Búsquedas
Se encontraron 1290 resultados sin ingresar un término de búsqueda
- La sangre ajena / Mariana Moreno
“De todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre. Escribe tú con sangre y te darás cuenta de que la sangre es espíritu. No es cosa fácil el comprender la sangre ajena” Friedrich Nietzsche (1883), Así habló Zaratustra, "Del leer y el escribir" Los sinónimos de la sangre remiten a los lazos entre las personas: linaje, estirpe, casta, abolengo, raza, parentesco. La sangre nos une de formas cromosómicas y de formas simbólicas. En la eucaristía, lxs fieles se congregan en un ritual donde beben la sangre del dios que los redime. Toman del mismo cáliz, están reunidos en familia, los une la sangre de dios. En 1512 la Iglesia declaró el ritual de la transustanciación y entonces ingerir sangre humana comenzó a ser tabú y su evocación, simbólica. En un inicio, en lugar de sacrificar a una persona, se sacrificaba un animal como ofrenda. En lugar de beber la sangre humana, se bebía la sangre animal. Luego, la sangre animal se sustituyó por el vino. Comer carne humana y beber su sangre comenzó a ser una prohibición y pasó al oscuro mundo de los tabúes sociales. Cuando aparece la sangre en nuestro tiempo cotidiano es diferente. Con el accidente que desencadena la emergencia de la sangre, todo se precipita en acciones de contención, cura y cuidado. Se hace presente el silencio que produce el miedo a una vida en peligro. Las acciones de preservación del cuerpo insisten en que la sangre vuelva a su cauce natural a través de las venas, que siga resbalando por su cueva elástica y nunca vea la luz, que no se perfore el circuito cerrado y perfecto de nuestra vida. En la performance se utiliza la sangre. Cuando esto pasa, se revive una atmosfera ancestral, algo que hicimos durante siglos de manera repetida como humanidad. Cuando vemos sangre real en vivo, dentro de un campo de sentido estético, experimentamos una morbosidad atávica. Quizás sea porque el arte también es un ritual que le da sentido a la existencia. La sangre no es cualquier líquido. Semen, saliva, orina, mocos, son fluidos corporales de segunda, pertenecen al mundo de lo ordinario y lo escatológico. La sangre es sagrada, es el alma como dice la Biblia y en la performance la prima donna. Después de la Segunda Guerra Mundial, generaciones aniquiladas y cuerpos mutilados sublimaron en producciones artísticas en donde las palabras no pudieron representar ese universo del horror. Adorno dijo que después de Auschwitz escribir poesía es un acto de barbarie y partir de ahí el arte empezó a ser cada vez más real. Así en la performance se usa la sangre para mostrar que no hay representación. Es necesario presentar ante los ojos del espectador la herida pura. No hay descripciones que la contengan. La sangre brota y no hay vendas que la detengan. La performance se constituyó como la expresión artística ideal para este tipo de irrupciones de lo real. Acciones en vivo, efímeras, irrepetibles y no comercializables donde se buscaba denunciar horrores producidos en los cuerpos por los sistemas opresivos de poder. La sangre regó el terreno fértil de la performance. Fue la principal conductora de la crítica social, indispensable para quebrar o cuestionar los valores morales sobre los que se funda la sociedad. Se condena lo efectista de la sangre. El gran impacto que genera y por lo tanto el potencial amarillismo con el que se puede desarrollar una acción artística. Lxs artistas saben que cuando la sangre aparece, el golpe se produce, la mirada queda encandilada por el brillo de la oxidación. Aquellxs que miran la acción sienten que ese ojo se transforma automáticamente en testigo. El cuerpo del espectador se compromete. Sus decisiones cuentan. Mirar se convierte en una elección por sobre otras posibilidades de intervención que la sangre inaugura. Se vuelve una decisión política, se habilita la dimensión ética de lxs presentes. Y aunque siempre existe esta decisión, las convenciones y el sentido común naturalizado en los roles dentro del teatro provocan que la única posición del espectador sea la mirada pasiva oculta en el silencio de la masividad. En una performance realizada en París, en 1972 llamada “El blanco no existe”, Gina Pane vestida completamente de blanco comenzó a cortarse con una navaja distintas partes del cuerpo. La sangre comenzó a brotar de sus heridas y el blanco de su vestimenta progresivamente, se teñía de rojo. Cuando luego de un silencio se acercó la navaja al rostro para ejercer un corte, el público reaccionó gritando “¡no!, en la cara no!”. Pane estaba registrando la acción con una cámara de video y tras escuchar esa reacción, dirigió la cámara hacia el público para que la performance, a partir de ese momento, sea la reacción de lxs espectadores frente a sus automutilaciones. “La cara no”, puso en evidencia el límite ético de las personas que participaron de la acción. El público estaba dispuesto a tolerar sólo un tipo de sangre. Las sangres de las heridas del rostro serían censuradas. Comer arte: la morcilla "Tal hablaban y Ulises divino gozó oyendo aquello; llegó Antínoo y dejó junto a él una tripa bien gruesa toda llena de grasa y de sangre y Anfínomo a un tiempo recogió de una cesta dos panes, los puso a su lado y, tomando una copa de oro, ofresiósela y dijo: “Ten salud, padre huésped, y al menos de aquí en adelante sé feliz, pues que tantas desdichas te acercan ahora" Homero, Odisea, Canto XVIII-120 Michel Journiac, en el París de 1969 realizó una performance denominada “Misa por un cuerpo”. Esta pieza reconstruye el sacramento de la eucaristía de la misa católica. Él mismo, vestido de cura en un altar, dijo la misa en latín. Al momento de bendecir ofreció como hostia una morcilla elaborada con su propia sangre. Journiac comió y ofreció su sangre a los participantes-feligreses, para que se alimentaran. El artista colocó la sangre humana que la sustitución de la transustanciación transformó en vino. Es dentro del arte donde se puede tener contacto con el bajo fondo del inconsciente social. Journiac da a lxs espectadores una receta para cocinar morcilla con su propia sangre: “90 cm. cúbicos de sangre humana líquida; 90 gr. de cebollas crudas; 90 gr. de grasa animal; una tripa salada reblandecida en agua fría y después escurrida; 8 gr. de cuatro especias y 2 gr. de aromas y de azúcar con polvos”. En este acto, no sólo democratiza la receta culinaria sino el gesto artístico en sí mismo. Aquellxs que elaboren la receta, también estarán haciendo una obra de arte. Cada una diferente porque la sangre es única e irrepetible. Varios años más tarde, en el 2003, el colectivo artístico cubano ENEMA, llevó a cabo una performance colectiva donde también utilizaba sangre humana para la elaboración de morcilla. Lxs integrantes del equipo artístico se extrajeron sangre entre ellxs, la colocaron en una botella que luego cocieron a baño maría junto con verduras y demás condimentos. Una vez incorporada dentro de la tripa animal, la ataron y la sumergieron en un frasco con formol. La performance quedó registrada por fotografías. Es un tipo de acción que no se produce en vivo con público, sino que se realiza frente a una cámara. La documentación, luego, se convertiría en la performance. En el año 2005, en Argentina, en los tres primeros mataderos de Emilio García Wehbi se cocinaba morcilla elaborada con la sangre extraída de los interpretes en escena. Los mataderos son performances que se realizaron en distintos espacios en los años 2005 y 2006 en Argentina y México. El germen inicial de estas performances es una acción breve de los años ´70 en Alemania donde un grupo de pacientes psiquiátricos denominados SPK, toman las armas para declararle la guerra al capitalismo. Una experiencia de utopía colectiva. El universo de la performance pone en boca de estos pacientes, textos de artistas que reflexionan sobre la locura como Antonin Artaud, Georg Büchner, Robert Burton, Paul Celan, Rainer María Rilke, Jonathan Swift, Héctor Viel Témperley, Robert Walser y Walt Whitman. Culpando al sistema capitalista de ser el generador de las enfermedades mentales y utilizando el potencial subversivo de la locura, los pacientes logran revelarse contra las instituciones. Los mataderos se llevaron a cabo una sola vez y sin registro en video. La reconstrucción de estas acciones es a partir del relato de espectadores e intérpretes. Siempre se contó que en los primeros mataderos extraían sangre de los intérpretes con la que hacían morcilla que luego repartían entre el público. Para lxs que no tuvimos oportunidad de verlo, el episodio de la morcilla en el matadero resulta casi una leyenda urbana. Cada unx lo cuenta de manera diferente y en cada descripción se agregan o se quitan elementos según necesite el relato para ser atrapante. Los mataderos son performances hechas y derechas. Sin ensayo, con presencia en vivo de espectadorxs e intérpretes, el cuerpo y la sangre del artista, sin repetición, efímeros, sin registro documental de video. Toda la obsesión por el presente indocumentable como le gusta a Peggy Phelan, una investigadora norteamericana de performance, fundadora de Performance Studies International. Su definición radical de la performance, considera que ésta sólo existe cuando se presenta la acción pura sin ningún tipo de reproducción. Según Phelan, lo que reproduce la performance, la fotografía y el video, traiciona la ontología de la misma. La performance tiene en el relato de lxs participantes, su única sobrevivencia. Luego sólo queda la memoria con las trampas que el paso del tiempo le pone y con las reinterpretaciones propias de cada persona. Así, la anécdota de la morcilla de los mataderos se ha ido reconstruyendo a lo largo del tiempo, a partir de múltiples relatos. Existe un consenso generalizado en relación a la secuencia de acciones que se desarrollaban: para el momento de la extracción de sangre, entre el público, una enfermera ofrecía su servicio. Extraía la sangre del director que estaba en escena y una actriz. Una vez colmada la muestra en la jeringa, la colocaba en un tubo de acrílico. Dos intérpretes lo llevaban al fondo del espacio, lo volcaban en una olla grande, sobre un anafe y comenzaban con su cocción. Se freía cebolla, junto con sangre de vaca o cerdo, pasas de uva y harina. Con esto se rellenaban las tripas de animal y se ataban con un hilo choricero, se dejaban enfriar y luego la cortaban en rodajas que se colocaban en pedacitos de pan. Más tarde, se la presentaba en un plato de chapa y se la ofrecía al público para su degustación. En Argentina, nadie del público aceptó el convite. Al año siguiente, en 2006, en el matadero que finaliza la serie, también extraían sangre para elaborar morcilla en escena. Se realizó en Ciudad de México. Se trabajó con la problemática conocida del territorio: los femicidios de Ciudad Juárez. Se realizaban similares pasos, pero en este caso, fueron 4 intérpretes mujeres las que aportaron su sangre. Una vez cocinada la morcilla, en el momento de ofrecerla al público para la degustación, al parecer, uno de los espectadores se animó a comerla. En cada relato ocurren cosas diferentes en cuanto a la percepción del impacto que esta acción pretendía. Así, algunxs ponen el foco en la impresión de ver la extracción de sangre, otrxs en la cocción y el ofrecimiento de la morcilla al público. Hay quienes sintieron que más aterrador que la sangre era la situación de encierro que tenían que compartir con los intérpretes que eran torturados constantemente de distintas maneras: se les rasuraba el cabello, se los ataba y sometía físicamente, se les deformaba la cara con cinta haciendo referencia a la obra de Gottfried Helnwein, etc. Es indudable que estas performances apelaban a una experiencia estética total en donde todos los sentidos del espectador se veían afectados: la vista, el olfato, el tacto y también el gusto. Todo el cuerpo estaba condicionado por las posibilidades de entender estéticamente lo que estaba viviendo. Los sentidos estaban llamados a construir conocimiento. El olor de la cocción de la morcilla en algunxs generaba rechazo sabiendo que era la propia sangre humana la que se estaba cocinando y en otrxs el aroma a cebolla que se freía significaba un descanso en lo familiar, un olor propio de una cocina hogareña. Sea una u otra la reacción, lo cierto es que en Argentina nadie quiso comer de aquella morcilla. La puerta hacia el sentido del gusto se abrió, pero nadie quiso experimentarlo. Muy diferente es al caso de la morcilla de Journiac antes mencionada. El francés presentó la morcilla elaborada con su propia sangre, ya preparada. Circulaba dentro de un ritual litúrgico reconocible por los espectadores y para nada incómodo. El público comió sin problemas. El concepto de antropofagia, vinculado a la sangre es algo ambivalente. La sangre puede representar a nivel simbólico la carne y ser una metonimia de la persona. Pero en su sentido estricto, la antropofagia como el canibalismo es el consumo de carne humana y no su sangre. Es volver real un acto de violencia y sometimiento de unxs hacia otrxs presente en nuestra organización social. La sangre del matadero no redime, es una sangre que no se quiere probar ni tener dentro del cuerpo. Es la sangre que se obtiene producto de la violación de un cuerpo. Ingerir la sangre de otrx es alimentarse de él, dejar que viva mezclado con la propia sangre. En la morcilla, la sangre está cocida. El riesgo que puede presentar la sangre de transmitir enfermedades como el HIV, en la cocción, desaparece. El virus, cuando se hierve la sangre, muere. No existe un riesgo mayor al de cualquier embutido elaborado sin certificaciones de bromatología. Distinto es, en el matadero 5: Aullido. Allí se producía la ingesta de sangre humana fresca. Tuve la oportunidad de presenciar esta performance. Nuevamente, un grupo de pacientes psiquiátricos, pero con idénticas cabezas hechas de papel y cinta esperaban su turno para una extracción de sangre. Pedían un médico a los presentes. Nuevamente una enfermera entre el público levantaba la mano y ofrecía su servicio. Se acercaba al primero de la fila y con paciencia se colocaba los guantes descartables blancos, sacaba una goma y la ataba en el brazo de uno de los interpretes por encima de la hendidura. Las venas se llenaban de sangre. La enfermera tomaba la jeringa de punta filosa y la clavaba con mucha facilidad. Extraía la muestra, una jeringa colmada. Vaciaba el contenido en una botella de vidrio de coca cola, como las que usa Meireles. Repetía el procedimiento con los demás. Cuando la botella estaba casi llena un conejo gigante obligaba a una niña a beber el contenido. La niña tomaba de un tirón toda la sangre fresca y tibia de la botella. Haya sido real o producto de un recurso de ilusión, la ingesta de sangre ejercía un poderoso efecto sobre lxs que miraban. A algunxs les bajó la presión, otrxs tuvieron que salir de la sala. No fue necesario invitar a público a beber esa sangre para generar el impacto de la acción. Se realizaba en un espacio abandonado del Konex al que le decían la pajarera. Paredes revocadas, sin pintar de techo alto, tubos fluorescentes, un tinglado frío con olor a desinfectante y camas de hospital oxidadas. Como si fuera un psiquiátrico-matadero, con personajes oprimidos, tratados como animales numerados y sometidos a la violencia más extrema y real. Era una crítica a los sistemas de control y ejercicio del poder de los que habla Foucault: vigilancia, castigo, disciplina. Psiquiátrico y campo de concentración. En este caso se trabajaba con el poema de Ginsberg, Aullido. Lo decían a sus micrófonos y a los gritos tres personajes vestidxs de gala. Era un manifiesto desesperado que atacaba la hipocresía de la sociedad. El funcionamiento de la sangre en este sistema también era una revolución. En la botella de coca cola se colocaba la sangre recién extraída, un líquido que cuando no toma contacto con el exterior es similar en color a la gaseosa, pero sin burbujas. La escena donde podemos ver el procedimiento por el cual la botella se llena quizás sea una forma de mostrarnos los mecanismos de producción que existen detrás de las cosas. Emblema del capitalismo, la coca cola está hecha con la sangre de los explotados. En esta inversión, se vuelve a poner el cuerpo donde se intenta invisibilizarlo. Tomar arte: la sangre "No deben comer sangre de ninguna clase de carne, porque el alma de toda clase de carne es su sangre. Cualquiera que la coma será exterminado". Levítico 17:14; Antiguo Testamento La performance está de moda. Los Museos no inauguran muestra si no hay una performance que ponga cuerpo a sus objetos exhibidos. Las muestras atraen la mayor cantidad de espectadores en las inauguraciones y necesitan de activaciones performaticas para volver a convocar al público. El arte contemporáneo, como marca, ofrece la posibilidad de tener una experiencia única, transformadora, impactante, algo