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La nociĆ³n de gasto / Georges Bataille

  • Foto del escritor: Revista Adynata
    Revista Adynata
  • 1 may 2024
  • 25 Min. de lectura

1. Insuficiencia del principio clĆ”sicoĀ de utilidad

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Cuando el sentido de un debate depende del valor fundamental de la palabra Ćŗtil, es decir, siempre que se aborda una cuestiĆ³n esencial relacionada con la vida de las sociedades humanas, sean cuales sean las personas que intervienen y las opiniones representadas, es posible afirmar que se falsea necesariamente el debate y se elude la cuestiĆ³n fundamental. No existe, en efecto, ningĆŗn medio correcto, considerando el conjunto mĆ”s o menos divergente de las concepciones actuales, que permita definir lo que es Ćŗtil a los hombres. Esta laguna queda harto probada por el hecho de que es constantemente necesario recurrir, del modo mĆ”s injustificable, a principios que se intentan situar mĆ”s allĆ” de lo Ćŗtil y del placer. Se alude, hipĆ³critamente, al honor y al deber combinĆ”ndolos con el interĆ©s pecuniario y, sin hablar de Dios, el EspĆ­ritu se usa para enmascarar la confusiĆ³n intelectual de aquellos que rehĆŗsan aceptar un sistema coherente.

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Sin embargo, la prĆ”ctica usual evita estas dificultades elementales, y la conciencia comĆŗn parece que, en una primera aproximaciĆ³n, no puede oponer mĆ”s que reservas verbales al principio clĆ”sico de la utilidad, es decir, de la pretendida utilidad material. TeĆ³ricamente, Ć©sta tiene por objeto el placer -pero solamente bajo una forma atemperada, ya que el placer violento se percibe como patolĆ³gico- y queda limitada a la adquisiciĆ³n (prĆ”cticamente a la producciĆ³n) y a la conservaciĆ³n de bienes, de una parte, y a la reproducciĆ³n y conservaciĆ³n de vidas humanas, por otra: (preciso es aƱadir, ciertamente, la lucha contra el dolor, cuya importancia hasta en sĆ­ misma para poner de manifiesto el carĆ”cter negativo del principio del placer teĆ³ricamente introducido en la base). En la serie de representaciones cuantitativas ligadas a esta concepciĆ³n de la existencia, plana e insostenible, sĆ³lo el problema de la reproducciĆ³n se presta seriamente a la controversia por el hecho de que un aumento exagerado del nĆŗmero de seres vivientes puede disminuir la parte individual. Pero, globalmente, cualquier enjuiciamiento general sobre la actividad social implica el principio de que todo esfuerzo particular debe ser reducible, para que sea vĆ”lido, a las necesidades fundamentales de la producciĆ³n y la conservaciĆ³n. El placer, tanto si se trata de arte, de vicio tolerado o de juego, queda reducido, en definitiva, en las interpretaciones intelectuales corrientes, a una concesiĆ³n, es decir, a un descanso cuyo papel serĆ­a subsidiario. La parte mĆ”s importante de la vida se considera constituida por la condiciĆ³n -a veces incluso penosa- de la actividad social productiva.

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Es verdad que la experiencia personal, tratĆ”ndose de un joven, capaz de derrochar y destruir sin sentido, se opone, en cualquier caso, a esta concepciĆ³n miserable. Pero incluso cuando Ć©ste se prodiga y se destruye sin consideraciĆ³n alguna, hasta el mĆ”s lĆŗcido ignora el por quĆ© o se cree enfermo. Es incapaz de justificar utilitariamente su conducta y no cae en la cuenta de que una sociedad humana puede estar interesada, como Ć©l mismo, en pĆ©rdidas considerables, en catĆ”strofes que provoquen, segĆŗn necesidades concretas, abatimientos profundos, ataques de angustia y, en Ćŗltimo extremo, un cierto estado orgiĆ”stico.

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La contradicciĆ³n entre las concepciones sociales corrientes y las necesidades reales de la sociedad se asemeja, de un modo abrumador, a la estrechez de mente con que el padre trata de obstaculizar la satisfacciĆ³n de las necesidades del hijo que tiene a su cargo. Esta estrechez es tal que le es imposible al hijo expresar su voluntad. La cuasi malvada protecciĆ³n de su padre cubre el alojamiento, la ropa, la alimentaciĆ³n, hasta algunas diversiones anodinas. Pero el hijo no tiene siquiera el derecho de hablar de lo que le preocupa. EstĆ” obligado a hacer creer que no se enfrenta a nada abominable. En este sentido es triste decir que la humanidad consciente continĆŗa siendo menor de edad; admite el derecho de adquirir, de conservar o de consumir racionalmente, pero excluye, en principio, el gasto improductivo.

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Es cierto que esta exclusiĆ³n es superficial y que no modifica la actividad prĆ”ctica, del mismo modo que las prohibiciones no limitan al hijo, el cual se entrega a diversiones inconfesables en cuanto deja de estar en presencia del padre. La humanidad puede hacer suyas unas concepciones tan estĆŗpidas y miopes como las paternas. Pero, en la prĆ”ctica se comporta de tal forma que satisface necesidades que son una barbaridad atroz e incluso no parece capaz de subsistir mĆ”s que al borde de lo excesivo.

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Por otra parte, a poco que un hombre sea capaz de aceptar plenamente las consideraciones oficiales, o que pueden llegar a serlo, a poco que tienda a someterse a la atracciĆ³n de quien dedica su vida a la destrucciĆ³n de la autoridad establecida, es difĆ­cil creer que la imagen de un mundo apacible y coherente con la razĆ³n pueda llegar a ser para Ć©l otra cosa que una cĆ³moda ilusiĆ³n.

