencia de la alteridad radical. Desde la Ă©poca de la IlustraciĂłn Europa se ha autocriticado permanentemente y en esta herencia perfectible reside una oportunidad para el porvenir. Al menos asĂ quisiera esperarlo y es lo que alimenta mi indignaciĂłn frente a los discursos que condenan Europa definitivamente, como si Ă©sta no fuese otra cosa mĂĄs que el lugar de sus crĂmenes.
En cuanto a Europa Âżno estĂĄ usted en guerra consigo mismo? De un lado usted ha remarcado que los atentados del 11 de septiembre arruinaron la vieja gramĂĄtica geopolĂtica de las potencias soberanas, firmando asĂ la crisis de un cierto concepto de polĂtica, que usted definĂa como propiamente europeo. Por otro lado usted se mantiene ligado a ese espĂritu europeo y de entrada al ideal cosmopolita de un derecho internacional que sin embargo usted describe declinante. O la supervivencia...
Hay que âlevantarâ (Aufheben) el cosmopolitismo (vĂ©ase: Cosmopolitas de todos los paĂses, ÂĄun esfuerzo mĂĄs!, GalilĂ©e, 1997). Cuando decimos polĂtica nos servimos de una palabra griega, de un concepto europeo que siempre ha presupuesto el Estado, la forma polis ligada a un territorio nacional y a la autoctonĂa. Cualesquiera que fuesen las rupturas en el interior de esta historia, este concepto de lo polĂtico sigue siendo dominante en el mismo momento en el que muchas fuerzas tratan de dislocarlo: la soberanĂa de un Estado ya no estĂĄ ligada a un territorio, las tecnologĂas de la comunicaciĂłn y la estrategia militar tampoco, y estas dislocaciones ponen efectivamente en crisis el viejo concepto europeo de lo polĂtico. Y de la guerra y de la distinciĂłn entre civil y militar, y de terrorismo nacional o internacional.
Pero yo no creo que sea necesario encolerizarse contra la polĂtica, al igual que respecto a la soberanĂa, de la que pienso que puede hacer bien en determinadas situaciones, como por ejemplo, para luchar contra ciertas fuerzas mundiales del mercado. AquĂ aĂșn de lo que se trata es de una herencia europea que hay que conservar y transformar a la vez. Es lo mismo que digo en Voyous (GalilĂ©e, 2003), sobre la democracia como idea europea, que al mismo tiempo nunca ha existido de manera satisfactoria y que estĂĄ por venir. Y en efecto usted siempre reencontrarĂĄ ese gesto en mi mismo, del cual no tengo justificaciĂłn Ășltima, excepto que soy yo, es ahĂ donde yo existo.
Estoy en guerra conmigo mismo, es verdad, usted no puede saber hasta quĂ© punto, mĂĄs allĂĄ de lo que usted adivina, digo cosas contradictorias, que estĂĄn, digamos, en tensiĂłn real, que me construyen, me hacen vivir, y me harĂĄn morir. Algunas veces veo esa guerra de forma terrible y penosa, pero al mismo tiempo sĂ© que es la vida. Yo no encontrarĂ© la paz mĂĄs que en el reposo eterno. Sin embargo no puedo decir que asuma tal contradicciĂłn, pero sĂ© tambiĂ©n que es eso lo que me mantiene con vida y me lleva a plantearme la cuestiĂłn, precisamente, que usted recordaba: âÂżcĂłmo aprender a vivir?â.
En dos libros recientes (Chaque fois unique, la fin du monde et BĂ©liers, GalilĂ©e, 2003) ha recalado usted sobre el gran asunto de la salvaciĂłn, del imposible duelo, de la supervivencia en definitiva. Si la filosofĂa puede ser definida como âla ansiosa anticipaciĂłn de la muerteâ (vĂ©ase: Donner la mort, GalilĂ©e, 1999) Âżse puede vislumbrar la âdeconstrucciĂłnâ como una interminable Ă©tica del superviviente?
Como ya he recordado, desde el principio, y mucho antes de las experiencias de supervivencia que son las mĂas del presente, he señalado que la supervivencia es un concepto original, que constituye la estructura misma de aquellos que llamamos existencia, el Da-sein, si usted quiere. Nosotros somos estructuralmente supervivientes, marcados por esa estructura del trazo, del testamento. Pero, habiendo dicho esto, no quisiera dejar paso a la interpretaciĂłn segĂșn la cual la supervivencia estĂĄ mĂĄs del lado de la muerte, del pasado, que de la vida y del porvenir. No, todo el tiempo la deconstrucciĂłn estĂĄ del lado del si, de la afirmaciĂłn de la vida.
Todo lo que vengo diciendo -desde Pas al menos (en: Parages, GalilĂ©e, 1986)- de la supervivencia como coimplicaciĂłn de la oposiciĂłn vida-muerte procede en mĂ de una afirmaciĂłn incondicional de la vida. La supervivencia es la vida mĂĄs allĂĄ de la vida, la vida mĂĄs que la vida, y el discurso que sostengo no es mortĂfero, al contrario, es la afirmaciĂłn de un ser viviente que prefiere el vivir e incluso el sobrevivir a la muerte, aunque la supervivencia no es simplemente lo que queda, sino la vida mĂĄs intensa posible. Nunca estoy tan obsesionado por la muerte como en los momentos de felicidad y de goce. Disfrutar y llorar mientras la muerte ronda, para mĂ es la misma cosa. Cuando me acuerdo de mi vida tengo la tendencia a pensar que he tenido la ocasiĂłn de amar incluso los momentos infelices de mi vida, y de bendecirlos. Casi todos excepto una excepciĂłn quizĂĄs. Cuando me acuerdo de los momentos felices, los bendigo tambiĂ©n, por supuesto, al tiempo que me precipitan sobre el pensamiento de la muerte, hacia la muerte, porque ya pasaron, se acabaron...
Nota (1). En su traducciĂłn de Espectros de Marx Cristina de Peretti y JosĂ© Miguel AlarcĂłn traducen «injonction» por âinyunciĂłnâ de acuerdo con el antiguo uso del verbo castellano âinyugirâ (imponer algo a alguien, emparentada con âyugoâ) y a favor de las relaciones semĂĄnticas que en aquel texto la palabra francesa tiene con otros tĂ©rminos de la misma familia empleados por el filĂłsofo. En la presente Entrevista se emplea esa expresiĂłn antedicha tres veces, pero la hemos vertido como requerĂa el contexto no especĂficamente filosĂłfico en el que aparece (no sin dejar señalar, el original, entre parĂ©ntesis).
Fuente: Le Monde 19-08-04. Entrevista realizada por Jean Birnbaum.