que nos haga diferentes. No importa si se ensaya, si es espontáneo, si existe un accidente real, si hay una ilusión, representación o presentación, pareciera que lo importante en una performance es su crítica social. El cuestionamiento de la realidad es otra de las demandas que existen en el mercado. La crítica al sistema social político económico y la visibilización de las luchas por los derechos de las minorías ya tienen un lugar y una necesidad en la industria. La contracultura y el cuestionamiento a las instituciones en el arte, también están de moda. La libertad que ofrece la disciplina por su imposibilidad de categorización y su cercanía con lo real es lo que buscan lxs artistas cuando quieren cuestionar aspectos políticos de nuestro accionar social de manera radical. Una performance debe tener crítica social. La sangre es un sello de lo performático y muchas veces lxs artistas la utilizan para garantizar(se) la experiencia extrema. A la performance también le llegó el turno de la cultura del espectáculo. Pero a riesgo de caer en el vacío del mero efecto, la sangre demuestra que todavía puede ser un material complejo que no agotó posibilidades de significación poéticas profundas. El caso que lo demuestra, es el de Natacha Voliakovsky en la exhibición “Para todes, tode” que se realizó en el Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti en marzo de 2019 con curaduría de Kekena Corvalán. Natacha es una artista visual Argentina y activista orientada hacia la performance política. Esta muestra se conformó con más de 100 artistas y comunicadoras mujeres, lesbianas, trans, travestis y no binaries de distintas partes del país. Se trabajaba sobre el cuestionamiento de los cánones que se imponen sobre las corporalidades y los estereotipos de género, en sintonía con el 8 y el 24 de Marzo y en apoyo a los reclamos de lxs trabajdorxs por el vaciamiento del Centro Cultural. La performance de Voliakovsky se llamó “Algo de mí vuelve a mí”. La pieza fue realizada por primera vez y exclusivamente para ese espacio. La artista trabajó con la ingesta de su propia sangre para abordar conceptos como el de identidad y soberanía de lxs cuerpxs. La performance se produjo en vivo con público presente y se transmitió por streaming. Se desarrollaba de la siguiente manera: la artista ingresaba al espacio acompañada de un médico con los elementos necesarios para la extracción de sangre. Los colocaban sobre una mesa alrededor de la cual el público se disponía. Mientras caminaba rodeando a lxs presentes, el médico preparaba lo necesario para la extracción. Voliakovsky contaba en qué consistiría la acción que se iba a producir e invitaba a chequear en su instagram los resultados de su reciente estudio de sangre para constatar, por ejemplo, que no poseía enfermedades de transmisión sanguínea. Mientras hacía esto, el médico extraía la sangre de su brazo. Le entregaba la jeringa y ella vaciaba su contenido en una copa. Luego, caminando con la copa en su mano invitaba a tomar su sangre. Voliakovsky bebió la mitad el contenido de la copa e invitó al público a beber y completar la acción. Automáticamente, una persona tomó la copa e ingirió el resto. La artista agradeció, y se retiró de la sala. Según Voliakovsky, el haber ofrecido la posibilidad al público de retirarse o tomar distancia en caso de ser impresionables y de chequear el resultado de su estudio de sangre, inhibía la primera reacción que surge cuando se trabaja con la ingesta de sangre. Esta forma de democratizar la información con lxs participantes, es una manera de darles la posibilidad de elegir libremente sobre lo que se va a presenciar y por lo tanto no tomarlxs por sorpresa para provocar el rechazo automático. En este gesto Voliakovsky decide alejarse del primer efecto que la sangre produce para habilitar otro tipo de preguntas sobre la naturaleza de la misma. Esta performance, como las anteriores mencionadas, hace un uso político de la sangre pero esquivando el impacto y la impresión para orientarlo hacia un lugar amoroso. Invita a compartir sangre y cuerpx. Es un acto de unión. Propone que su sangre viva en la sangre del que la tome. Que sea una manera de acercarnos y recuperar la soberanía de nuestrxs cuerpxs. La ingesta de sangre humana contiene prohibiciones éticas, morales, jurídicas y de creencias muy arraigadas. Aquí, la sangre representa al cuerpx pero su ingesta se convierte en un gesto revolucionario afectivo de comunión. El espectador que decidió beber la sangre, estaba acompañado de su novia. Él tomó espontáneamente de la copa. Su novia quedó perpleja. La sangre de la artista ingresaría también en su cuerpo. El problema ético se instalaba entre el público. Deja al descubierto los acuerdos tácitos o explícitos que tenemos entre las personas. El sometimiento de los cuerpos no sólo se imparte desde las grandes instituciones que manejan el poder sino también en la lógica de nuestro funcionamiento social interpersonal. Las decisiones sobre nuestros cuerpos impactan en el cuerpo social que integran. Lo personal es político y la sangre también. Si tenemos en cuenta que la performance tiene al cuerpx como la herramienta fundamental para la creación, la sangre es un material privilegiado. Ya sea con un uso paródico, efectista, confrontativo, experimental o amoroso, la sangre es una gran conductora de las estéticas que denuncian las injusticias y desigualdades sociales. Donde está la sangre está el dolor. También la vida y la muerte. El principio y el fin. La sangre se puede escurrir fácilmente en los espacios del cuerpo social para desdibujar las fronteras que existen entre el arte y la vida. Insiste como un río en volver a su cauce natural, como el arte vuelve al cuerpo para ejercitar la resistencia. Publicado en la revista de la Plataforma de Teatro Performático dirigida por Carolina Donnantuoni y Gustavo Radice “El Ojo y la Navaja N° 5” sección 4000 palabras. agosto, 2020. Editorial Malisia, La Plata, Bs. As. Argentina. Bibliografía Diana Taylor y Marcela Fuentes (edits.) (2011). Estudios avanzados de performance. México: Fondo de Cultura Económica. Diéguez, Ileana. (2013). Cuerpos sin duelo. Iconografías y teatralidades del dolor. Córdoba: Documenta/Escénicas. Guasch, Anna María (2000). El arte último del S. XX. Del postminimalismo a lo multicultural, Madrid: Alianza. Rancière, Jacques (2010). El espectador emancipado. Buenos Aires: Manantial.
- Mi hija Camila y el presidente Néstor / Alejandro Dagfal
El texto que copio más abajo fue escrito el 17 de julio de 2003, después de la primera visita de Néstor Kirchner a París, donde mi hija había nacido pocos meses antes. Pasaron más de diecisiete años desde aquel viaje de Néstor, recién asumido, que posibilitó un encuentro fugaz… Desde entonces, corrió mucha agua bajo el puente. Hoy Camila tiene 18 y yo 52. En 2005 volvimos a Argentina, repatriados por el CONICET, lo cual, en esa época, constituía una política de estado, además de la concreción de una promesa que el presidente había hecho en esa misma visita. Ahora que se cumple una década del fallecimiento de Kirchner, creo que esta crónica, nunca publicada, conserva todo su valor. Hoy, si pudiera, le diría a Alberto lo mismo que en aquel momento le dije a Néstor: “Por mi hija, le deseo suerte, presidente”. Estos fragmentos de una nota de La Nación dan una buena idea del contexto (cuando La Nación todavía se permitía dar algunas buenas ideas): “Sobre las escalinatas de una preciosa mansión parisiense el presidente Néstor Kirchner tomó aire, apretó el micrófono y en medio de su alocución dijo una frase que provocó la mayor ovación de la gira europea. ‘En sus rostros guardan historias, sentimientos, angustias...Vinieron a buscar su destino y lo encontraron, vinieron a buscar un pasaporte a la vida y lo encontraron. Vamos a trabajar para que vuelvan’, dijo, mientras alzó levemente la voz, como si fuera un mensaje de campaña. Los más de trescientos argentinos rompieron en un aplauso que duró un buen rato. El Presidente se anotaba, así, otro punto de oro en la segunda parte de la visita que desde hace cuatro días realiza por Europa”. “Recordó a los amigos de su generación que debieron dejar el país en los setenta y habló de los que fueron empujados al exilio por el modelo neoliberal de los noventa. ‘Haremos que la Argentina recupere prestigio, pero no el prestigio de la sumisión; buscamos el prestigio de las ideas, de la capacidad intelectual, de la fortaleza espiritual que nos ponga nuevamente en el rumbo que nunca debió perder la Argentina’, sostuvo Kirchner mientras la gente, en los jardines de la Maison de l’Amérique latine, sobre el boulevard Saint-Germain, asentía ante cada concepto”. […] “Aunque parecía que quería seguir hablando, el Presidente salió de la residencia como si fuera Brad Pitt, rodeado de guardias de seguridad mientras le entregaban cartas, le pedían autógrafos y fotos. El protocolo exigía otro encuentro. Se lo veía trajinado, pero exultante. En el auto, antes de cerrar la puerta, alcanzó a decir: ‘Todos vamos a dejar todo para que la Argentina salga adelante; se los prometo’. Cinco minutos más tarde, se desmoronó el cielo de París en un largo chaparrón. Eso también le salió bien” (https://www.lanacion.com.ar/politica/promesa-a-argentinos-que-quieren-regresar-nid511816/). *** [Texto escrito en París el 17 de julio de 2003] Mi hija Camila nació en París en 2002, hace exactamente diez meses. Ella es ciudadana italiana, nacida en Francia de padres argentinos... Cuando mi compañera y yo nos enteramos de casualidad que el presidente Kirchner iba a saludar a la comunidad argentina en la Maison de l’Amérique latine, tuvimos de pronto muchas ganas de ir y de llevarla al encuentro. En lo personal, fui invadido por un entusiasmo cívico repentino, que vagamente me recordaba sensaciones similares a las que había tenido en el ’83, con la recuperación democrática. En esa época tenía apenas quince años, y el fervor de un adolescente que se siente parte de la historia. Eran tiempos de cambio, y después de la noche larga de la dictadura todo lo bueno parecía al alcance de la mano. “Con la democracia se come, se cura y también se educa”, decían algunos. Pero los hechos enseñaron después a mi generación que no todo había cambiado “de la noche a la mañana”, que la democracia era tan sólo un envase, donde lo viejo, reciclado, perduraba en lucha constante con lo nuevo. Y así, casi sin darnos cuenta, de las plazas llenas de júbilo del 10 de diciembre, del Nunca más y del juicio a las juntas, pasamos rápidamente a las cajas PAN, la economía de guerra, las felices pascuas, la hiperinflación, los indultos, las privatizaciones, los sindicalistas gordos, la maldita policía, los diputruchos, el “robo para la corona”, la debacle general en clave de pizza y champán... Gracias a esta clase vertiginosa de Realpolitik que nos ofreció in crescendo la argentina alfonso-menemista, comprendimos que la democracia sufría de tutelas múltiples, que más que una conquista era una promesa en el horizonte y que la cosa era muchísimo más compleja que la simple oposición entre civiles y militares. Vimos también hasta qué punto una sociedad puede sabotearse a sí misma, creyendo por segunda vez en la ilusión de la plata dulce y del “deme dos” sin pensar en el costo de los platos rotos durante la fiesta (pero esta vez con el agravante del paso por las urnas y de la consagración de una camada de políticos faranduleros). No obstante, hay que reconocer que siempre hubo voces que se alzaron en contra del “modelo”, aportando sentido crítico, por no decir sentido común. Y uno trató de guiarse por esas voces, aunque supiera que expresaban posiciones minoritarias. Y uno leía Página 12, y recelaba de Clarín o La Nación... Pero cada vez que estas ideas adquirían un rostro y se traducían en una propuesta política concreta uno entraba a desconfiar... Sin embargo, la última vez que voté a presidente -por Bordón-Álvarez, hace ya casi una década- logré entusiasmarme un poco, al punto de hacer de fiscal de mesa. Y más tarde, aunque ya a la distancia, pude alegrarme un poco por el triunfo de la Alianza (bah, por la derrota de Duhalde) en el 2000. Pero parece ser que la desilusión es el sino de nuestra generación. Si la generación del ’73 tenía ambiciosos ideales revolucionarios, nosotros, los “tibios reformistas” que entramos en escena en el ’83, habiendo crecido bajo la dictadura, nos conformábamos con la plena vigencia de las instituciones democráticas. Pero hasta eso terminó siendo utópico y revolucionario en el país de las Banelco, el megacanje y el corralito. Y lo que vino después del derrumbe es historia conocida... Cuando empezó a bajar la polvareda, desde acá, desde Francia, parecía tragicómico ver al innombrable pasando de la prisión a la tele, de la tele a la tribuna, y de la tribuna a las encuestas... Un sudor frío nos corrió por la espalda a los argentinos en el exterior, “¿Y si gana?”. “Yo no vuelvo”, fue la respuesta casi unánime. Es que “los argentinos en el exterior” somos una categoría extraña. Aunque los años pasen, siempre estamos volviendo. Pero todo tiene un límite... Mirando a Camila, tan chiquita e indefensa, yo pensaba: “¿Puedo hacerle esto?” “Teniendo la posibilidad de elegir, ¿puedo obligar a mi hija a crecer en un país con tamaña vocación por el suicidio colectivo?” Pero no, esta vez el maleficio se rompió al borde del abismo. El innombrable gano a lo Pirro, perdiendo. Y eso no nos redime como sociedad (después de todo, lo votó más del veinte por ciento...), pero al menos, que nos hayamos salvado raspando permite seguir creyendo en un futuro posible. Es que a veces todo indica que la Argentina es un país tan inviable que sólo podría existir en la imaginación afiebrada de los libretistas de Tato Bores. Y otras veces los hechos se suceden de tal modo que uno dice, tímidamente, “ahora sí, ésta vez sí”. Y desde que el pequeño riojano se bajó del ballotage, parece que estamos en uno de esos períodos propicios. De pronto, como decía Juan Pablo Feinmann en Página 12 el 31 de mayo, Kirchner se presentó como “un flaco como cualquier otro”, y su figura se agigantó. Con gestos simples pero contundentes, mostró que no era Chirolita. Hablando castellano (lengua hasta hace poco considerada como extranjera por los políticos argentinos) y tomando algunas medidas largamente esperadas conquistó en pocas semanas lo que mil asesores de imagen nunca pudieron darle a De la Rúa: la simpatía y el respeto de la gente. Uno podría recordar, fríamente, que el Alfonsín del ’83 también había sabido generar expectativas muy positivas con sus primeras medidas de gobierno, sostenidas por un discurso claro y progresista, y que así terminó, rendido ante “los poderes fácticos”. Pero bueno, uno podría pensar también que, aunque la historia volviera a repetirse, hay algunos actos que son irreversibles. El juicio a las juntas, por ejemplo, no fue borrado en su potencia simbólica ni por el punto final, ni por la obediencia debida ni por los indultos, del mismo modo que el actual pase a retiro de los dinosaurios no sería anulado por eventuales concesiones que Kirchner pudiera hacer a los militares en el futuro. En todo caso, si hubo que esperar dos décadas para ilusionarse un poco, después de tragar tantos sapos, bien vale la pena disfrutar de estas pequeñas satisfacciones de hoy con optimismo; aunque sea con reservas y con cautela, pero con una dosis de optimismo, so pena de pasar por amargos. Fue con ese espíritu que hace dos días, con mi compañera y mi hija nos acercamos a la Maison de l’Amérique latine para conocer al santacruceño. Recién llegado de Bruselas, desde unas escalinatas que daban al jardín, al lado de su esposa, improvisó un pequeño discurso para un auditorio de trescientas personas, entre las que estaban Juan José Saer y Miguel Ángel Estrella. Es cierto que la oratoria no es su fuerte, pero con palabras sencillas habló de los exiliados de los ’70 y de los ’90, de las tristezas y las angustias de los que se fueron, y de la necesidad de trabajar para que vuelvan. Nada del otro mundo, pero con un tono sereno, creíble. De pronto, la gente se agolpó para saludarlo, y allí fui, con Camila, sin saber muy bien por qué. Cuando conseguí atravesar la marea humana, solo atiné a pasarle a mi hija y a decirle “¿Me la tiene un segundo Presidente?”. Y el Flaco la alzó, sorprendido, mientras los fotógrafos gatillaban a piacere. Pensé en qué decir, pero no se me ocurrió gran cosa. “Por ella, le deseo suerte”, esbocé En lo que a mi respecta, en estas semanas, Kirchner ha mutado de Chirolita en Lupín, de Lupín en Tristán y de Tristán en Presidente. Aunque uno ya no tenga el candor de otros tiempos y aunque se trate quizás de una ilusión pasajera, como tantas otras, no está mal eso de sentir que la Argentina es un país que tiene un Presidente que la representa dignamente, al menos por un rato. Hoy por hoy, no es poco. Ya veremos qué pasa mañana...