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Las dificultades que pueden encontrarse en el desarrollo de una concepciĆ³n que no siga el modelo despreciable de las relaciones del padre con su hijo no son, por lo tanto, insuperables. Se puede aƱadir la necesidad histĆ³rica de imĆ”genes vagas y engaƱosas para uso de la mayorĆ­a, que no actĆŗa sin un mĆ­nimo de error (del cual se sirve como si fuera una droga) y que, ademĆ”s, en cualquier circunstancia, rechaza reconocerse en el laberinto al que conducen las inconsecuencias humanas. Para los sectores incultos o poco cultivados de la sociedad, una simplificaciĆ³n extrema constituye la Ćŗnica posibilidad de evitar una disminuciĆ³n de la fuerza agresiva. Pero serĆ­a vergonzoso aceptar como un lĆ­mite al conocimiento las condiciones en las que se forman tales concepciones simplificadas. Y si una concepciĆ³n menos arbitraria estĆ” condenada a permanecer de hecho como esotĆ©rica, si, como tal, tropieza, en las circunstancias actuales, con un rechazo insano, hay que decir que este rechazo es precisamente la deshonra de una generaciĆ³n en la que los rebeldes tienen miedo del clamor de sus propias palabras. No debemos, por tanto, prestarle atenciĆ³n.

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2. El principio de pƩrdida

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La actividad humana no es enteramente reducible a procesos de producciĆ³n y conservaciĆ³n, y la consumiciĆ³n puede ser dividida en dos partes distintas. La primera, reducible, estĆ” representada por el uso de un mĆ­nimo necesario a los individuos de una sociedad dada la conservaciĆ³n de la vida y para la continuaciĆ³n de la actividad productiva. Se trata, pues, simplemente, de la condiciĆ³n fundamental de esta Ćŗltima. La segunda parte estĆ” representada por los llamados gastos improductivos: el lujo, los duelos, las guerras, la construcciĆ³n de monumentos suntuarios, los juegos, los espectĆ”culos, las artes, la actividad sexual perversa (es decir, desviada de la actividad genital), que representan actividades que, al menos en condiciones primitivas, tienen su fin en sĆ­ mismas. Por ello, es necesario reservar el nombre de gasto para estas formas improductivas, con exclusiĆ³n de todos los modos de consumiciĆ³n que sirven como medio de producciĆ³n. A pesar de que siempre resulte posible oponer unas a otras, las diversas formas enumeradas constituyen un conjunto caracterizado por el hecho de que, en cualquier caso, el Ć©nfasis se sitĆŗa en la pĆ©rdida, la cual debe ser lo mĆ”s grande posible para que adquiera su verdadero sentido.

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Este principio de pĆ©rdida, es decir, de gasto incondicional, por contrario que sea al principio econĆ³mico de la contabilidad (el gasto regularmente compensado por la adquisiciĆ³n), sĆ³lo racional en el estricto sentido de la palabra, puede ponerse de manifiesto con la ayuda de un pequeƱo nĆŗmero de ejemplos extraĆ­dos de la experiencia corriente.

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1) No basta con que las joyas sean bellas y deslumbrantes, lo que permitirĆ­a que fueran sustituidas por otras falsas. El sacrificio de una fortuna, en lugar de la cual se ha preferido un collar de diamantes, es lo que constituye el carĆ”cter fascinante de dicho objeto. Este hecho debe ser relacionado con el valor simbĆ³lico de las joyas, que es general en psicoanĆ”lisis. Cuando un diamante tiene en un sueƱo una significaciĆ³n relacionada con los excrementos, no se trata solamente de una asociaciĆ³n por contraste ya que, en el subconsciente, las joyas, como los excrementos, son materias malditas que fluyen de una herida, partes de uno mismo destinadas a un sacrificio ostensible (sirven, de hecho, para hacer regalos fastuosos cargados de deseo sexual). El carĆ”cter funcional de las joyas exige su inmenso valor material y explica el poco caso hecho a las mĆ”s bellas imitaciones, que son casi inutilizables.

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2) Los cultos exigen una destrucciĆ³n cruenta de hombres y de animales de sacrificio. El sacrificio no es otra cosa, en el sentido etimolĆ³gico de la palabra, que la producciĆ³n de cosas sagradas. Es fĆ”cil darse cuenta de que las cosas sagradas tienen su origen en una pĆ©rdida. En particular, el Ć©xito del cristianismo puede ser explicado por el valor del tema de la crucifixiĆ³n del hijo de Dios, que provoca la angustia humana por equivaler a la pĆ©rdida y a la ruina sin lĆ­mites.

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3) En los diferentes deportes, la pĆ©rdida se produce, en general, en condiciones complejas. Cantidades de dinero considerables se gastan en mantenimiento de locales, de aparatos y de hombres. Las energĆ­as se prodigan, en lo posible, con la finalidad de provocar un sentimiento de estupefacciĆ³n y, en todo caso, con una intensidad infinitamente mĆ”s grande que en las empresas de producciĆ³n. El peligro de muerte no se evita, ya que constituye, por el contrario, el objeto de una fuerte atracciĆ³n inconsciente. Por otra parte, las competiciones son, a veces, la ocasiĆ³n para repartir riquezas de un modo ostensible. Muchedumbres inmensas asisten a ellas. Sus pasiones se desencadenan con gran frecuencia sin control alguno y la pĆ©rdida de ingentes cantidades de dinero queda comprometida en forma de apuestas. Es verdad que esta circulaciĆ³n de dinero beneficia a un pequeƱo nĆŗmero de profesionales de la apuesta, pero no por ello esta circulaciĆ³n puede ser menos considerada como una carga real de las pasiones desencadenadas por la competiciĆ³n, que ocasiona a un gran nĆŗmero de apostadores pĆ©rdidas desproporcionadas con sus medios. Estas pĆ©rdidas alcanzan frecuentemente una importancia tal que los apostadores no tienen otra salida que la prisiĆ³n o la muerte. Por otra parte, formas diferentes de gasto improductivo pueden estar ligadas, segĆŗn las circunstancias, a los grandes espectĆ”culos de competiciĆ³n que, del mismo modo que los elementos animados por un movimiento propio, se sienten atraĆ­dos por una turbulencia mayor. AsĆ­ es como a las carreras de caballos se asocian procesos de clasificaciĆ³n social de carĆ”cter suntuario (basta mencionar la existencia de los Jockey Clubs) y la producciĆ³n ostentosa de las lujosas novedades de la moda. Hay que hacer observar, ademĆ”s, que el conjunto de los gastos que tienen lugar actualmente en las carreras es insignificante comparado con las extravagancias de los bizantinos, que unen a las competiciones hĆ­picas el conjunto de la actividad pĆŗblica.

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4) Desde el punto de vista del gasto, las producciones artĆ­sticas pueden ser divididas en dos grandes categorĆ­as, entre las cuales la primera estĆ” constituida por la arquitectura, la mĆŗsica y la danza. Esta categorĆ­a comporta gastos reales. No obstante, la escultura y la pintura, sin hacer referencia a la utilizaciĆ³n de lugares concretos para ceremonias o espectĆ”culos, introducen en la arquitectura misma el principio de la segunda categorĆ­a, el del gasto simbĆ³lico. Por su parte, la mĆŗsica y la danza pueden estar fĆ”cilmente cargadas de significaciones exteriores.

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En su forma superior, la literatura y el teatro, que constituyen la segunda categorĆ­a, provocan la angustia y el horror por medio de representaciones simbĆ³licas de la pĆ©rdida trĆ”gica (decadencia o muerte). En su forma inferior provocan la risa por medio de representaciones cuya estructura es anĆ”loga, pero excluyen ciertos elementos de seducciĆ³n. El tĆ©rmino poesĆ­a, que se aplica a las formas menos degradadas, menos intelectualizadas de la expresiĆ³n de un estado de pĆ©rdida, puede ser considerado como sinĆ³nimo de gasto; significa, en efecto, de la forma mĆ”s precisa, creaciĆ³n por medio de la pĆ©rdida. Su sentido es equivalente a sacrificio. Es cierto que el nombre de poesĆ­a no puede ser aplicado de forma apropiada, mĆ”s que a una parte bastante poco conocida de lo que viene a designar vulgarmente y que, por falta de una decantaciĆ³n previa, pueden introducirse las peores confusiones. Sin embargo, en una primera exposiciĆ³n rĆ”pida, es imposible referirse a los lĆ­mites infinitamente variables que existen entre determinadas formaciones subsidiarias y el elemento residual de la poesĆ­a. Es mĆ”s fĆ”cil decir que, para los pocos seres humanos que estĆ”n enriquecidos por este elemento, el gasto poĆ©tico deja de ser simbĆ³lico en sus consecuencias. Por tanto, en cierta medida, la funciĆ³n creativa compromete la vida misma del que la asume, puesto que lo expone a las actividades mĆ”s decepcionantes, a la miseria, a la desesperanza, a la persecuciĆ³n de sombras fantasmales, que sĆ³lo pueden dar vĆ©rtigo, o a la rabia. Es frecuente que el poeta no pueda disponer de las palabras mĆ”s que para su propia perdiciĆ³n, que se vea obligado a elegir entre un destino que convierte a un hombre en un rĆ©probo, tan drĆ”sticamente aislado de la sociedad como lo estĆ”n los excrementos de la vida apariencial, y una renuncia cuyo precio es una actividad mediocre, subordinada a necesidades vulgares y superficiales.

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3. ProducciĆ³n, intercambio y gastoĀ improductivo

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Una vez demostrada la existencia del gasto como funciĆ³n social, es necesario tomar en consideraciĆ³n las relaciones de esta funciĆ³n con las de producciĆ³n y adquisiciĆ³n, que son opuestas. Estas relaciones se presentan inmediatamente como las de un fin con la utilidad. Y, si bien es verdad que la producciĆ³n y la adquisiciĆ³n, cambiando de forma al desarrollarse, introducen una variable cuyo conocimiento es fundamental para la comprensiĆ³n de los procesos histĆ³ricos, ambas no son, sin embargo, mĆ”s que medios subordinados al gasto. A pesar de ser espantosa, la miseria humana no ha sido nunca una realidad digna de atenciĆ³n en las sociedades porque la preocupaciĆ³n por la conservaciĆ³n, que da a la producciĆ³n la apariencia de un fin, se impone sobre el gasto improductivo. Para mantener esta preeminencia, como el poder estĆ” ejercido por las clases que gastan, la miseria ha sido excluida de toda actividad social. Y los miserables no tienen otro medio de entrar en el cĆ­rculo del poder que la destrucciĆ³n revolucionaria de las clases que lo ocupan, es decir, a travĆ©s de un gasto social sangriento y absolutamente ilimitado.

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El carĆ”cter secundario de la producciĆ³n y de la adquisiciĆ³n con respecto al gasto aparece de la forma mĆ”s clara en las instituciones econĆ³micas primitivas debido a que el intercambio es todavĆ­a tratado como una pĆ©rdida suntuaria de los objetos cedidos. El intercambio se presenta asĆ­, en el fondo, como un proceso de gasto sobre el que se desarrollĆ³ un proceso de adquisiciĆ³n. La economĆ­a clĆ”sica creyĆ³ que el intercambio primitivo se producĆ­a bajo la forma de trueque, pues no tenĆ­a, en efecto, ninguna razĆ³n para suponer que un medio de adquisiciĆ³n como el intercambio hubiera podido tener como origen, no la necesidad de adquirir sino la necesidad contraria de destrucciĆ³n y de pĆ©rdida. La concepciĆ³n tradicional de los orĆ­genes de la economĆ­a no ha sido arruinada mĆ”s que en fecha reciente, incluso muy reciente, por lo que en gran nĆŗmero de economistas sigue considerando arbitrariamente el trueque como el ancestro del comercio.