- Say no more / Patricia Mercado
Un disco de García de 1996 que marca una inflexión estética. Nuevamente en su obra el apareamiento con el cine: la frase que da nombre al disco, déjà vu de la película Help! de los Beatles, las obras instrumentales incluidas fueron compuestas para la banda de sonido de la película Geisha, aunque finalmente esa idea no se concretó por desencuentros con el director. Say no more quizás pueda escucharse como una historia contada en una habitación de hotel. No me refiero a las circunstancias de la producción del disco sino al espacio de una escucha que se desanuda como narrativa posible e imposible a la vez. Narrativa que pone la voz en estado de abstención, que busca potencias desligadas de las formas del hábito, esa recitación de convenciones sonoras que la industria nos enseña a consumir como si de música se tratara. Abstención no invoca aquí silencios lineales, no pide cerrar la boca, sino que despliega una escucha de lo otro, voces acalladas de lo viviente en lo minúsculo del mundo que buscan abrirse paso en lo compositivo más allá de una lista de canciones. Una habitación de hotel decía, espacio de pasaje donde el oído pernocta lejos de casa, tiempo para que los hemisferios se crucen en el Ecuador, en esa especie de ecualizador en que se transforma el contestador automático. Una habitación -cual laberinto “la entrada es gratis, la salida vemos”- donde el fauno se sienta en la cama, trama de vibraciones superpuestas, pulsos y pausas que ponen la carne en vilo. Mientras, irremediable, todo arde. “Yo no sabía... Estaba en llamas cuando me acosté".(1) Escuchar la distancia entre las paredes, volumen de aire detenido, inflamable, donde expectante la vida pende de un hilo. El hilo del teléfono quizás. La cama, cándida geometría, hospeda lo que arde con la austeridad de un antiguo brasero. García siempre cuenta historias. Historias que habrán de suceder. Aprieta la tecla del contestador como quien clava un acorde en el piano con la mano derecha. Antiguos instrumentos musicales del siglo XX: el contestador automático. Una pequeña grabadora a cassette junto al teléfono que suena varias veces. Se activa un mensaje de bienvenida, la señal sonora abre un espacio de tiempo para que una voz brote como una aparición, luego la señal retorna, cual aguda fatalidad, y todo calla hasta la próxima vez. Si en el piano un acorde se dibuja pulsando tres notas, tónica, tercera y quinta, García suele eludir el toque de la tercera para abrir una inconclusión. Alguna vez explicó acerca de eso la expectativa de producir cierta ambigüedad emocional. Detesta el aparato pero se sobrepone y pulsa un acorde: play, en el contestador. El artefacto dibuja en el oído contornos, intimidades, rastros que ondulan entre líneas neutras, escuálidas, que apuñalan el tiempo y lo dejan desangrándose. ¿Cómo sobrevive la tibieza de una fonación en la caja gélida? ¿Cómo renace después de ser decapitada por esa eficaz conservación? “Yo sé que existe la voz”, el oído profetiza en la ausencia. El roce de las cortinas lame incipientes oscuridades. Muchos pisos abajo, los autos sobre el asfalto, el sordo andar de los transeúntes, ningún camino. Entonces reina la indecisión. Desconcierto de las cosas, el fauno sumido en una larga masticación de flujos. “Vivo en una casa vacía.” Las voces asidas al plano de las palabras, las que se dicen, las que no. Ciertas inflexiones descansan del ajetreo melódico, esperan al violín que surca una línea “mi vida es tan triste.” Oído errante en las disonancias de una época, roce inaudito las texturas entre las que discurre la vida. Susurro de los objetos que se desplazan sostenidos por gestos siempre inacabados donde los cuerpos garabatean amores y odios que apremian. Musitaciones deletrean hilos invisibles -adivinaciones- que anudan lo ausente. Constancia del concepto, eso que retorna, tintineo taquigráfico con que incontables grafismos sonoros invocan lo innombrable. El oído declina traducir, elude la voracidad del raciocinio siempre dispuesto a pedir explicaciones interminables. Avidez de figuraciones que se disputan realidades en las bocas de expendio del día. El ruido automático del mundo, la ventana mal cerrada que golpea, el botón del inodoro, los flujos eléctricos reflejados en el vaso. El fauno nada en ese acuario de sonidos amortiguados por la calma amniótica del whisky. Se deja calcinar en las sucesiones. Cae la botella al piso, crece un charco como espejo por el que se fuga cierta pretenciosa idea. Oído absoluto acunar la inaudita voz de las cosas tras la estridencia de la costumbre. El dolor flota un instante sobre el sonido de las cuerdas sin caer ni elevarse, la Cruz del Sur titila en el cielorraso de la habitación de hotel como un tablero luminoso de aeropuerto y el corazón abre y cierra las puertas de embarque. La caja de ritmos ausculta el vaivén y la sangre pasa, muda y bermellón, en esa coreografía de ausencias. La voz arrastra, áspera, “su lento caracol de sueño” como dice el tango de Cátulo Castillo, y orbitan desamores de cándido horror. El bandoneón respira con dificultad agitando la mudez de ciertas apariciones que hacen noche en las bisagras de cada parpadeo. Impávidas las manos encallan a orillas del teclado mientras algún astro resplandece. Una fatiga antigua se arrastra contra las paredes. Parece acariciar lo irremediable, lo que no sucederá jamás. Desaliento hecho filo “esa navaja gris te cortó la voz, se hizo cuchillo al fin.” Después la pausa de la muerte para que todas las partículas caigan, oblicuas, en el fondo de esa cúpula abisal donde el oído espera. Escuchar, ágape de lo insoportable que amenaza desgarrar las envolturas que llamamos cuerpo. Sin ese desatino las voces del mundo caerían en una nada, no de silencio, sino de soledad. Alegría de las cosas el oído inmerso en los rescoldos de las intersecciones, en el exilio de lo humano. Levantar el vestido de algunas apariciones, como se levanta una lápida, y esperar el advenimiento de una pequeña belleza. Say no more se ofrece como un atlas roto, cartografía -siempre urbana, siempre doliente- que invoca una audición trashumante. Fragmentos que se superponen, que se desplazan, que retornan como réplicas imprescindibles en lo que lastima. No se trata del oído puesto a escuchar el dolor del mundo, sino de la herida que regresa como audición a través de una interminable sed. El habla propaga derrames sonoros de lo viviente. Tensar la palabra como flecha en el arco, del ritmo, del timbre, de la entonación, de la musicalidad. Soltar para que la palabra pulse sin centro -sin palabra- lo que llamamos amor. Y muerte, claro. Palabra que García coloca a tientas en el arco que su cuerpo sostiene. Arco el piano, las hojas pentagramadas, los músicos amigos, el productor prestigioso -Joe Blaney- en el que confía. Arco los momentos alargados y los abruptos en que compone, las sesiones de grabación. Arco donde la vida busca música para vivirse, estadía de lo desaforado, desmontaje del hábito que llamamos canción. El oído hace pie en esa arquitectura endeble como en una pasarela sin orillas. Fragmentos en total interferencia, melodías ritmos textos climas, las superposiciones se desplazan sin punto de llegada. La palabra hecha música vuelve en lo indecible, y en ese retorno horada toda lógica sucesoria. Vórtice del relato, García insiste en algunas sonoridades que hostigan la inercia del sentido, lo que hace claustro en las palabras vuelve a abrirse como aliento de una perplejidad. Si, como dice Marius Schneider, la sustancia sonora es la materia prima del mundo, García explora ductilidades adormecidas en la crueldad del uso. Oír la rasgadura del espejo en el simulacro identitario. No se trata de confianza en la liberación por el lenguaje, sino de impulso lúdico sobre lo sellado para astillar las pulidas superficies de lo consolidado en la escucha. Asperezas irregulares, desvaríos que el oído admite, soporta. Reverberaciones en la contingencia alegre de otros cuerpos dados a la resonancia. Si la música encanta a las bestias, este disco parece dispuesto a cobijarlas en sus filosos bordes. Imágenes en flotación, a veces muy lejos de la referencia de la costa, siempre reacias a volver al puerto. Enigma, esa abertura donde una vida responde lo que desconoce. Enigma, lo que no será revelado sino vivido, música.(3) García, un oído por aparecer -tal como evoca Percia a Juan L. Ortiz en el poema Gualeguay(4)- escucha en las cenizas del incendio. Dice: no sé. Audición que se desprende del ropaje de todo heroísmo, un diferir en el encastre del ser y el tener, desvíos compositivos que confluyen en una alteridad que podríamos llamar ciudad o noche. Buenos Aires, réplica de una ausencia, aparición fantasmal de un amor perdido y añorado. Oído absoluto no como rasgo que anuncia la totalidad de una escucha sino su convivencia con lo insoportable. Dice Blanchot: “Nacer es, después de haber tenido todo, carecer repentinamente de todo (…) el afuera, la exterioridad radical sin unidad, la dispersión sin nada que se disperse.”(2) En la orfandad de esa dispersión el oído reposa un instante, aire del bandoneón, para “cada vez que recobra un poco de vida inmediata, es privado de ella nuevamente.” Equívoco de las señas biográficas, en este disco toda referencia cae en la molienda furiosa de una escucha donde el fauno traviste la locuacidad de un yo. Persona en latín remite a máscara, orificio a través del que se proyecta la voz del actor, vitalidades dadas a ficcionar superficies de contacto. Máscara la invocación que hace música con retazos de lo inhabitable, y encuentra en ese mare Nostrum milagros y semillas. “Yo te quería pero ahora te quiero más”. Pedirle un gol a la vida, mirar con cuello de jirafa el parquímetro como si del metrónomo se tratara, encontrar la octava que abriga una escurridiza alegría. Una y otra vez, Ella -fémina en la inagotable recurrencia- vuelve para decir la letanía: ”¿Cómo comenzó el incendio?”. Un yo en falsete desata agudos entre los muebles y el techo, rompe el estancamiento de las cosas, su parsimoniosa ubicuidad. Pone puntos y comas, acelera el pulso, se va. El disco, cual voz mediúmnica, hace carne en lo silente, los edificios, la claudicación de los electrodomésticos, el ir y venir de los billetes, en fin el dolor sepultado. García escucha entre la pila de escombros, y no puede evitar, ¿acaso desea?, que esas voces golpeen, incesantes, el teclado blanco y negro donde escribe lo que vendrá. Juntar agua de lluvia en un balde mientras todo arde. Bilingüe estrabismo, hace maquetas en inglés para acceder a la lengua madre. Escucha en ese desalojo lo que abre la noche. Voces que no pueden ser unificadas. Polifónica esa extranjería que pone en suspensión todo rasgo conclusivo, toda referencia a un origen, toda salvación. Oído que fecunda la devastación en el terruño de las cosas, un disco en la embestida de vitalidades que se atisban. Espera que anida en la audición de lo opresivo y pone en danza capas de simultaneidad. La música escucha lo que no podrá ser comprendido pero necesita vivirse. El disco retorna como enigmáticas fonaciones en que se balbucean ráfagas de un sueño. Tempestades inexorables, “quizás tu avión caiga en el próximo meridiano” advierte Ella. García insiste en garabatear la partitura del oceánico silencio que sostiene todo. Entonces: No digas nada. (1) Todo lo que aparece entre comillas -salvo cuando se menciona un autor- pertenece a los textos del disco. (2) Blanchot, Maurice. La palabra analítica. Epílogo Marcelo Percia. Traducción Noelia Belli.Bs As.Ediciones la Cebra. 2012. (3) De Quincey, Thomas.El enigma de la esfinge. Epílogo Marcelo Percia. Traducción Noelia Belli. Bs. As. 2013. (4) Blanchot, Maurice.Op.cit.
- La Peste: otra vez 30.000 / Vicente Zito Lema
Un país dormido que ayer vio como se llevaban a los vivos y no enterró a sus muertos… Se dijo: “algo habrán hecho” Un país de pasiones tristes que ve como la Peste se lleva a los pobres de la gran pobreza, a los débiles ante el poder de la riqueza y a los viejos ya sin amor Y baja sus ojos Clausura su boca Vuelve cenizas su corazón Se dice: “que mueran los que tienen que morir”… ¿Para qué maldecir al cielo si el infierno está en la tierra…? Argentina, octubre de 2020
- Caute / Fabio García
Caute¹ Y lo sacó Jehová del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida. Gen 3:23:24 ² (nota 3) Amsterdam, 27 de julio 1656. Es la tarde. El condenado se ausentó prudentemente. La cara seria del rabino Aboab pronuncia con voz solemne y pesada el herem (maldición, aniquilamiento), una de las tres maldiciones posibles. A partir de ese momento el culpable queda fuera de la comunidad. El herem recuerda dos maldiciones. La primera en la Caída de Jericó “En aquel tiempo hizo Josué un juramento, diciendo: Maldito delante de Jehová el hombre que se levantare y reedificare esta ciudad de Jericó. Sobre su primogénito eche los cimientos de ella, y sobre su hijo menor asiente sus puertas” Jos 6:26. La segunda es más curiosa sobre todo por muy exagerada y se da en el momento que Eliseo (Elishúa) le sucede al Profeta Elías (Ēliyahū): “Después subió de allí a Bet-el; y subiendo por el camino, salieron unos muchachos de la ciudad, y se burlaban de él, diciendo:!! Calvo, sube!!! calvo, sube! Y mirando él atrás, los vio, y los maldijo en el nombre de Jehová. Y salieron dos osos del monte, y despedazaron de ellos a cuarenta y dos muchachos” 2 Reyes 2:23-24.⁴ Prosigue el rabino y resuena en el templo: “Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando regresa. Que el Señor no lo perdone. Que la cólera y su furor se desaten contra este hombre y arrojen sobre él todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley”.⁵ Estas terribles palabras se deben a que “Los dirigentes de la comunidad ponen en su conocimiento que desde hace mucho tenían noticia de las equivocadas opiniones y errónea conducta de Baruch de Spinoza y por diversos medios y advertencias han tratado de apartarlo del mal camino. Como no obtuvieran ningún resultado y como, por el contrario, las horribles herejías que practicaba y enseñaba, lo mismo que su inaudita conducta fueran en aumento, resolvieron de acuerdo con el rabino, en presencia de testigos fehacientes y del nombrado Spinoza, que éste fuera excomulgado y expulsado del pueblo de Israel, según el siguiente decreto de excomunión”.⁶ Se lo sentencia a la soledad, al desierto, al olvidado. Cosa que no ocurrió… (nota 7) Es muy raro si pensamos que Spinoza era uno de los más destacados estudiantes de los textos sagrados y el padre fue muy participe dentro de la comunidad. Al momento del herem tenía solo 24 años. Y para peor…no había publicado Nada. La redacción de su primer texto no es anterior a 1657-8. 1656 fue un año muy raro para Bento, sumado al herem, también sufrió un atentado a su vida de parte de un judío ortodoxo. Se conjetura que ya se conocía algunos de sus pensamientos críticos y se optó por ofrécele dinero para callarlo, al no aceptarlo, tiempo más tarde a la salida del templo sufre el atentado. De parte de su familia hereda una historia de expulsiones, en 1492 los judíos son expulsados de España, en 1497 se realiza la expulsión de los judíos de Portugal. Su abuelo es judío sefaradí y escapa de Portugal hacia Ámsterdam. El escenario que se encontró era el siguiente: “La Unión de las provincias protestantes del norte, por contraposición al Flandes católico, siguió unido a España , significó, por un lado, la proclamación de la libertad religiosa e incluso política y, por otro, el comienzo de una guerra con España, que suele conocerse con el nombre de las guerra de los ochenta años , cuyo término fue celebrado y simbolizado en el nuevo ayuntamiento de Ámsterdam (1654) Al lado del calvinismo, que es la religión oficial, pululan las más diversas sectas: socinianos y menonitas, anabaptistas y quákeros, arminianos o remontrantes y gomaristas o contrarremontrantes, colegiales, etc. En ese país de libertad y tolerancia hallo paz y soledad Descartes para sus meditaciones (1629-49) y también encontrara refugio John Locke, cuando tenga que huir de las intrigas políticas de su patria (1683-8) Es obvio que es un país rico y efervescente, tolerante y pluralista, y enfrentado con España atrajera inmediatamente las miradas de los judíos y marranos hispano-portugueses que, al igual que muchos católicos, eran vigilados y perseguidos, desde hacía un siglo por la Inquisición”.⁸ Bento Spinoza, nace el miércoles 24 de noviembre de 1632, hijo de Michael d'Espinosa y su segunda esposa, Hanna Deborah. Baruch es el nombre religioso, que curiosamente significa bendecido, Benedictus es la forma latina de Baruch, estudia en la escuela Ets Haim - escuela primaria (cheder) - de la comunidad Talmud Torá en el Houtgracht. Podemos intuir su rostro, según sus biógrafos, era de tez morena, ojos negros, cejas negras y pelo negro rizado rizado. Veamos algunas aproximaciones, poco probable pero no imposibles de su apariencia. Rembrandt pinta entre 1651 y 1654 su óleo “Saúl y David”. Se atribuye que el joven David que toca el Arpa es Spinoza. (nota 9) Rembrandt y Spinoza fueron vecinos, se sospecha que se conocían. (nota 10) Otros ven a Bento en El geógrafo (1669) de Johannes Vermeer. No están confirmadas ninguna de las dos hipótesis. Trabaja con su Padre y éste muere en 1654. Hereda un pequeño comercio que quizás se transforma en la firma “Bento y Gabriel Despinoza”. No es impensable que el propio Spinoza haya decidido que le sea aplicado el herem. Algunas fuentes señalan al mal momento financiero como uno de los motivos del conflicto “Para librarse de las deudas heredadas de su padre (que había muerto en 1654), Baruch recurrió al amparo de una ley holandesa que protegía a los menores de edad (según la legislación vigente lo eran todos los menores de 25 años) que habían quedado huérfanos, adjudicándoseles un tutor hasta su mayoría de edad. En 1655 el orfanato de Ámsterdam designa a Louis Crayer (que tras la muerte del pintor sería asimismo tutor de Titus Rembrandt) a cargo de Spinoza, con lo que su hermano Gabriel –quien en 1664 se embarcaría hacia Barbados, como su hermana Rebeca lo había hecho hacia Curaçao, donde murió de fiebre amarilla en 1695– debió afrontar las deudas pendientes del negocio paterno…” ¹¹ El Herem se produce el 27 de Julio, pero en Marzo habría liquidado la herencia de su padre, aceptando lo que vendría más tarde. En esa época era importante la conexión religiosa y comercial, pertenecer a la comunidad era significativo para el negocio. Un antecedente. En 1624 Uriel da Costa escribe un “Examen de las tradiciones fariseas” donde realiza críticas a la tradición y los ritos judíos, duda de la inmortalidad del alma, de la vida eterna. La comunidad quema sus libros y lo persiguen y proponen un castigo para ser perdonado. Debía ser flagelado. Después de pensarlo… acepta el castigo. Lo cuenta él mismo así: “Entré en la Sinagoga, llena de hombres y mujeres que habían venido como para un espectáculo, y, llegado el momento, subí a un estrado que hay en medio de la Sinagoga para los sermones y demás oficios, y allí, con voz clara, leí un escrito, redactado por ellos, en el que se contenía mi confesión: que yo era digno mil veces de la muerte, pues había cometido desde la violación del Sabbat y la no observancia de la ley hasta su misma violación, ya que había disuadido a otros para que no se hicieran judíos, y que, para reparar todo ello, estaba dispuesto a ejecutar sus órdenes y cumplir cuanto me fuere impuesto, prometiendo, por lo demás, no reincidir en semejantes iniquidades y crímenes. Acabada la lectura, bajé del estrado y, acercándoseme el Sumo Sacerdote, susurróme al oído que me apartase hacia un ángulo de la Sinagoga. Así lo hice, y díjome el portero que me desnudara. Hícelo hasta la cintura, me até entonces un lienzo en torno a la cabeza, quitéme los zapatos y extendí los brazos, agarrándome con las manos a una especie de columna. Acercóse el portero aquel y atóme las manos con una cuerda. Acto seguido, llegó un sayón, tomó unas correas y propinóme en la espalda treinta y nueve azotes, según es tradición: pues está en la Ley que no debe excederse el número de cuarenta, y como son hombres muy religiosos y observantes, cuídanse mucho, no vaya a ser que pequen por exceso. Entre azote y azote, cantaban salmos. Cuando hubo acabado, sentéme en el suelo, y llegó el predicador o sabio (cuán ridiculas son las cosas de los mortales) y me absolvió de la excomunión. Y hete aquí que de nuevo se abrían para mí las mismas puertas del Paraíso, de cuyo umbral y acceso me había sido vetado el paso con férreas cerraduras. Luego tomé mis ropas y me postré en el umbral de la Sinagoga, y el custodio aquel sostenía mi cabeza. Todos los que salían pasaban sobre mí, levantando un pie por encima de la parte inferior de mis piernas; y esto hicieron todos, así niños como ancianos (no hay monos que puedan exhibir actos más absurdos ni gestos más grotescos a los ojos de los hombres) y, acabado todo, cuando ya nadie quedaba, salí de aquel lugar y, una vez que el que me asistía húbome quitado el polvo (y que nadie venga a decir ahora que no me trataron honorablemente, ya que, si bien flagrantemente me golpearon, igualmente luego me compadecían y me acariciaban la testuz), volví a casa”. ¹² Cuando está en su casa escribe su autobiografía “Espejo de una vida humana”. Cuando la termina. Se suicida. (nota 13) En 1901 Samuel Hirszenberg pinta “Uriel d'Acosta enseña al joven Spinoza”, la escena históricamente no sucedió pero de manera filosófica tal vez sí. Algunos dicen que se conocieron, que hablaron, pero es muy probable que no haya ocurrido. Bento si conocía su historia y las consecuencias de un pensamiento crítico y libre. El 27 de noviembre de 1674, encuentra a Van den Enden ahorcado frente a la bastilla ¿el motivo? un intento fallido que pretendía independizar a Normandía y asesinar al rey Luis XIV. Van den Enden nació en Amberes en 1602. Ingresa a la orden jesuita en 1619 Estudió filosofía en el colegio filosófica jesuita en Lovaina y filología clásica en Lovaina y en Amberes. Fue docente. En 1629 se acerca a la teología en el Theologicum Jesuita de Lovaina, hasta que en 1633 es expulsado, dicen que fué encontrado en una situación incómoda con la mujer de un oficial de caballería. A partir de 1652 se dedica a la enseñanza, “A la escuela de Van den Enden asistía Spinoza (entre otros jóvenes de familias ilustradas, como tal vez el propio Rembrandt) a estudiar latín. Pero no era sólo latín lo que el inquieto Baruch pudo aprender en casa del maestro libertino; además de los clásicos latinos (Séneca, Salustio, Terencio...), allí habría conocido los grandes textos de la tradición atomista, el epicureísmo romano, las obras de Vanini, Maquiavelo y Hobbes. La frecuentación de Van den Enden –con quien Spinoza había aprendido a considerar a la filosofía por encima de la Torah– habría molestado a los parnasim de la comunidad, los que, tras advertirlo en vano, tomarían la drástica decisión del herem”14 Tenemos que destacar que Bento eran poliglota además del griego y latín que aprendió con Van der Enden, sabía por supuesto, flamenco y hebreo, además del portugués, alemán, italiano y español. En ese círculo había mucha lectura de Descartes. Juan de Prado, aparece nombrado en un informe del monje agustiniano Fray Tomás Solano y Robles, originario de la actual Colombia, quien había vivido en Ámsterdam entre agosto de 1658 y marzo de 1659…ante el inquisidor. En un pasaje de su declaración, afirma Fray Tomás “que conoció al Dr. Prado, médico que se llamaba Juan y no sabe qué nombre tenía de Judío, que había estudiado en Alcalá, y a un fulano de Espinosa que entiende era general de una de las ciudades de Holanda porque había estudiado en Leiden y era buen filósofo; los cuales profesaban la ley de Moisés y la Sinagoga los había expelido y apartado de ella por haber dado en ateístas; y ellos mismos le dijeron a éste que estaban circuncidados y guardaban la ley de los Judíos, y que ellos mismos habían mudado de opinión por parecerles que no era verdadera la dicha Ley y que las almas morían con los cuerpos, no había Dios sino filosofalmente y que por eso los había echado de la Sinagoga; y, aunque sentían las faltas de las limosnas que les daban en la Sinagoga y la comunicación con los demás Judíos contentos con tener el error del ateísmo, porque sentían que no había Dios sino es filosofalmente (como ha declarado) y que las almas morían con el cuerpo y así no había menester fe […]” Según los archivos de la Inquisición española, decía que era “Proveniente precisamente de Alcalá, el médico deísta Juan de Prado (marrano doble, dice Révah: por relación a los cristianos en tanto criptojudío; por relación a los propios marranos en tanto deísta) había llegado a la ciudad de Ámsterdam un año antes de la excomunión de Spinoza, y sería excomulgado él mismo un año después”15 en 1657 ya no se van a registrar más excomuniones en Ámsterdam por motivos religiosos o filosóficos. Prado y Spinoza fueron excomulgados por deístas, decían que las almas mueren con el cuerpo, que Dios no existe más que en sentido filosófico y que la fe es inútil. Se discute si Prado fue corruptor de Spinoza con sus ideas, recordemos que era mayor. Pero otros autores sostiene lo contrario que Spinoza fue el corruptor de Prado. Resultado: Spinoza acepta la excomunión y marcha. Prado se humilla una y otra vez, pero siempre reincide. Luego ruega y negocia no ser excomulgado. El Herem terminó por impactar en la relación con sus hermanos, al ser apartado de la comunidad no pudo continuar con el comercio, además decidió cambiar de lugar para vivir. Se fue a Rijnsburg (una pequeña aldea a orillas del Rihn cercana a Leyden), en donde permaneció desde 1661 a 1663. Vivía modestamente y en soledad. Allí se dedicó al pulido de lentes, algunos sostiene que esta actividad afectó su salud por el inhalado del polvillo. Los lentes lo acercaron al mundo de lo más pequeño y de lo más grande. Lupas, microscopios y telescopios. No era raro que fuera frecuentado por estudiosos. . (nota 16/17) Recibía ayuda de amigos, la mayoría cristianos protestantes, uno de los que lo apoyaban financieramente era Johan de Witt un abogado y matemático que promovía la tolerancia religiosa y además fue jefe de la oposición liberal que combatía a los Orange y que luego será ejecutado junto a su hermano por los partidarios enemigos. En esta estadía conoció a los Colegiantes que eran un grupo de libres pensadores que querían la separación de la iglesia y del estado. Todos fueron de gran influencia en las ideas de Bento, así mismo mantenía correspondencia con varios intelectuales y en su tiempo libre empieza con los bocetos del “Principia philosophiae cartesianae” y que publica en 1663, es su obra sobre Descartes, y en 1670 aparece el “Tratado Teológico Político” que será prohibido en 1670, son las dos obras publicadas en vida del autor. Spinoza muere el 21 de febrero de 1677 a los 44 años. Notas 1 Spinoza sellaba sus cartas con un lacre en el que constaba el emblema de una rosa y el adverbio Caute. Cautela, de precaución o de prudencia expresa una regla de desconfianza. La palabra está escrita en su tumba en Nieuwe Kerk (New Church) on the Spui in The Hague, the Netherlands. https://theculturetrip.com/europe/the-netherlands/articles/8-things-you-should-know-about-baruch-spinoza/ https://jeangaillat.wordpress.com/2018/12/02/caute/ 2 y 4 La Santa Biblia. Sociedades Bíblicas de América Latina. 1960. 3 Samuel Hirszenberg, Spinoza wyklêty (Excommunicated Spinoza)1907. https://arthur.io/art/samuel-hirszenberg/spinoza-wyklety-spinoza-excommunicated?crtr=1 5 y 6 Decreto de excomunión de Baruch de Spinoza. Amsterdam, 27 de julio 1656. “Los dirigentes de la comunidad ponen en su conocimiento que desde hace mucho tenían noticia de las equivocadas opiniones y errónea conducta de Baruch de Spinoza y por diversos medios y advertencias han tratado de apartarlo del mal camino. Como no obtuvieran ningún resultado y como, por el contrario, las horribles herejías que practicaba y enseñaba, lo mismo que su inaudita conducta fueran en aumento, resolvieron de acuerdo con el rabino, en presencia de testigos fehacientes y del nombrado Spinoza, que éste fuera excomulgado y expulsado del pueblo de Israel, según el siguiente decreto de excomunión: Por la decisión de los ángeles, y el juicio de los santos, excomulgamos, expulsamos, execramos y maldecimos a Baruch de Spinoza, con la aprobación del Santo Dios y de toda esta Santa comunidad, ante los Santos Libros de la Ley con sus 613 prescripciones, con la excomunión con que Josué excomulgó a Jericó, con la maldición que Elías profirió contra los niños y con todas las maldiciones escritas en el libro de la Ley. Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando regresa. Que el Señor no lo perdone. Que la cólera y su furor se desaten contra este hombre y arrojen sobre él todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley. El Señor borrará su nombre bajo los cielos y lo expulsará de todas las tribus de Israel abandonándolo al Maligno con todas las maldiciones del cielo escritas en el Libro de la Ley. Pero vosotros, que sois fieles al Señor vuestro Dios, vivid en paz. Ordenamos que nadie mantenga con él comunicación oral o escrita, que nadie le preste ningún favor, que nadie permanezca con él bajo el mismo techo o a menos de cuatro yardas, que nadie lea nada escrito o trascripto por él.” https://elpulidordecristales.wordpress.com/about/herem/ 7 Sinagoga probablemente alrededor de 1662. Ilustración del interior de la sinagoga de Amsterdam de los Unificados (1639) portugués-israelita comunidad Dehalita Kaelita Ka. https://spinozaweb.org/ 8 Spinoza, Baruch. Tratado teológico-político. Altaya. Barcelona. 1994. 9 https://www.mauritshuis.nl/nl-nl/verdiep/de-collectie/kunstwerken/saul-en-david-621/ 10 https://www.museodelprado.es/actualidad/exposicion/velazquez-rembrandt-vermeer-miradas-afines/7ca4f41d-c9d1-2615-8a81-e2d017ab9757 11, 14, 15 Diego Tatián, Spinoza disidente, Tinta Limón. CABA. 2019. 12 Uriel da Costa, Espejo de una vida humana (Exemplar Humanae Vitae) (E d. G. Albiac, Madrid: Hiperión, 1989) 13 Uriel d'Acosta instructing the young Spinoza, de Samuel Hirszenberg (1901). https://arthur.io/art/samuel-hirszenberg/uriel-acosta-and-spinoza?crtr=1 16 y 17 Spinoza residió en Rijnsburg desde el [29 de julio de 1661] hasta finales de abril / julio de 1663. Alquiló habitaciones en una pequeña vivienda doméstica propiedad de un cirujano llamado Herman Dircksz Homan (Katwijkerlaantje, también conocido como Kwakkellaantje o Paradijslaantje, hoy Spinozalaan 29. https://spinozaweb.org/locations Biblioteca consultada Spinoza, Baruch Epistolario.- 1a ed. - Buenos Aires: Colihue, 2007. Jaquet, Chantal. Spinoza o la prudencia - 1a ed. - Buenos Aires: Tinta Limón, 2008. Van den Enden, Franciscus Libertad política y estado El cuenco de Plata 2010 Bs As. Villacañas, José Luis. Pardo Y Spinoza. Biblioteca Saavedra Fajardo de pensamiento Político Hispánico.