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Opuesta a la nociĆ³n artificial de trueque, la forma arcaica del intercambio ha sido identificada por Mauss con el nombre de potlatch2 tomado de los indios del noroeste americano, que practican el tipo mĆ”s conocido. Instituciones anĆ”logas al potlatchĀ indio o rastros de ellas han sido halladas con mucha frecuencia.

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El potlatchĀ de los tlingit, los haĆÆda, los tsimshian, los kwakiutl de la costa noroeste ha sido estudiado con precisiĆ³n desde fines del siglo XIX (pero no fue comparado, entonces, con las formas arcaicas de intercambio de otros paĆ­ses). Los pueblos americanos menos avanzados practican el potlatchĀ con ocasiĆ³n de cambios en la situaciĆ³n de las personas -iniciaciones, matrimonios, funerales e incluso, bajo una forma menos desarrollada, nunca puede ser disociado de un fiesta, bien porque el potlatch ocasione la fiesta, bien porque tenga lugar con ocasiĆ³n de ella. El potlatch excluye todo regateo y, en general, estĆ” constituido por un don considerable de riquezas que se ofrecen ostensiblemente con el objeto de humillar, de desafiar y de obligar a un rival. El carĆ”cter de intercambio del don resulta del hecho de que el donatario, para evitar la humillaciĆ³n y aceptar el desafĆ­o, debe cumplir con la obligaciĆ³n contraĆ­da por Ć©l al aceptarlo respondiendo mĆ”s tarde con un don mĆ”s importante; es decir, que debe devolver con usura.

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Pero el don no es la Ćŗnica forma del potlatch. Es igualmente posible desafiar rivales por medio de destrucciones espectaculares de riqueza. A travĆ©s de esta Ćŗltima forma es como el potlatchĀ incorpora el sacrificio religioso, siendo las destrucciones teĆ³ricamente ofrecidas a los ancestros mĆ­ticos de los donatarios. En una Ć©poca relativamente reciente, podĆ­a acontecer que un jefe tlingit se presentara ante su rival para degollar en su presencia algunos de sus esclavos. Esta destrucciĆ³n debĆ­a ser respondida, en un plazo determinado, con el degollamiento de un nĆŗmero de esclavos mayor. Los tchoukchi del extremo noroeste siberiano, que conocĆ­an instituciones anĆ”logas al potlatch, degollaban colleras de perros de un valor considerable para hostigar y humillar a otros grupo. En el noroeste americano, las destrucciones consisten incluso en incendios de aldeas y en el destrozo de pequeƱas flotas de canoas. Lingotes de cobre blasonados, una especie de moneda a la que se atribuĆ­a un valor convenido tal que representaban una inmensa fortuna, eran destrozadas o arrojadas al mar. El delirio propio de la fiesta se asocia lo mismo a las hecatombes de patrimonio que a los dones acumulados con la intenciĆ³n de maravillar y sobresalir.

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La usura, que interviene regularmente en estas operaciones bajo forma de plusvalor obligatorio en los potlatchĀ de revancha, ha permitido poder decir que el prĆ©stamo con interĆ©s deberĆ­a ocupar el lugar del trueque en la historia de los orĆ­genes del intercambio. Hay que reconocer, en efecto, que la riqueza se multiplica en las civilizaciones con potlatchĀ de una forma que recuerda el hipercrecimiento del crĆ©dito en la civilizaciĆ³n bancaria. Es decir, que serĆ­a imposible realizar a la vez todas las riquezas poseĆ­das por el conjunto de los donadores en base a las obligaciones contraĆ­das por el conjunto de los donatarios. Pero esta semejanza alude a una caracterĆ­stica secundaria del potlatch.

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El potlatchĀ es la constituciĆ³n de una propiedad positiva de la pĆ©rdida -de la cual emanan la nobleza, el honor, el rango en la jerarquĆ­a- que da a esta instituciĆ³n su valor significativo. El don debe ser considerado como una pĆ©rdida y tambiĆ©n como una destrucciĆ³n parcial, siendo el deseo de destruir transferido, en parte, al donatario. En las formas inconscientes, tales como las que describe el psicoanĆ”lisis, el don simboliza la excreciĆ³n, que estĆ” ligada a la muerte segĆŗn la conexiĆ³n fundamental del erotismo anal y el sadismo. El simbolismo excremencial de los cobres blasonados, que constituyen en la costa noroeste objetos de don por excelencia, estĆ” basado en una mitologĆ­a muy rica. En Melanesia, el donador designa como su basura a los magnĆ­ficos regalos que deposita a los pies del jefe rival.

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Las consecuencias en el orden de la adquisiciĆ³n no son mĆ”s que el resultado no querido -al menos en la medida en que los impulsos que rigen la operaciĆ³n sigan siendo primitivos- de un proceso dirigido en un sentido contrario. ā€œEl ideal, indica Mauss, serĆ­a dar un potlatchĀ y que no fuera devueltoā€. Este ideal es realizado por ciertas destrucciones en las cuales la costumbre consiste en que no tengan contrapartidas posibles. Por otra parte, cuando los frutos del potlatchĀ se encuentran, de alguna forma, unidos a la realizaciĆ³n de un nuevo potlatch, el sentido arcaico de la riqueza se pone de manifiesto sin ninguno de los atenuantes que resultan de la avaricia desarrollada en estadios ulteriores. La riqueza aparece asĆ­ como una adquisiciĆ³n en tanto que el rico adquiere un poder, pero la riqueza se dirige enteramente hacia la pĆ©rdida en el sentido en que tal poder sea entendido como poder de perder. Solamente por la pĆ©rdida estĆ”n unidos a la riqueza la gloria y el honor.