- Género zapatilla / Rocío Feltrez
Desempolvo los cuadernos crayones que disienten sin pensarlo ni planearlo de todas las normas. Me asfixian las sentencias de la seño que me dice lo que puedo o no hacer por ser mujer. No soy, no soy, no soy no soy, no soy Hoy solo quiero estar, estar con vos que también jugás al fútbol como yo. No soy, no soy, no soy no soy, no soy Hoy solo quiero estar, estar con vos que en el parque disfrutas de ir de la mano con tu amiga. No soy, no soy, no soy no soy, no soy Hoy solo quiero estar, estar con vos que también bailás Madonna como yo. No soy, no soy, no soy no soy, no soy. Hoy solo quiero estar, estar con vos que en aula disfrutas de darle el lápiz a tu amigo. Una canción que nació cuando escribía esto. Un carnaval de colores Sucedió un domingo de verano del año dos mil veinte en una de esas visitas familiares periódicas. Después de comer, la madre deja sobre la mesa los cuadernos de la primaria de las criaturas que ahijó. Una de ellas, hoy humanx adultx, hurga en esas páginas con entusiasmo, al acecho de alguna afirmación simpática o un dibujo curioso que invite a ser enseñado y comentado con otrxs. Podría decirse que esa criatura que escribe y dibuja en el noventa y cinco y el noventa y seis no es la que roza con las yemas de los dedos esas mismas hojas ya algo amarillentas y levemente ajadas. Lo llamativo es que en ese viaje a otro tiempo encuentra un espejo que refleja cierta chispa que fulgura en estos días; en aquel tiempo, que también es ese, encuentra algo de eso que con el correr de los días se a veces se ahoga en la costumbre, o se apaga por la normalización. En los cuadernos desempolvados la sirenita quiere caminar. Se fabulan mundos posibles; la imaginación se desparrama sin pedir permiso. Un genio que vive fuera de la lámpara monta a caballo con un amigo jinete; Batman es una viejita con canas; un jazmín se casa con un caracol. Romeo y Julieta se enamoran en Cancún, después de escaparse del teatro en el que ya venían actuando desde hace siglos y los tenía bien podridxs; el presidente Men*m se calza una bombacha y sale en tetas y tacos a saludar a todxs desde el balcón de la Casa Rosada, y todo esto antes de casarse con un diputado y vivir felices para siempre. En las historias, Juan juega al fútbol, Juan trepa a un árbol, Juan anda en patineta, Juan rapea en la playa, Juan besa, Juan ama, Juan se divierte. Juan es el nombre que condensa todo eso a lo que tal vez esa criatura asignada con un nombre “de mujer” no puede acceder tan fácilmente. No imagina vestidos ni tacos que entorpezcan la exploración de las alturas a las que los árboles invitan. Jugar a la pelota, estar en cortos, imaginar otros mundos posibles; impugnar, sin proponérselo, las violentas asignaciones de género. Aunque la insolencia de la imaginación no sólo desafíe las rigideces de los géneros, esa disrupción es particularmente preciosa. Esa insolencia es la de una materia pujante que no aprendió aún a hablar el idioma de la Ley. Un nombre es cárcel y abrazo; y es, también, la prescripción de una performance de género que para algunas criaturas resulta insoportablemente incómoda. La escuela garantiza que ese nombre y ese género se incrusten en los cueros, se vuelvan costumbre. En algún momento la criatura bautizada con ese nombre se adaptó a esa asignación. ¿Cuándo sucedió? ¿Cuándo fue que la normalización se declaró exitosa? En cada palabra heterocisexisesclavizante que pronunciaron lxs adultxs que fue embebiendo con miedo, exigencias y prohibiciones a esa sensibilidad curiosa. La criatura dibuja zapatillas mágicas para escaparse de uno de los dispositivos de normalización más efectivos de la modernidad: la escuela. Imagina un paracaídas para irse volando cuando hay prueba, luces traseras para que vengan ideas, resortes para escapar del colegio y cordones de lápices para poder escribir. ¿Cómo sería nacer con un nombre provisorio? Que realmente funcione así, que exista ese cuidado al momento de convidar un nombre a una existencia que viene al mundo. Que la criatura que inventa zapatillas con resortes para escapar del colegio pueda decidir cómo nombrarse; inventar palabras provisorias que acompañen el vivir. Que pueda haber lugar para las vidas que nazcan. Porque no es vida tener que servir a la normalidad, a la obediencia, a la resignación. Hojea los cuadernos mientras recuerda la censura a un examen de cuarto grado que adornó con los lápices de colores que llevaba en la mochila. Entregó esa obra de arte con entusiasmo, esperando una felicitación; algunas palabras tiernas que alentaran esa apuesta pomposa. Sin embargo, recibió una cruel sentencia que hace trizas la ilusión: “Esto es una prueba, no un carnaval de colores”. La nota al borde de la hoja no fue suficiente para dar por concretada la tarea de domesticación. La maestra creyó necesario retenerle justo en el momento en el que sonaba el timbre que anunciaba el recreo para dar un sermón extra. Un refuerzo, para asegurarse el éxito. ¡Esto es una prueba, no un carnaval de colores! La tribuna grita que es necesario sentar cabeza; si alguien se pasa demasiado tiempo haciendo nada, sentencia que la vida no es eso. Eso dicen lxs amantes de la servidumbre y la costumbre. Lo que no es vida es esta normalidad. La vida no baila con las normalidades. Esta humanidad es enemiga de la vida. Por eso es que queremos ver qué pasa si desertamos de este acuerdo nefasto; si dejamos de rendirle tributos a los manuales que han sostenido el guión de estas vidas miserables. ¿Cuál es la urgencia? Todas las crueldades que crecen alrededor. Las vidas que resultan invivibles. Hablo de toda la comunidad de lxs vivientes. Urge pensar cómo horadar las certezas que sostienen a esta civilización. Narrar, también, aquellos momentos tal vez parpadeantes en los que se pone en juego la traición a unx mismx. Como escribe la poeta Marie Gouiric: “Dicen que la gente no cambia / Sin embargo yo escuché hacer / a mi padre silencio / y preguntarme podés mostrarme / cómo lo hacés, así aprendo. / Y decir esto que voy a decirte / va a dolerte (…)”. Para Susy Shock, su maestra de primer y segundo grado fue un salvavidas. Dice que la seño era también travesti aunque no se autopercibiera travesti. Era género zapatilla, o género zapatilla mágica. Existir travesti, raritx, cuir –tal como lo piensa Susy– tal vez tenga menos que ver con la afirmación de una identidad inmutable que con una manera de estar en el mundo: invitando a ese otro cuaderno, a esa otra posibilidad de vida que puede abrirse paso aún cuando pareciera que nada más fuera a brotar de aquella tierra yerma, tan dañada, tan sequita. Sobre el final de Crianzas (2014), Susy la recuerda y le agradece, a ella, a su seño de primer y segundo grado: “(…) yo también necesito nombrarte, querida Seño, porque vos que eras abuela y pecosa toda colorada y bien bajita y usabas anteojos como los que a mí me tocó usar en esos mismos años, también nos marcaste de una manera definitiva, como cuando llamaste a nuestrxs padres y madres a una reunión y les dijiste que no nos ibas a enseñar solo lo que la currícula te exigía hacer, porque si lo hacías nos íbamos ‘a secar’, así dijiste. Y entonces nos propusiste que tuviéramos ‘otro cuaderno’ en el que aprender otras cosas. Con total firmeza esxs niñitos y niñitas que éramos lo escondíamos con rapidez y disimulo, y poníamos en su lugar el ‘cuaderno oficial’ cada vez que alguien ajeno al nido de nuestra aula aparecía, porque nadie debía saberlo, nadie debía encontrarlo y entonces nos enseñaste a defendernos también de ese posible censor a nuestra aventura… Muchos años después, les pregunté a ex compañerxs qué era lo que hacíamos en ese ‘otro cuaderno’ y nadie se acordaba con precisión. Solo sé que, gracias a vos, sé, y sabemos muchxs, que existe siempre otro cuaderno en donde escribir… Por eso te quiero agradecer, ‘yo, primer hijo de la madre que después fui…’, te lo agradezco porque también te tuve para poder desplegar las alas…” La seño sabe que una de las condiciones de posibilidad de esa picardía que da aire es la complicidad. Sabe, también, que es preciso custodiar la suavidad de los días; rehusarse a secarse en vida y caer como árbol muerto a los pies de un mundo arrasado. Sabe que es preciso probar vivir de otras maneras; ver qué pasa cuando, también a veces sin proponérnoslo, traicionamos la angosta fórmula de unx mismx. Alguien dijo: ¡no voy a dejar mis convicciones en la puerta de la casa rosada! Digamos: ¡no vamos a dejar los crayones de colores en la puerta de la escuela! Aunque sólo suene a aullido que sabe que no hay modo de cortar de una vez y para siempre la inercia de la domesticada carne que se arrastra sin sentirlo hace milenios. Lo digamos, lo gritemos. Quedémonos un rato a ver si nace, de ese grito, una ilusión. Hay heridas que siguen punzando y no hay vanguardia que pueda salvarnos de los chirridos que lanza lo acontecido desde los pliegues de la piel. Tal vez podamos, sí, hacer bailar la pena y garabatear otros cuadernos. El día que descubrí que el teclado de la computadora podía ser también un instrumento de percusión, empecé a querer el trazo. Te deseo lo mismo: que un abrazo llegue cuando veas que es posible sacarle un sonido al daño. GRAFÍA FELTREZ, Rocío, 1995/1996. Cuadernos de primer y segundo grado. GOUIRIC, Marie, 2020. Fragmento de una poesía compartida en facebook el 18 de octubre de 2020. SHOCK, Susy, 2014. Crianzas. Historias para crecer en toda la diversidad. Editorial Muchas Nueces. Buenos Aires, 2016. Veky Power: "El mago" del tarot "X encima de todx" Instagram: @veky.power
- Cuidar la vida: salvar la lengua / Marcelo Percia
La palabra que sana Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa. Alejandra Pizarnik (1971) Paradoja de las lenguas En Vida de Esopo, una novela de la literatura popular griega escrita en los primeros años de la era cristiana, el protagonista (que encarna picardías, ironías, inteligencias insubordinadas) presenta la paradoja de ese músculo blando y suave que se mueve en la boca. Por un lado, posibilita gustar, comer, cantar, besar, lamer heridas, embellecer la vida; pero, por otro, lastima, enferma, ofende, condena, corrompe corazones. Lenguas participan de las paradojas de los gemidos: dicen tanto sufrimientos como delicias que no caben en las palabras. Lalengua Lacan (1971) adopta la expresión “lalengua” valiéndose del artificio de usar una sola palabra, uniendo el artículo con el sustantivo. Aprovecha un lapsus, en uno de sus seminarios, para indicar que el psicoanálisis se interesa por la lengua no como mera convención comunicativa, sino por sus bruscos equívocos, delicados malentendidos, filosas incisiones, resonancias imprevisibles, reverberaciones silentes. Así, señala con la notación lalengua, saberes que no se reducen a las arrogancias de las consciencias. Propone atender a lalengua de los sueños, de los síntomas, de las impulsiones devastadoras, de los actos fallidos, de todos los equívocos y olvidos. Lenguas que cuidan En espacios de la salud no privatizada, agudezas que desean cuidar atienden golpes de la aflicción. Se llaman enfermerías, trabajos sociales, terapias ocupacionales, musicoterapias, psicologías, medicinas, sociologías, antropologías, comunicaciones sociales, acompañamientos. Pero también sensibilidades que sanan haciendo teatro, películas, plástica, cerámica, carpintería, sopas, caminatas, bailes, huertas, respiraciones y otras acciones que propician e inventan formas de estar en la vida. Lenguas enmudecidas Agudezas que cuidan absorben sufrimientos que enmudecen. Agudezas que cuidan encallan en las arenas de dolores que escuchan, huelen, tocan. Agudezas que cuidan vagan aturdidas entre intemperies, abandonos, desamparos. Se necesita dar tiempo y lugar para que esas lenguas enmudecidas hablen. Para que nombren lo que hacen, para que cuenten qué les pasa cuando trabajan. Para que se autoricen a balbucear, a susurrar timideces, a vociferar rabias. Para que digan lo que saben, lo que no saben, lo que no consienten. Se necesita dar tiempo y lugar para que esas lenguas enmudecidas articulen una común protesta y participen de las decisiones sobre cuántas horas trabajar, cómo atender, cuándo improvisar, cómo valorar sus labores. Se necesita dar tiempo y lugar para que esas lenguas enmudecidas abran la boca, afinen cuerdas vocales, suavicen gargantas, comiencen a desenmudecerse. Respiren. Agudezas que cuidan pueden transformarse en suspicacias que descuidan, en desconfianzas blindadas, en prejuicios estigmatizantes, en recelos amurallados. Sin la posibilidad de un común pensar (y aun con esa opción) agudezas que cuidan pueden devenir furias exhaustas, listezas que se retiran, frontones que expulsan. Lenguas subalternas Se necesita practicar el desatado de lenguas inmovilizadas. El destrabado de hablas indómitas. Remover impedimentos que no dejan que cansancios, tristezas, angustias, ansiedades, temores, saberes calificados y no calificados, se pongan a hablar. Se necesita sortear represiones, inhibiciones, desdenes; pero ¿cuándo, dónde, con quiénes, practicar el desatado? Agudezas que cuidan comparten con luchas feministas, entre otras cosas, suplicios de la subalternidad. Acciones de cuidado, muchas veces, se desestiman agradeciéndolas. Lo mismo sucede con trabajos que realizan mujeres en los hogares: se les agradece mientras se les ajusta una soga al cuello (haciendo pasar la cuerda por delicado pañuelo). Agudezas que cuidan -al igual que sucede en las subordinaciones de género y en los sometimientos de clases- suelen estar omitidas o consideradas como lenguas inferiores entre los discursos de la salud. Lenguas trabadas Se trata de lenguas que hablan con dificultad. Fonaciones atenazadas por las emociones. El cartel de la enfermera con el dedo índice sobre los labios pidiendo silencio dice muchas cosas. Protege convalecencias de ruidos que lastiman. Imparte una orden que se quiere no autoritaria. Enseña el gesto que sella los labios de la enfermera para hacerse callar sola. El cartel indica, a la vez, la necesidad de silencio y la coacción que silencia. Lenguas trabadas, pero no por palabras o locuciones difíciles de pronunciar, como en esos juegos que se hacen para que alguien se equivoque y, entonces, reírse de los tropiezos del habla; se trata de lenguas impedidas por el miedo al ridículo y a la humillación. Lenguas trabadas por imperativos domesticadores, los mismos que recaen sobre lenguas travas y otras disidencias. Lenguas trabadas, por el temor y la culpa, ante poderes normalizadores que castigan cada vez que curiosidades entusiasmadas se alejan del redil. Tirar de la lengua Cuidados no tiran de las lenguas llagadas de dolor, acompañan con silencios y esperas. La acción de tirar de la lengua se traduce como sacar por la fuerza, por medio de persuasión, engaños, amenazas, una información retenida. El modelo remite a violencias admitidas en interrogatorios judiciales y policiales, aunque también se extiende a diferentes situaciones de la vida familiar e institucional. Tirar de la lengua remite a vigilancias, controles, confesiones. Alude a sospechas, desconfianzas, reservas, incredulidades. Clérambault (a quien Lacan reconocía como maestro de la psiquiatría francesa) practicaba un habilidoso tirado de lengua: conducía entrevistas diagnósticas, con inadvertidos rodeos que hacían detonar delirios retenidos. Una cosa tirar de la lengua (hacer hablar valiéndose de artimañas), otra saber estar disponibles cuando las lenguas se sueltan a hablar. Morderse la lengua La expresión morderse la lengua significa impedirse decir. Alude al miedo a que se nos escape algo que queremos ocultar por protección, secreto, fidelidad. En las instituciones de salud, agudezas que cuidan practican mordidas: se infligen el dolor del acallamiento. Amordazamientos delatan instituciones enfermas. Pero también morderse la lengua concierne, a veces, a un respetuoso cuidado: impedirse decir algo que presione, que imponga una dirección moral, que avasalle. Morderse la lengua, también, puede pensarse como detención que se pregunta si conviene hacer o resulta preferible no hacer. En ocasiones se cuida absteniéndose de actuar. Gestiones hospitalarias no computan el escuchar, sonreír, acompañar, dar tiempo, llorar, como acciones clínicas. Cuidados, a veces, practican el solo estar. Un estar ahí como secreta sabiduría clínica. Cuidados componen demoras, a veces, no diciendo nada, no pidiendo nada, no haciendo preguntas. Acogiendo tristezas calladas. A la espera de inciertos arribos. Sin prisas ni impaciencias. Unos pocos versos de Audre Lorde (1992) dicen casi todo: “Si vienes, me quedaré callada y / no te diré palabras agresivas; / no te preguntaré por qué, ahora, ni cómo, ni lo que sabías / Sí, nos sentaremos aquí en silencio / a la sombra de distintos años / y la rica tierra entre nosotras / se beberá nuestro llanto”. Metete la lengua… vos sabés dónde Este modismo no importa como grosería, sino como latigazo que anula y acalla. Violencia con la que un poder enseña a guardarse el malestar. También describe jerarquías patriarcales que se ejercen sobre las receptividades silenciadas. No tener pelos en la lengua Arrojos solitarios de lenguas que hablan en forma clara y directa, aún sabiendo que pueden molestar o no gustar. Lenguas descascaradas que se exponen a rechazos, represalias, soledades desabrigadas. Lenguas entrecortadas La expresión lenguas entrecortadas hace referencia a lenguas lastimadas (tajeadas) por las instituciones que callan y hacen callar. Pero también alude a momentos en los que los pensamientos se encuentran desbordados por las emociones. O los saberes rebasados por los no saberes. Lenguas que trastabillan, tropiezan, tartamudean, por el peso de las dudas. Conviene recordar que gestiones burocratizadas actúan como máquinas de seccionar lenguas, como programas que mutilan hablas que consideran subalternas. Gestionar no equivale a cuidar. Gestiones consiguen, resuelven cosas, administran, cumplen indicaciones, racionalizan recursos. Cuidados atienden lo irremediable. Se inclinan ante aflicciones que no saben qué les está pasando, escuchan llamados que interfieren rutinas y alteran el orden. Gestiones se miden por sus adecuaciones y rendimientos. Cuidados no se miden. Sueltos de lengua Locuciones que denotan ansiedades, imprudencias que dicen todo, que hablan de más, que no miden consecuencias. Acciones no meditadas e irreflexivas: irse de lengua, irse de boca, lenguas largas, lenguas flojas. La vida institucional funciona como escuela de adiestramiento: cada cual aprende a censurar, controlar, vigilar, lo que está por decir. Al cabo, intenciones que cuidan se protegen atándose las lenguas. Darle a la lengua Se traduce como hablar mucho, como disfrutar de una conversación, como desahogo que carece de interés, como pérdida de tiempo. Se atribuye despectivamente esa práctica a las cotorras y a las mujeres. Sin embargo, darle a la lengua podría pensarse, si no se descalifica la acción, como oportunidad de las hablas que se liberan. Momento en el que, laboriosidades que cuidan (solo destinadas a acatar) se ponen a decir lo que les pasa. Darle a la lengua se podría pensar como darle tiempo a la palabra. Como ocasión para compartir pesares y astucias. Darle a la lengua se podría pensar como circunstancia no vigilada en la que se relatan gestos de cuidado que el cronómetro institucional no ve, no mide, no estima. Darle a la lengua se podría pensar como deseo y necesidad entre intemperies que saben que cuidar supone también protegerse del aislamiento. Resguardarse de la creencia de que cuidar compromete un trabajo individual. Darle a la lengua se podría pensar como urgencia conversacional, como demora que una gestión (ocupada en fichar entradas y salidas) suele considerar tiempo malogrado. Malas lenguas Se trata de murmuraciones que difunden chimentos, rumores, calumnias, desmerecimientos, noticias falsas. Se trata de lenguas que hacen daño, que envidian, que desacreditan, que hieren con la palabra. Se las llama viperinas para asociarlas a víboras venenosas (también serpentinas o bífidas o de hacha o de escorpión). Malas lenguas desprecian tanto a agudezas que cuidan como a existencias que solicitan atención. Una de las marcas del desprecio y la dejadez: clasificar a existencias denigradas como caños. Malas lenguas condenan vidas que consideran arruinadas, perdidas, sin valor. En un proceso de formación, a fines de los años noventa, con enfermeras jóvenes en el Hospital Esteves, un manicomio para mujeres de la provincia de Buenos Aires, se planearon acciones para sacudir inercias institucionales. Un grupo de díscolas colgó un cartel en la entrada que decía: “Las malas lenguas lastiman, las buenas suscitan orgasmos”. Las autoridades lo hicieron retirar de inmediato. Urge un común afilado para resistir malas lenguas, se necesitan lenguas agudas y rebeldes dispuestas a atender vidas rotas y descosidas. Lenguas almibaradas Se trata de lenguas dulzonas que untan oídos de las autoridades. Se trata de lenguas aclimatadas que se someten complacientes o de lenguas destempladas que fingen someterse para sobrevivir. Lenguas que responden en forma mecánica “todo bien” o “sin novedad”. Que conocen que el ideal institucional consiste en que no haya nada que reportar, en suprimir la conflictividad. Lenguas territoriales Salas y servicios no quieren disidencias, solicitan sumisiones. Recomiendan docilidades dependientes, indiferentes, cada una en su quintita, que no se mezclen ni se metan en problemas. Enseñan a escribir la palabra Jefatura con mayúsculas. La expresión lenguas territoriales también alcanza a parcelas alambradas en las universidades: pertenencias a disciplinas, escuelas, doctrinas, autoridades teóricas. Entusiasmos que cuidan habitan en las fronteras, realizan acciones que bordean los límites de las disciplinas, se asoman al umbral de clínicas venideras. Con la lengua afuera Locución que describe momentos de cansancio y gran esfuerzo. También lenguas voluntaristas, lenguas sacrificiales, lenguas heroicas, lenguas exhaustas, lenguas del yo. Lenguas que suspiran impotentes. Una enfermera de muchos años de sala dice: “Usted sabe cómo me queda la cabeza si las cien camas que me tocan en el turno se ponen a hablar todas en una misma noche”. No se atienden camas, no se atienden casos, no se atienden etiquetas diagnósticas, se atienden lenguas llagadas, partidas, cortadas. También se atienden sueños, olvidos, negaciones, confusiones, temores, torturas morales, desenfrenos que no pueden parar de hacerse daño. Se atienden lenguas extranjeras, lenguas silentes, lenguas desquiciadas, que de pronto, se ponen a hablar en el momento menos calculado por la gestión. Agudezas que cuidan, ¿cuidan por amor? Agudezas que cuidan realizan un trabajo. Una labor que requiere saber, disponibilidad, receptividad, deseo. Agudezas que cuidan atraen y repelen afectividades que reverberan en los hospitales, salas comunitarias, barrios. Reverberaciones que, si no se piensan en un común conversar entre quienes trabajan, terminan provocando reacciones cerradas y violentas. Agudezas que cuidan (muchas veces extenuadas) si no se dan tiempo para hablar de lo que sienten cuando trabajan, se defienden rigidizándose. Comienzan a hablar lenguas que -dañadas y fosilizadas- sueltan palabras como si fueran cosas clasificadas. Sin la invención de un común hablar, de un común pensar, de un común reír, de un común amar, agudezas aisladas quedan a merced de individualismos voluntaristas, sacrificiales, heroicos. O de blindajes que tratan mal porque no pueden más. O de fachadas que solo están pendientes de publicitar lo que hacen. Agudezas que cuidan muchas veces andan asqueadas de tanta desesperación. A veces desean hablar y otras no tienen ganas. También se necesita inventar demoras que respeten períodos de silencios. Lenguas sucias La expresión suele hacer referencia a lenguas groseras y faltas de educación. Pero también puede aludir a lenguas guarangas cercanas del hedor y del dolor. Lenguas sucias que se oponen a pulcritudes académicas, que no repiten jergas del discurso médico. Ni automatismos técnicos ni palabras autorizadas por teorías prestigiosas. Se necesita hacer lugar en los hospitales a las lenguas mal habladas. Fernando Ulloa (1995) advierte que cercanías que trabajamos en las instituciones, cada tanto, necesitamos practicar la “socialización de los carajos”. Se refiere a la expresión de un desasosiego estallado que de pronto dice: “¡No sé qué carajo hacer!”. Arrebato que, aislado, está en el borde de la queja y la impotencia, pero que, si se expresa en un común carajear, deviene protesta enojada que resiste y se rebela ante el malestar. Lenguas sucias, muchas veces, se presentan como lenguas insolentes, atrevidas, descaradas, sin mordazas, alegres y furiosas. Lenguas sucias conciernen, también, a quienes hacen las tareas sucias en la institución. El trabajo denigrado, descalificado, invisible. Tareas que las elites profesionales subestiman y consideran de poco valor. Lenguas cómplices Lenguas tejidas entre confianzas provisorias, entre afinidades eventuales que arman redes o se refugian en las penumbras para protegerse. Complicidades airean ideas en una común intimidad. A veces, lenguas llagadas se anestesian para no sufrir; otras traman complicidades que arden en protestas compartidas. Lenguas del dolor Lenguas que se aprenden viviendo y acogiendo estados de aflicción. La lengua materna de todas las clínicas reside en el dolor. No existe otra lengua para las sensibilidades que cuidan. Media lengua La expresión hablar a media lengua alude a infancias que suprimen palabras en las frases o las dicen incompletas o alteradas. Pero, también, ilustra la manera de hablar de agudezas que cuidan. Agudezas que no encuentran palabras para decir lo que sienten. Agudezas respetuosas que escuchan vidas fragmentadas. Agudezas implicadas que balbucean o tartamudean inseguras. Lo tengo en la punta de la lengua anuncia el momento en que se está por decir algo sin poder terminar de decirlo. Inminencia de un por decir que no llega. Olvido circunstancial y circunstancia de toda comunicación balbuceante. Escribe Pascal Quignard (1993): “Todos los nombres están en la punta de la lengua. El arte consiste en saber convocarlos cuando es necesario y por una causa que revivifique sus cuerpos minúsculos y negros”. Lenguas muertas Se llaman lenguas muertas a las que, como el latín o el griego antiguo, ya casi nadie habla. Pero también hay lenguas clínicas muertas. Lenguas monótonas y seguras de lo que están diciendo, que asumen fachadas de conocimientos plenos, lisos, sin contradicciones y faltos de dudas. Lenguas que aclaran y definen todo, que intercalan frases hechas, que abusan de lugares comunes, que descargan sentencias. Lenguas que repiten fórmulas de manuales, de textos sagrados o prestigiosos. Lenguas lavadas, limpias, prolijas. Lenguas sin pensamientos estremecidos. Sin contactos con el sufrimiento. Lenguas acondicionadas a discursos normalizadores. Lenguas indolentes. Lenguas que expulsan diciendo “¡Eso no corresponde acá, tiene que ir a otra parte! Esto pertenece a otra especialidad, a otro sector. Pregunte en otra ventanilla. Pero, ¿dónde? ¡Ah… no sé, acá no!”. Lenguas vivas Lenguas que erran y que no saben. Lenguas del poco saber. Lenguas que muchas veces trabajan sin entender lo que hacen, pero se hacen responsables de pensar porque lo están haciendo. Lenguas que acompañan y alojan aflicciones de vidas enfermas, incluso sin saber acompañar ni alojar. Lenguas que batallan con las enfermedades de la institución. También lenguas de las astucias, de las tretas, de los ingenios. Lenguas que no se llevan con hablas técnicas y utilitarias. Lenguas que no enlazan, no enredan, no demandan, no imponen curas: lenguas del solo estar ahí, como disponibilidades que se hacen presentes cada vez que se las necesita. Lenguas oportunas que dan una palabra precisa, sin que se la pida. Lenguas que dan la espera. Lenguas de la común vulnerabilidad. La invisibilidad e intangibilidad de las prácticas de cuidado, muchas veces convierte a las lenguas vivas en acciones desaparecidas, en intervenciones sin narrativas clínicas. Sacar la lengua Si el acto de sacar la lengua no se reduce a miserables burlas y desprecios, puede devenir insolencia irreverente, provocación pícara, gesto disidente. Tal vez una acción lúdica y pasional de residencias pasajeras en asentamientos del dolor. Lenguas recién venidas que resisten indolencias de la solemnidad.