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En tanto que juego, el potlatchĀ es lo contrario de un principio de conservaciĆ³n. Pone fin a la estabilidad de las fortunas tal como existĆ­an en el interior de la economĆ­a totĆ©mica, donde la posesiĆ³n era hereditaria. Una actividad de cambio excesivo ha colocado en el lugar de la herencia una especie de pĆ³ker ritual, en forma delirante, como fuente de la posesiĆ³n. Pero los jugadores nunca pueden retirarse una vez que han hecho la fortuna. Deben permanecer expuestos a la provocaciĆ³n. La fortuna no tiene, pues, en ningĆŗn caso, que situar al que la posee al abrigo de las necesidades. Por el contrario, queda funcional-mente, y con la fortuna el poseedor, expuesto a la necesidad de pĆ©rdida desmesurada que existe en estado endĆ©mico en un grupo social.

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La producciĆ³n y el consumo no suntuario que condicionan la riqueza aparecen asĆ­ en tanto que utilidad relativa.

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Ā 4. El gasto funcional de las clases ricas

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La nociĆ³n del potlatchĀ propiamente dicho debe quedar reservada a los gastos de tipo agonĆ­stico que se hacen por desafĆ­o, que entraƱan contrapartidas y, mĆ”s precisamente aĆŗn, a aquellas formas de gasto que las sociedades arcaicas no distinguen del intercambio.

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Es importante saber que el intercambio, en su origen, fue inmediatamente subordinado a un fin humano, aunque es evidente que su desarrollo ligado al progreso de los modos de producciĆ³n no comenzĆ³ mĆ”s que en el estadio en el que esta subordinaciĆ³n dejĆ³ de ser inmediata. El principio mismo de la funciĆ³n de producciĆ³n exige que los productos sean sustraĆ­dos a la pĆ©rdida, al menos provisionalmente.

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En la economĆ­a mercantil, los procesos de intercambio tienen un sentido adquisitivo. Las fortunas no se ponen ya en una mesa de juego y se convierten en relativamente estables. Solamente en la medida en que la estabilidad queda asegurada, y cuando ni siquiera unas pĆ©rdidas considerables pueden ponerla en peligro, llegan a someterse al rĆ©gimen de gasto improductivo. Los componentes elementales del potlatchĀ se encuentran, en estas nuevas condiciones, bajo formas que ya no son tan directamente agonĆ­sticas 3. El gasto sigue siendo destinado a adquirir o mantener el rango, pero en principio no tiene por objeto, ya, hacĆ©rselo perder a otro.

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Cualesquiera que sean estas atenuaciones, el rango social estĆ” ligado a la posesiĆ³n de una fortuna, pero aĆŗn con la condiciĆ³n de que la fortuna sea parcialmente sacrificada a los gastos sociales improductivos tales como las fiestas, los espectĆ”culos y los juegos. Remarquemos que, en las sociedades salvajes, en las que la explotaciĆ³n del hombre por el hombre es todavĆ­a dĆ©bil, los productos de la actividad humana no afluyen solamente hacia los ricos en razĆ³n de los servicios de protecciĆ³n o direcciĆ³n sociales que, al parecer, prestan sino, tambiĆ©n, en razĆ³n de los gastos espectaculares de la colectividad a los que deben hacer frente. En las sociedades llamadas civilizadas, la obligaciĆ³n funcional de la riqueza no ha desaparecido mĆ”s que en una Ć©poca relativamente reciente. La decadencia del paganismo entraĆ±Ć³ la de los juegos y los cultos a los que los romanos ricos debĆ­an obligatoriamente hacer frente. Por esto es por lo que se ha podido decir que el cristianismo individualizĆ³ la propiedad, dando a su poseedor una plena disposiciĆ³n de sus productos y aboliendo su funciĆ³n social. Al abolir esta funciĆ³n, al menos en tanto que obligatoria, el cristianismo sustituyĆ³ los gastos paganos exigidos por la costumbre por la limosna libre, bien bajo la forma de donaciones extremadamente importantes a las iglesias y, mĆ”s tarde, a los monasterios. Las iglesias y los monasterios asumieron precisamente en la Edad Media la mayor parte de la funciĆ³n espectacular.

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Hoy las formas sociales grandes y libres del gasto improductivo han desaparecido. Sin embargo, no debemos concluir por ello que el principio mismo del gasto improductivo haya dejado de ser el fin de la actividad econĆ³mica.

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Semejante evoluciĆ³n de la riqueza, cuyos sĆ­ntomas tienen el sentido de la enfermedad y el abatimiento, conduce a una vergĆ¼enza de sĆ­ mismo y, al mismo tiempo, a una mezquina hipocresĆ­a. Todo lo que era generoso, orgiĆ”stico y desmesurado ha desaparecido. Los actos de rivalidad, que continĆŗan condicionando la actividad individual, se desarrollan en la oscuridad y se asemejan a vergonzosos regĆ¼eldos. Los representantes de la burguesĆ­a muestran un comportamiento pudoroso; la exhibiciĆ³n de riquezas se hace ahora en privado, conforme a unas convenciones enojosas y deprimentes. De otra parte, los burgueses de la clase media, los empleados y los pequeƱos comerciantes, que cuentan con una fortuna mediocre o Ć­nfima, han acabado de envilecer el gasto ostentatorio, que ha sufrido una especie de parcelaciĆ³n, y del que ya no queda mĆ”s que una multitud de esfuerzos vanidosos ligados a rencores fastidiantes.