- Gestión o cuidado: ¿una conciliación imposible? / Pascale Molinier
Conferencia dictada el 29 de noviembre del 2014 en el Hospital de Niños Ricardo Gutierrez, Buenos Aires. Actividad organizada por el Programa de Salud y Trabajo de la Universidad Nacional de Lanús y la Asociación de Profesionales del Hospital Gutierrez. "Nadie debería trabajar a tiempo completo en un solo lugar; uno debe verse trabajando desde un otro lugar ", dijo el psiquiatra Jacques Tosquellas hablando de los equipos hospitalarios. Comparto este punto de vista, muy aplicable a mi situación. Mi pensamiento y trabajo están en la intersección de diferentes corpus teóricos: la psicodinámica del trabajo, la psicoterapia institucional y la ética del cuidado. Trabajo no solo en Francia, sino también en Colombia, a veces incluso más allá. Me refiero a distintos equipos en el campo de la psicología o en los estudios de género. Mi trabajo es multidisciplinario y transcultural. Voy a hablar del “care” o del cuidado, sabiendo que este concepto es intraducible en francés (Molinier, Laugier, Paperman, 2009). El inglés tiene dos palabras: “care” que se refiere a la preocupación o la atención y “cure” que se refiere a la dimensión de sanación o de la cura. En francés, hay una sola palabra: “soin”. Y esa palabra ya está muy cargada de contenido. Cuando hablamos de “l’éthique du soin”, es decir, de la “etica del cuidado”, hablamos de la ética médica en una línea cercana a la de Canguilhem (Le Blanc, 2007, Worms, 2006). No obstante, Veremos que el cuidado en el sentido del “care” designa a otras actividades y a otros trabajadores/as diferentes a las o los médicos. Usaré la palabra “cuidado” para decir “care” y “cuidados” para hablar de un conjunto de actos que combinan dimensiones del cuidado y de la sanación. Cualquier acción curativa debe ir acompañada de una atención a la persona. Hablaré de las relaciones entre trabajo de cuidado y gestión a partir de una realidad muy específica: la de Francia. Espero que podamos compartir algunos aspectos de mi reflexión. El sistema de gestión hospitalaria tiene algo de específico en cada país, mientras que el neoliberalismo es el mismo telón de fondo en el mundo entero. Lo que caracteriza a Francia, desde hace por lo menos veinte años, es el uso de los métodos de gestión del mundo industrial y la exportación de los retos de la competencia económica en los sectores públicos donde el Estado es el empleador. Este es el caso de la gestión hospitalaria y también la de la gestión universitaria, y la de los colegios y servicios sociales. Así que, a pesar de que tenemos un servicio público que es uno de los más extendidos del mundo, no existe ningún segmento de la vida laboral francesa que esté por fuera del neoliberalismo y de sus reglas en términos de management. La ética del cuidado nació en los Estados-Unidos, en el ámbito de la psicología moral con la obra de Carol Gilligan y se desarrolló en el campo de los estudios de género (Gilligan, 1982). Permaneció confidencial por un tiempo largo, pero desde hace diez años tiene cierto éxito en Francia y en otros países. O sea, se hizo más visible en un período de la historia de los cuidados que se puede describir como una regresión de las preocupaciones en términos de atención (care) a favor de preocupaciones vinculadas con la “buena gestión”. Es cierto que en un país donde la protección social es extendida como en Francia, la salud es cara para los contribuyentes y para el Estado. Por supuesto, es necesario gestionar adecuadamente el dinero de los impuestos. Pero podemos interrogar los criterios de gestión utilizados para evaluar el trabajo. Estos criterios, en Francia, no toman en cuenta al trabajo real. Para decirlo en pocas palabras: no toman en cuenta la parte humana, de relación, del trabajo hospitalario. Sin embargo, esto es parte central de las expectativas de la gente – pacientes y sus familiares - en términos de cuidado. No es suficiente para la gente que sea bien tratada “técnicamente”. La gente también quiere estar informada, sentirse segura, que se ocupen de sus problemas, sus necesidades, sus preocupaciones. En una palabra: la gente necesita cuidado. El éxito del cuidado se debe entonces a la amenaza de su falta o desaparición, a pesar de que las necesidades de cuidado son cada vez mayores. Especialmente debido a una esperanza de vida más larga y dado al trabajo asalariado de las mujeres, que fueron tradicionalmente las “proveedoras naturales” y mano de obra gratuita de cuidado. La sociedad está atravesada por una tensión entre la necesidad de atención o de cuidado y los requisitos de la gestión pública. El mundo, como dice la filósofa Elizabeth Anscombe (1970), sólo aparece “bajo descripciones”. Una de las tareas de la psicología social, me parece, es analizar el conflicto entre la descripción del trabajo hospitalario a partir de la gestión y del management, de un lado, y la descripción que somos capaces de producir a partir de la experiencia del trabajo de cuidado, del otro lado. No son las mismas descripciones. Analizar el conflicto entre la gestión y el cuidado podría ayudarnos a sentar una base saludable para una confrontación equilibrada, y ayudar a desarrollar compromisos entre lógicas diferentes en una perspectiva progresista. Estas lógicas o, mejor, estas gramáticas distintas podrían escucharse entre sí y eventualmente ponerse de acuerdo o tener la capacidad de generar coincidencias. Pero hay un requisito previo. No se puede traducir el lenguaje del cuidado al lenguaje de la gestión. Estas no son sólo dos descripciones diferentes, sino que no hablan en el mismo idioma. En otras palabras, hay que reconocer la existencia de una poliglosia (o sea varios idiomas legítimos en el mismo territorio), lo que complica la tarea de “reconciliación”. Empiezo con una visión optimista: la conciliación o reconciliación. Veremos que el problema a veces es más agudo. Si la gestión o el management no es una lengua como cualquier otra, sino como lo propone la filosofa Marcela Zangaro, el idioma de un dispositivo de gobierno en el sentido de Michel Foucault, entonces la perspectiva del cuidado se puede entender en términos políticos alternativos, como critica del monolinguismo del management (Zangaro, 2011). En esta perspectiva, el análisis del trabajo hospitalario (o el trabajo en asilos de ancianos o en centros para niños discapacitados) toma un valor central. Permite el análisis de la sociedad, de sus desarrollos actuales y ofrece otro idioma para resistir contra la extensión del dominio de la gestión. Voy a comenzar con una introducción de la perspectiva del cuidado. Después hablaré de la escisión entre gestión y cuidado. Hablaré luego de los sistemas de defensas que operan ocultando el trabajo real. Terminaré hablando del cuidado como alternativa al dispositivo del management neoliberal. LA PERSPECTIVA DEL CUIDADO: UNA VULNERABILIDAD COMPARTIDA, UN TRABAJO ATENTO Las teorías del cuidado contienen un reconocimiento sin precedentes de la vulnerabilidad como una condición común de la humanidad. Lo que define al ser humano es su dependencia con los demás. Esto se opone al valor neoliberal de autonomía. Hay, escribe Joan Tronto (2009), un continuo en el grado de atención que cada uno necesita, no una dicotomía entre los que son atendidos y la gente que los cuida. Pero no es una idea que la mayoría de la gente acepta fácilmente. Se supone que nos consideramos como seres vulnerables. Esto implica que abandonemos nuestro sentido de una autonomía completa. Y requiere que dejemos de pensar que la "autonomía personal" es la solución a todos los problemas de la sociedad. De hecho, el verdadero reconocimiento de nuestra profunda vulnerabilidad y el hecho de estar vinculados a los demás, pueden llegar a cambiar nuestra forma de pensar acerca de la responsabilidad social. El cuidado no es una moral de los buenos sentimientos, es un proyecto social. Joan Tronto insiste, con razón, sobre el riesgo que presenta la reducción del cuidado a una concepción diádica (sobre el modelo madre-hijo). Además madre y niño no viven tampoco en una isla desierta, ello es un mito. Una de mis estudiantes está realizando una tesis sobre la negación de la muerte en asilos para ancianos. Ella muestra que se espera que estas personas tengan un "plan de vida". Ojo: 70% sufren del Alzheimer. Y se supone que los y las cuidadoras deben estimularlas para mantener su “autonomía”. Por suerte las cuidadoras desobedecen y dejan a las personas mayores la posibilidad de una siesta. Los efectos del neoliberalismo están en todas partes. Y si no tenemos cuidado, vamos a exigir de los y las ancianas que sean “eficientes”, “competitivos”, y porqué no “excelentes”, y vamos a evaluar su “plan de vida”, o lo que sea. El cuidado es una crítica política del neoliberalismo a partir de una crítica del valor de la autonomía personal. La autonomía personal, en este sentido, es una mentira: siempre hay alguien apoyando de manera discreta. No solo los más dependientes se benefician de una ayuda, sino también los adultos competentes. Resulta que en la perspectiva del cuidado, pensamos en términos de relaciones, conexiones, redes, co-construcciones, etc. El valor principal no es la autonomía, pero sin duda si lo es el ser capaz de vivir una vida humana. Y hay muchas clases de vida humana. No sólo la vida de un ejecutivo de alto nivel. Otra contribución conceptual importante es considerar que el cuidado de los demás significa hacer algo útil para ellos. En otras palabras, el cuidado es un trabajo. Pero este trabajo no tiene nada de espectacular, es parte de la vida cotidiana. Además, permite a la vida cotidiana mantenerse como una condición de nuestra “forma de vida” (o sea: los seres humanos necesitan una vida cotidiana, una rutina con puntos de referencia familiares). La perspectiva del cuidado propone prestar atención al mundo y a la gente común, a las relaciones ordinarias como centro de “la vida cotidiana del ser humano” (para decirlo en los términos de Veena Daas). Esta dimensión de lo común tiene poca visibilidad. Se ve sobre todo cuando desaparece: en casos de desastre, por ejemplo. El aspecto discreto del cuidado había sido identificado por el psiquiatra y psicoanalista Jean Oury, que fue el jefe del movimiento de psicoterapia institucional hasta su muerte en marzo de 2014. Director de la famosa Clinique de la Borde, Jean Oury no es un teórico del cuidado, es un teórico del tratamiento de la psicosis. Pero sus teorías están convergiendo con las teorías del cuidado y permiten que se vaya más allá. Él cuenta la historia siguiente: Había (en una sesión de formación para los cuidadores) una docena de empleadas de aseo hablando de su trabajo, todas mujeres y un jovencito. Una mujer dice: lleguemos antes de los enfermeros y luego barramos. Hay un pasillo largo y barramos. Otra cuenta que, cuando está barriendo el pasillo, hay una puerta que se abre, se trata de una anciana que está demente, que apenas puede caminar con su andador; una vez estaba al borde del pasillo y me sonrió con una gran alegría y me contó de cuando era pequeña, de cuando tenía tres o cuatro años, de cuando jugaba con sus amiguitas. Y, después de un rato, seguí barriendo el pasillo. En ese momento el chico concluyó: “Nosotros estamos aquí para recoger polvo y recoger palabras”. Este ejemplo es bello porque se entiende bien que la atención no puede ser separada de la tarea física. Barriendo el pasillo, las aseadoras encuentran y escuchan ancianas. La ética del cuidado es en este caso inseparable de la labor de limpieza. Están entrelazadas en la textura de la vida cotidiana. Barrer en un hospital es cuidar. Limpiar un lugar habitado por enfermos es siempre mucho más complicado de lo que uno piensa. La perspectiva del cuidado no sólo rehabilita la vulnerabilidad, sino también el trabajo doméstico y el mundo ordinario. Un mundo en el cual la gente está buscando con quién hablar. En algunos hospitales franceses, las trabajadoras de la limpieza no tienen derecho de hablar con los enfermos mentales, ya que, supuestamente, no tendrían las habilidades necesarias para hacerlo. Afortunadamente, desobedecen. Y por la mañana, nadie las ve. No se sabe. Esta “forma de vida” existe sin reconocimiento social. Sin embargo, es importante destacar también que el cuidado –el de un padre a un hijo, como el de una enfermera a un paciente– aunque no implique necesariamente una tarea física (como limpiar), moviliza siempre un proceso psíquico de reflexión y anticipación, o para elaborar su propia ansiedad o irritación, cuando se trata de no hacer, por ejemplo: dejar que el niño lo haga solo, o respetar el ritmo del paciente, etc. De tal manera que “No hacer nada” o “abstenerse de hacer algo” puede ser cuidadoso. Estamos allí, en el grado cero de la visibilidad del trabajo de cuidado. En otros términos, si los y las cuidadoras permiten dormir la siesta a personas mayores, por ejemplo, no es necesariamente porque las cuidadoras sean perezosas, puede ser una respuesta completamente apropiada al estado de salud de aquellas personas que necesitan sobre todo, después del almuerzo, descansar. Y que no quieren ser “estimuladas” por medio de herramientas artificiales de animación o ergoterapia. Este trabajo atento moviliza saberes y haceres discretos que tienen su eficacia en su invisibilidad. El saber discreto se moviliza sin que alguien tenga que pedir nada. Para dar una imagen: el vaso de agua viene justo antes de la sed. En la película de Robert Altman, Gosford Park, la jefa de los domésticos dice: yo soy la sirvienta perfecta, sé antes de ellos (los amos) que tienen hambre. Otro punto muy relevante: El trabajo del cuidado no es reducible a la actividad -la actitud de una sola persona- sino que está respaldado por el trabajo colectivo. Trabajo de apoyo, de cooperación, de atención compartida, o en otras palabras, atención colectiva a las “pequeñas cosas”. Además, al menos en la psiquiatría, los pacientes no necesariamente participan menos que los cuidadores. Ellos también pueden cuidar a los demás. El cuidado no es un trabajo especializado, toda la gente puede hacerlo. La pregunta es: ¿Por qué algunos no lo hacen? De este modo, liberan tiempo y energía para hacer otras cosas más visibles, más prestigiosas, pero no necesariamente más útiles a la civilización, a lo que Freud llamó Kulturarbeit. Respecto de este trabajo del cuidado, Jean Oury dice que es un trabajo que no tiene precio. Es un trabajo inestimable (Oury, 2008). Inestimable porque no podemos evaluarlo o medirlo debido a su invisibilidad. Y es inestimable porque es de valor incalculable, no se puede estimar bajo las leyes de la economía de mercado. ¿Cuál es el precio de una sonrisa? Ahora bien, esto es, por supuesto, una paradoja en términos de los conceptos convencionales que constituyen la épisteme del trabajo. Aunque no tiene precio y no se puede medir o confundir con una mercancía, el cuidado es un trabajo. Un trabajo no especializado, pero un trabajo. El cuidado debe ser distinguido del don o del amor. El cuidado siempre implica un esfuerzo, un “know-how”, un saber hacer, una cooperación y una deliberación. El cuidado es una obra de la civilización. Esta obra consiste en un conjunto de prácticas cotidianas. ¿Las decisiones son las correctas? ¿A ustedes les va bien dejar dormir a Madame X, en lugar de llevarla a hacer cerámica? Las respuestas a estas preguntas cambian de un día al otro. No hay regla firme, todo es contextual, todo implica deliberaciones, o sea tiempo improductivo. El psiquiatra François Tosquelles distinguió el “establecimiento-hospital” de la “institución” (Tosquelles, 1967). La institución “son los vínculos que se crean en un lugar”. Hay que “cuidar la institución para cuidar los enfermos”. O sea cuidar los vínculos. Crear este lugar requiere condiciones dialógicas o un “espacio público interno” para desarrollar vínculos en conjunto. Estas condiciones -lo sabemos- son fácilmente minadas, debido a las diversas limitaciones de la organización del trabajo. Recapitulemos. Las personas, para vivir de modo humano, necesitan