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No obstante, tales simulacros se han convertido, con pocas excepciones, en la principal razĆ³n de vivir, de trabajar y de sufrir para todos aquellos que no tienen coraje para someter su herrumbrosa sociedad a una destrucciĆ³n revolucionaria. Alrededor de los bancos modernos, como alrededor de los kwakiutl, el mismo deseo de deslumbrar anima a los individuos y los involucra en un sistema de pequeƱas vanidades que ciegan a unos contra otros como si estuvieran ante una luz muy fuerte. A algunos pasos del banco, las joyas, los vestidos, los coches esperan en los escaparates el dĆ­a que servirĆ”n para aumentar el esplendor de un siniestro industrial y de su vieja esposa, mĆ”s siniestra aĆŗn. En un grado inferior, pĆ©ndulos dorados, aparadores de comedor, flores artificiales prestarĆ”n servicios igualmente inconfesables a reatas de tenderos. La emulaciĆ³n del ser humano al ser humano se libera como entre los salvajes, con una brutalidad equivalente. SĆ³lo la generosidad y la nobleza han desaparecido y con ellas la contrapartida espectacular que los ricos devolvĆ­an a los miserables.

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En tanto que clase poseedora de la riqueza, que ha recibido con ella la obligaciĆ³n del gasto funcional, la burguesĆ­a moderna se caracteriza por la negaciĆ³n de principio que opone a esta obligaciĆ³n. Se distingue de la aristocracia en que no consiente gastar mĆ”s que para sĆ­, en el interior de ella misma, es decir disimulando sus gastos, cuando es posible, a los ojos de otras clases. Esta forma particular es debida, en el origen, al desarrollo de su riqueza a la sombra de una clase noble mĆ”s potente que ella. A estas concepciones humillantes de gasto restringido han respondido las concepciones racionalistas que la burguesĆ­a ha desarrollado a partir del siglo XVII y que no tienen otro sentido que una representaciĆ³n del mundo estrictamente econĆ³mica, en sentido vulgar, en el sentido burguĆ©s de la palabra. La aversiĆ³n al gasto es la razĆ³n de ser y la justificaciĆ³n de la burguesĆ­a y, al mismo tiempo, de su hipocresĆ­a tremenda. Los burgueses han utilizado las prodigalidades de la sociedad feudal como un abuso fundamental y, despuĆ©s de apropiarse del poder, se han creĆ­do, gracias a sus hĆ”bitos de disimulo, en situaciĆ³n de practicar una dominaciĆ³n aceptable por las clases pobres. Y es justo reconocer que el pueblo es incapaz de odiarlos tanto como a sus antiguos amos, en la medida en que, precisamente, es incapaz de amarlos, pues a los burgueses les es imposible disimular tanto la sordidez de su rostro como su innoble rapacidad, tan horriblemente mezquina que la vida humana queda degradada sĆ³lo con su presencia.

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Frente a los burgueses, la conciencia popular se reduce a mantener profundamente el principio del gasto, representando la existencia burguesa como la vergĆ¼enza del hombre y como una siniestra anulaciĆ³n.

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5. La lucha de clases

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Al oponerse tanto a la esterilidad como al gasto, coherentemente con la razĆ³n propia del cĆ”lculo, la sociedad burguesa no ha conseguido mĆ”s que desarrollar la mezquindad universal. La vida humana no vuelve a encontrar la agitaciĆ³n, segĆŗn las exigencias de necesidades irreductibles, mĆ”s que en el esfuerzo de quienes desorbitan las consecuencias de las concepciones racionalistas corrientes. Los modos de gasto tradicional se han atrofiado, y el suntuario tumulto viviente se ha refugiado en el desencadenamiento sorprendente de la lucha de clases.

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Los componentes de la lucha de clases estĆ”n presentes en la evoluciĆ³n del gasto desde el perĆ­odo arcaico. En el potlatch, el rico distribuye los productos que le entregan los miserables. Busca elevarse por encima de un rival rico como Ć©l, pero el Ćŗltimo peldaƱo de la elevaciĆ³n a la que aspira no tiene otro objetivo que alejarlo aĆŗn mĆ”s de la naturaleza de los miserables. De este modo, el gasto, aunque tiene una funciĆ³n social, empieza por ser un acto agonĆ­stico de separaciĆ³n, de apariencia antisocial. El rico consume lo que pierde el pobre creando para Ć©l una categorĆ­a de decadencia y de abyecciĆ³n que abre la vĆ­a a la esclavitud. Por tanto, es evidente que, de la herencia indefinidamente transmitida desde el suntuario mundo antiguo, el moderno ha recibido el legado de esta categorĆ­a, actualmente reservada a los proletarios. Sin duda, la sociedad burguesa, que pretende gobernarse siguiendo principios racionales, que tiende, ademĆ”s, por su propio movimiento, a conseguir una cierta homogeneidad humana, no acepta sin protesta una divisiĆ³n que parece destructiva del hombre mismo, pero es incapaz de llevar la resistencia mĆ”s allĆ” de la negaciĆ³n teĆ³rica. Da a los obreros derechos iguales a los de los amos y anuncia esta igualdad inscribiendo ostensiblemente la palabra sobre los muros. Sin embargo, los amos, que actĆŗan como si ellos fueran la expresiĆ³n de la sociedad misma, estĆ”n preocupados - mĆ”s gravemente que por cualquier otro problema- por dejar constancia de que no participan en nada de la abyecciĆ³n de los hombres a quienes dan empleo. El fin de la actividad obrera es producir para vivir, pero el de la actividad patronal es producir para condenar a los productores obreros a una descomunal miseria. Pues no existe ninguna disyunciĆ³n posible entre la cualificaciĆ³n buscada en los modos de gasto propios del patrĆ³n, que tiende a elevarse muy por encima de la bajeza humana y la bajeza misma, de la cual esta cualificaciĆ³n es funciĆ³n.

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Oponer a esta concepciĆ³n del gasto social agonĆ­stico la representaciĆ³n de los numerosos esfuerzos burgueses tendientes a mejorar la suerte de los obreros no es mĆ”s que la expresiĆ³n de la infamia de las modernas clases superiores, que no tienen el valor de reconocer sus destrucciones. Los gastos realizados por los capitalistas para socorrer a los proletarios y darles la oportunidad de elevarse en la escala humana no testimonian mĆ”s que la impotencia -por extenuaciĆ³n- para llevar hasta el fin un proceso suntuario. Una vez que tiene lugar la pĆ©rdida del pobre, el placer del rico se encuentra poco a poco vaciado de su contenido y neutralizado, colocĆ”ndolo ante una especie de indiferencia apĆ”tica. En estas condiciones, a fin de mantener, a pesar de elementos (sadismo, piedad) que tienden a perturbarlo, un estado neutro que la apatĆ­a misma hace relativamente agradable, puede ser Ćŗtil compensar una parte del gasto que engendra la abyecciĆ³n con un gasto nuevo tendiente a atenuar los resultados de la primera. El sentido polĆ­tico de los patronos, junto a ciertos desarrollos parciales de prosperidad, ha permitido dar a veces una amplitud notable a este proceso de compensaciĆ³n. AsĆ­ es como, en los paĆ­ses anglosajones, en particular en los Estados Unidos de AmĆ©rica, el proceso primario no se produce mĆ”s que a expensas de una parte relativamente dĆ©bil de la poblaciĆ³n y como, en una cierta medida, la clase obrera misma ha sido llevada a participar en Ć©l (sobre todo cuando ello estaba facilitado por la existencia previa de una clase como la de los negros, tenida por abyecta de comĆŗn acuerdo). Pero estas escapatorias, cuya importancia estĆ”, por otra parte, estrictamente limitada, no modifican en nada la divisiĆ³n fundamental de las clases de hombres en nobles e innobles. El juego cruel de la vida social no varĆ­a a travĆ©s de los diversos paĆ­ses civilizados en los que el esplendor insultante de los ricos pierde y degrada la naturaleza humana de la clase inferior.

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Hay que aƱadir que la atenuaciĆ³n de la brutalidad de los amos que, por otra parte, no descansa tanto sobre la destrucciĆ³n como sobre las tendencias psicolĆ³gicas a la destrucciĆ³n - corresponde a la atrofia general de los antiguos procesos suntuarios que caracteriza a la Ć©poca moderna.

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La lucha de clases se convierte, por el contrario, en la forma mƔs grandiosas de gasto social, en la medida que es retomada y desarrollada, esta vez por cuenta de los obreros, con una amplitud que amenaza la existencia misma de los amos.

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6. El cristianismo y la revoluciĆ³n

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Al margen de la revuelta, a los atosigados miserables les ha sido posible rehusar la participaciĆ³n moral en el sistema de opresiĆ³n de unos hombres por otros. En ciertas circunstancias histĆ³ricas rehusaron, en particular por medio de sĆ­mbolos mĆ”s contundentes aĆŗn que la realidad, rebajar la ā€œnaturaleza humanaā€ entera hasta una ignominia tan horrible que el placer de los ricos en provocar la miseria de los demĆ”s se hacĆ­a, de golpe, demasiado agudo para ser soportado sin vĆ©rtigo. Se ha instituido asĆ­, independientemente de las formas rituales, un intercambio de desafĆ­os exasperados, sobre todo del lado de los pobres, un potlatchĀ en el que la escoria real y la inmundicia moral descubiertas han rivalizado de un modo espectacular con todo lo que el mundo contiene de riqueza, de pureza o de esplendor. Con esta clase de convulsiones espasmĆ³dicas se ha abierto una salida excepcional por la desesperanza religiosa que habĆ­a en la explotaciĆ³n sin reserva.

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Con el cristianismo, la alternancia de exaltaciĆ³n y de angustia, de suplicios y de orgĆ­as que constituyen la vĆ­a religiosa, se plantea un contexto mĆ”s trĆ”gico, confundiĆ©ndose con una estructura social enferma, desgarrĆ”ndose ella misma con la crueldad mĆ”s sĆ³rdida. El canto de triunfo de los cristianos magnifica a Dios porque ha entrado en el juego cruento de la guerra social, porque ā€œha despeƱado a los poderosos de lo alto de su grandeza y exaltado a los miserables.

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Los mĆ­sticos asocian la ignominia social, la ruina cadavĆ©rica del crucificado con el esplendor divino. AsĆ­ es como el culto asume la funciĆ³n de total oposiciĆ³n de fuerzas de sentido contrario, repartidas de tal modo entre ricos y pobres que los unos llevan a los otros a la pĆ©rdida. El culto se une estrechamente a la desesperanza terrestre, no siendo el mismo mĆ”s que un epifenĆ³meno del odio sin medida que divide a los hombres, pero un epifenĆ³meno que tiende a suplantar el conjunto de procesos divergentes que resume. SegĆŗn las palabras atribuidas a Cristo, que decĆ­a que Ć©l habĆ­a venido a dividir, no a reinar, la religiĆ³n no busca, pues, en absoluto, hacer desaparecer lo que otros consideran como la calamidad humana. En su forma inmediata, en la medida en que su movimiento ha quedado libre, la religiĆ³n se encenaga, por el contrario, en una inmundicia indispensable a sus tormentos extĆ”ticos.

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El sentido del cristianismo viene dado por el desenvolvimiento de las consecuencias delirantes del gasto de clases, por una orgĆ­a agonĆ­stica mental practicada a expensas de la lucha real.

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Sin embargo, cualquiera que sea la importancia que la lucha tenga en la actividad humana, la humillaciĆ³n cristiana no es mĆ”s que un episodio en la lucha histĆ³rica de los innobles contra los nobles, de los impuros contra los puros. Como si la sociedad, consciente de su desquiciamiento intolerable, hubiera estado por un tiempo ebria, a fin de gozarlo sĆ”dicamente. Pero la ebriedad mĆ”s pesada no ha podido borrar las consecuencias de la miseria humana y, aunque las clases explotadas se opongan a las clases superiores con una lucidez creciente, ningĆŗn lĆ­mite concebible puede ponerse al odio. En la agitaciĆ³n histĆ³rica, sĆ³lo la palabra RevoluciĆ³n domina la confusiĆ³n reinante y comporta promesas que responden a las exigencias ilimitadas de las masas. Una simple ley de reciprocidad social exige que a los amos, a los explotadores, cuya funciĆ³n social consiste en crear formas despreciables, excluyentes de la naturaleza humana -tal como esta naturaleza existe en el lĆ­mite de la tierra, es decir, del barro- se les entregue al miedo, al gran atardecer en el que sus bellas frases quedarĆ”n cubiertas por los gritos de muerte de los amotinados. Es la esperanza sangrienta que se confunde cada dĆ­a con la existencia popular y que resume el contenido insobornable de la lucha de clases.

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La lucha de clases no tiene mĆ”s que un fin posible: la pĆ©rdida de quienes han trabajado por perder a la ā€œnaturaleza humanaā€.

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Cualquiera que sea la forma de desarrollo elegida, sea Ć©sta revolucionaria o servil, las convulsiones generales constituidas durante dieciocho siglos por el Ć©xtasis religioso cristiano y, en nuestros dĆ­as, por el movimiento obrero, deben ser consideradas igualmente como una impulsiĆ³n decisiva que constriƱe a la sociedad a utilizar la exclusiĆ³n de unas clases por otras para realizar un modo de gasto tan trĆ”gico y tan libre como sea posible, al mismo tiempo que a introducir formas sagradas tan humanas que las formas tradicionales lleguen a ser comparativamente despreciables. Es el carĆ”cter cambiante de estos movimientos lo que atestigua el valor humano total de la RevoluciĆ³n obrera, susceptible de actuar por sĆ­ misma con una fuerza tan constrictiva como la que dirige a los organismos elementales hacia el sol.

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7. La insubordinaciĆ³n de los hechos materiales

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La vida humana, distinta de su existencia jurĆ­dica, y tal como tiene lugar, de hecho, sobre un globo aislado en el espacio celeste, en cualquier momento y lugar, no puede quedar, en ningĆŗn caso, limitada a los sistemas que se le asignan en las concepciones racionales. El inmenso trabajo de abandono, de desbordamiento y de tempestad que la constituye podrĆ­a ser expresado diciendo que la vida humana no comienza mĆ”s que con la quiebra de tales sistemas. Al menos, lo que ella admite de orden y de ponderaciĆ³n no tiene sentido mĆ”s que a partir del momento en el que las fuerzas ordenadas y ponderadas se liberan y se pierden en fines que no pueden estar sujetos a nada sobre lo que sea posible hacer cĆ”lculos. SĆ³lo por una insubordinaciĆ³n semejante, incluso, aunque sea miserable, puede la especie humana dejar de estarĀ Ā aislada en el esplendor incondicional de las cosas materiales.

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De hecho, de la forma mĆ”s universal, aisladamente o en grupo los hombres se encuentran constantemente comprometidos en procesos de gasto. La variaciĆ³n de las formas no entraƱa alteraciĆ³n alguna de los caracteres fundamentales de estos procesos cuyo principio es la pĆ©rdida. Una cierta excitaciĆ³n, cuya intensidad se mantiene en el curso de las alternativas en un estiaje sensiblemente constante, anima las colectividades y las personas. En su forma acentuada, los estados de excitaciĆ³n, que son asimilables a estados tĆ³xicos, pueden ser definidos como impulsiones ilĆ³gicas e irresistibles al rechazo de bienes materiales o morales, que habrĆ­a sido posible utilizar racionalmente (segĆŗn el principio de la contabilidad). A las pĆ©rdidas asĆ­ realizadas se encuentra unida -tanto en el caso de la ā€œhija perdidaā€ como en el del gasto militar- la creaciĆ³n de valores improductivos, de los cuales el mĆ”s absurdo y al mismo tiempo el que provoca mĆ”s avidez es la gloria. Junto con la ruina, la gloria, bajo formas siniestras o deslumbrantes, no ha dejado de dominar la existencia social y hace imposible emprender nada sin ella, a pesar de que estĆ” condicionada por la prĆ”ctica ciega de la pĆ©rdida personal o social.

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Y asĆ­ es como la inmensa quiebra de la actividad arrastra a las intenciones humanas -incluidas las que se asocian con las actividades econĆ³micas- hacia el juego cualificador de la materia universal: la materia, en efecto, no puede ser definida mĆ”s que por la diferencia no lĆ³gica, que representa con relaciĆ³n a la economĆ­a del universo lo que el crimen con relaciĆ³n a la ley. La gloria, que resume o simboliza (sin agotarlo) el objeto del gasto libre, como nunca puede excluir el crimen, no se diferencia de la cualificaciĆ³n, sobre todo si se considera la Ćŗnica cualificaciĆ³n que tiene un valor comparable al de la materia de la cualificaciĆ³n insubordinada, lo cual no es la condiciĆ³n de ninguna otra.

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Si se considera, por otra parte, el interĆ©s, coincidente tanto con la gloria (como con la ruina), que la colectividad humana pone necesariamente en el cambio cualitativo realizado constantemente por el movimiento de la historia, si se considera, en fin, que este movimiento no puede contener ni conducir a un objetivo limitado, es posible, una vez abandonada toda reserva, asignar a la utilidad un valor relativo. Los hombres aseguran su subsistencia o evitan el sufrimiento no porque estas funciones impliquen por sĆ­ mismas un resultado suficiente, sino para acceder a la funciĆ³n insubordinada del gasto libre.

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ExtraĆ­do de ā€œLa parte malditaā€, pĆ”gs. 25-43, Ed. Icaria, Barcelona, 1987. Originalmente publicado en el NĀŗ 7 de ā€œLa critique socialeā€, enero de 1933.



Rafael Silveira - "InmersiĆ³n" - 2020 - Ɠleo sobre tela.

Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.

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