volver a crear un mundo común. Esa es la tarea del cuidado como trabajo ordinario, tejiendo lo ordinario, día tras día, noche tras noche. Nada se parece menos al mundo común que un hospital. Al principio, es un mundo aterrador. Por eso, el cuidado es tan importante. Como se dijo: “para recoger polvo y palabras”. UN HOSPITAL AEROPUERTO El tema del cuidado en las instituciones muestra su contingencia. Un hospital sin cuidado es posible. Nuestros predecesores lo sabían: se llamaba el asilo o el distrito de los agitados. ¿Vamos a conocerlo ahora? En los últimos quince años, se produjo en el hospital público en Francia, un aumento de la demanda de calidad de los cuidados, de forma simultánea con el aumento de la lógica de la gestión. Por supuesto, otra vez, es natural que tratemos de tener buenos cuidados y al mismo tiempo mejorar la gestión del dinero proveniente de los impuestos. El dinero de los ciudadanos. Sin embargo, parece que la idea que los administradores se hacen de la eficiencia o la calidad, fundada sobre la evaluación, a partir de criterios objetivos y reproducibles, es difícilmente compatible con la realidad del trabajo de cuidado. Esta realidad no es ni objetivable ni reproducible. Es así. Nunca la realidad -“el torbellino de la vida”- va entrar en las tablas y células de la gestión. El trabajo de cuidado implica habilidades discretas, ajustes emocionales o “pequeñas cosas” casi inefables. La eficiencia del trabajo de cuidado es difícil de probar o evaluar. A veces, estos gestos o pequeños actos sólo tienen sentido en una larga temporalidad o en un “après coup” (a posteriori) inesperado. El tiempo de la gestión no es el tiempo del cuidado, es un tiempo flexible y discontinuo, como sugiere esta cita de Jean Kervasdoué, ex director de los hospitales del Ministerio de Salud y patrocinador de la gestión hospitalaria en Francia. "El tiempo del paciente -y del personal del hospital que buscamos maximizar- es el sello distintivo de la arquitectura contemporánea. El hospital es menos un lugar para quedarse, es más bien un lugar de paso en salas cada vez más especializadas. El hospital del futuro, en términos de su arquitectura, será más parecido a un aeropuerto que a un hotel, aunque la función de hotel nunca desaparecerá por completo "(Kervasdoué, 2004: pp 37). Fue un discurso que tal vez haya sido deliberadamente provocativo. Los administrativos se quejan mucho de la “inercia” y del “arcaísmo” de los trabajadores hospitalarios. Están, según ellos, en un “proceso de fosilización”, entre la omnipotencia médica y las rigideces de los estatutos profesionales, sin hablar de los sindicatos. Esta psicología peyorativa funciona como una defensa protectora que les impide pensar el daño causado al trabajo por la gestión y sus métodos de evaluación. Un ejemplo para ilustrar “el flujo” de los pacientes. Hoy en día, en Francia, por razones de buena gestión, se práctica cada vez más la cirugía ambulatoria. La atención se subcontrata. ¿A quién? Nadie se puede ir a casa si está solo la primera noche después de la anestesia. Probablemente alguien ha calculado el riesgo estadístico de un problema por la noche y decidió que requeriría solamente la supervisión de una persona no médica, apta para llamar una ambulancia cuando sea necesario. ¡Qué angustia! El cuidado no es sólo una actividad de los cuidadores asalariados, sino también una actividad de familiares, y esto último cada vez más. Hoy en día, tenemos que pensar el sistema de salud como dependiente de la integración de estos ayudantes invisibles y gratuitos. En Francia, se ha demostrado que los y las cuidadoras familiares de personas mayores tienen una alta morbilidad y una mortalidad superior a la media. Algunos mueren antes que sus enfermos. Pero esto no entra en el costo de la gestión hospitalaria. De manera bastante sorprendente, el mismo Kervasdoué (2003), especialista de la gestión, publicó en un gran periódico, Le Monde, un artículo sobre su hospitalización. Incluso los gestores pueden romperse una pierna. Desde su camilla, Kervasdoué descubre el hospital desde el punto de vista del paciente, una verdadera historia de dolor, incertidumbre e incomodidad. Dice: “El equipo se dedica a lo más urgente: primero usted, luego otro. Pero ¿por qué no a la inversa: el más joven, más dañado, la vida más doliente, la más cercana a la puerta? Uno se pregunta cuáles son las prioridades y sobre todo por qué la atención intensa y real de unos momentitos esta seguida de largos períodos de abandono”. La descripción es correcta. Pero, ¿cómo puede un diseñador del management no entender los criterios de la elección realizada por los cuidadores? Cómo puede ignorar que la clasificación y jerarquización de los pacientes es un trabajo diario y la rentabilidad de las enfermedades es uno de los criterios preeminentes de este ordenamiento. “Más tarde, desde mi habitación, oigo por el pasillo una queja, un sonajero que aparece y desaparece con el aliento de esa persona. Ella sufre allí, no muy lejos. La expresión del sufrimiento puro, un cristal de desesperación. Me dijeron al día siguiente que se trataba de un paciente con la enfermedad de Alzheimer y otros daños en algunos órganos. Nadie, ninguna unidad de hospitalización, la aceptó. Así que esperó en este servicio de paso” (lo que llamamos “servicio puerta”, entre las emergencias y la hospitalización). ¿Podría ser que a los “malos” cuidadores no les gusta la gente mayor? O ¿los criterios de gestión que rigen la clasificación de las enfermedades no son tan favorables para las personas mayores? Algunas enfermeras de los servicios de urgencias, a veces, tratan de no decir por teléfono la edad del paciente cuando buscan una cama en un servicio. Kervasdoué no imaginó que las clasificaciones se hacían a partir de criterios de gestión. Es interesante. Él no puede hacer que se comuniquen dos áreas de su propia experiencia: su conocimiento de la gestión y su experiencia como paciente. Estas dos áreas están escindidas. Mi hipótesis es que esta escisión defensiva, es común. ¿Quiénes realizan la selección de pacientes? No son los Kervasdoué, sino los propios cuidadores de primera línea. Esta priorización no está prescrita/escrita, de tal manera que los cuidadores son responsables de hacerla. De este modo, participan activamente para constituir un “remanente”, un “residuo”. Este “desperdicio” -invisible en el marco de las evaluaciones de “calidad”- está formado por pacientes que no producen recursos financieros dignos de reconocimiento. Esta clasificación es un verdadero trabajo sucio (dirty work) en el sentido del sociólogo Everett Hughes, quien describe muy claramente la participación de los cuidadores en el sistema de gestión, lo que debilita la legitimidad de sus críticos. Y no tienen ninguna razón para estar orgullosos de su trabajo. Otro ejemplo: un aborto voluntario vale tres veces menos que un aborto involuntario. Es el mismo acto. Pero se nota un valor normativo en dicho proceso objetivo. En resumen: Por lo tanto, una parte importante del sufrimiento en el trabajo de los cuidadores hospitalarios puede ser descrito en términos de sufrimiento ético: hacer algo a pesar de un desacuerdo moral. El testimonio de Kervasdoué sugiere, por otra parte, que los gestores, incluso cuando experimentan la enfermedad, no entienden el impacto de la lógica de gestión sobre la calidad de los cuidados. ¿QUIÉN ES EL BUENO EN EL TESTIMONIO DEL CUIDADO? Las teorías que han formalizado la dimensión del cuidado permanecieron minoritarias, a pesar de su éxito social. A excepción de Uruguay (Aguirre et al, 2014). Además, el trabajo de cuidado es llevado a cabo en su mayor parte por mujeres poco calificadas, cuyo discurso tiene una legitimidad social bastante débil. No hay ética del cuidado sin una política que le dé valor. Y no una política del cuidado sin tener en cuenta las voces de quienes, en su mayoría mujeres, lo hacen. Sin embargo, la ortodoxia mayoritaria en la medicina (por lo menos francesa) tiene un ajuste mucho mejor con las teorías de la gestión y el “hospital aeropuerto” que prometen. Al centrarse en la reparación de órganos, los médicos evitan enfrentarse a la persona enferma o a la “enfermedad viva”. La devaluación del cuidado está muy profundamente enredada con la práctica de evitar una dimensión de la experiencia humana: el cuidado genera sufrimiento, malestar, asco, miedo, emoción, excitación, tristeza, y a veces odio. Las y los administradores y las y los médicos sentirían esas emociones como todo ser humano. Pero ellos están muy bien protegidos por la división del trabajo. Añadiría que para un cirujano, lo mejor es estar protegido de esta manera: no debe ser conmovido por la persona para operarla bien. La división del trabajo, a veces, tiene una dimensión psicológica que garantiza la eficacia profesional. Los y las cuidadores están allí para estar lo más cerca de los pacientes. Y logran aguantar los sentimientos dolorosos, contradictorios y ambivalentes que genera el trabajo de cuidado, y por eso deben elaborarlos. El logro de esta capacidad no depende de su personalidad o de su fuerza psicológica. El cuidado no es una virtud personal. Esto implica un trabajo colectivo importante: los y las cuidadoras tienen que transformar en relatos la experiencia que comparten con los demás. Estas historias deben tener una forma admisible: se trata de que sean soportables para permitir hablar de una realidad muy ansiógena. Las historias que cuentan los y las cuidadoras se desarrollan mediante el humor y la apelando a la modalidad de reírse de sí mismos (Molinier, 2013). Este modo de narración permite a los y las cuidadoras que se entiendan entre sí y que elaboren los aspectos traumáticos de su experiencia. Pero esta narración hace que sea difícil de transmitir su experiencia fuera de la comunidad de origen, porque tales historias “no son serias”. Además, para llevar a cabo este tipo de trabajo colectivo de elaboración, se necesita tiempo informal, pausa para el café, o para el mate, por ejemplo. Sin embargo, en una descripción del trabajo, desde el punto de vista de la gestión, estos tiempos se consideran improductivos. Por último, el trabajo sucio y el sufrimiento ético llevan la gente a guardar silencio. Para tener ganas de hablar del trabajo con sus colegas, la gente no debe sentirse avergonzada de lo que hace. Los y las cuidadoras pueden también protegerse del sufrimiento a través de la creación de defensas diseñadas para mantenerlos lejos, a distancia de la experiencia de las personas que mal tratan o mal atienden. Estas defensas requieren un sistema de representaciones despectivas en relación con los pacientes y compartidas en el equipo. Estas defensas alterizan a los pacientes (o sea limitan las posibilidades de identificación) o justifican su desprecio. No son dignos de ser bien cuidados. Por ejemplo, son responsables de su desgracia (como los alcohólicos, drogadictos, personas que han hecho un intento de suicidio). O porque son parte de un grupo étnico que supuestamente exageraría el dolor, o porque “ya no tienen nada en la cabeza” o “son vegetales” (Alzheimer). En realidad, estas defensas están funcionando bastante mal porque impiden dar sentido al trabajo en la medida en que el trabajo se haría para “gente que no vale nada”. Otras defensas contra el sufrimiento ético están diseñadas para reducir la percepción de su propia responsabilidad en el maltrato de los pacientes y tratar de proteger el sentido del trabajo. Estas funcionan mucho mejor. Luego, los y las cuidadoras consideran que los administrativos tienen toda la culpa. Si se trata mal a la gente, es por “el aumento de la lógica de gestión”. Pero hemos visto que los que administran no están en condiciones para entender los efectos de sus propias decisiones sobre el proceso de cuidado cotidiano. Ellos necesitan ser informados por los cuidadores. Esto implica que los cuidadores hablen con ellos, y que ellos, por su parte, quieran escucharlos. Y tienen que escucharlos hablar en sus propias lenguas y cultura, es decir, a través de los relatos del cuidado. Los administradores tienen que aprender a tomar en serio otras formas de simbolización diferentes a las curvas y gráficos estadísticos. Creo que es muy posible a nivel micro o local, y así se puede evitar cierto tipo de tonterías. Pero en todos los casos de diálogo habrá un momento incómodo para todos: Cuando nadie esté protegido por sus defensas, o sea cuando deba enfrentarse a sus propias responsabilidades Para sintetizar y concluir: Asistimos desde los últimos veinte años, a la extensión del sistema neoliberal y sus formas específicas de gestión y evaluación en el ámbito de los servicios públicos: educación, servicios de salud, trabajo social. El resultado, son situaciones absurdas, como el “plan de vida” de la gente con enfermedad de Alzheimer. O el de evaluar el trabajo de una cuidadora a domicilio a partir del número de camisas planchadas, mientras que el tiempo dedicado a hablar con las personas mayores no se reconoce. De una manera más general, lo que le importa a la gente no se mide en las tablas y estadísticas de la gestión. Lo importante es la ética. Y la ética del cuidado no se mide. Podríamos imaginar otras formas de gestión. Pero hay que preguntarse por qué este sistema se impone en todas partes. La razón es que el sistema neoliberal tiene precisamente una vocación sistémica. Podríamos decir que se trata de una forma de gobierno de las mentes y los cuerpos que, para ser eficaz, donde debe ser eficaz -o sea en el ámbito de la competencia económica-, debe aplicarse incluso cuando no hay ninguna pertinencia. Este sistema se consolida a través de un conjunto de prácticas cotidianas, como si no hubiera otros horizontes, otras maneras de hablar o de hacer. Como si no hubiera otro mundo posible. Nuestras subjetividades están determinadas por el neoliberalismo y el trabajo juega un papel central en esta conformación. Vivimos en un mundo donde debemos ser capaces de clasificar y comparar los hospitales, universidades, colegios, etc. Nuestros hijos deben ser eficientes, nuestros ancianos autónomos, etc. No sólo debemos hacer nuestro trabajo, sino que tenemos que hacerlo visible, valorizarlo, haciendo su publicidad, su auto-promoción. Y, sobre todo, tenemos que competir para lograr recursos financieros, que nos ponen en constante competencia entre nosotros. Al mirar las crisis que el neoliberalismo ha generado, parece ser un fracaso económico, un fracaso en términos de prosperidad y felicidad. Pero sin duda es un gran éxito en términos del imaginario social. Estoy convencida de que el neoliberalismo no es un enemigo fuera sino un enemigo dentro de nosotros. Como dijo Donna Haraway, no solamente estamos en el vientre de la bestia, no hay posición inocente: somos parte de la bestia (Haraway, 1992). El neoliberalismo, y sus prácticas de management, de gestión, de evaluación, no son solamente un programa económico; son ante todo un programa político. En el trabajo de investigación, por ejemplo, igual que en el hospital público, las evaluaciones sobre bases volumétricas en términos de artículos o investigaciones, están aumentando. Cada vez que una “campaña de evaluación” se termina, nos enteramos de que llega una nueva, por lo general antes de lo esperado. Se estima que en la última convocatoria para la financiación de la investigación, los científicos franceses han perdido 200 años de tiempo para proponer proyectos en la competencia. Al final, sólo el 5-8% de los proyectos fueron financiados. Esto es absurdo en términos de investigación. Pero se puede hacer una observación. Mientras que los investigadores están perdiendo su tiempo en “proyectos”, no piensan y no despiertan políticamente. La sobrecarga en términos de evaluación está al servicio de un proyecto político: se trata de disciplinar a las mentes rebeldes. El desprecio abierto de los profesores de los colegios y de las universidades, y más ampliamente, de todos los funcionarios, por parte de los representantes del Estado francés, es un indicador de este proyecto político. Al gastar mucho tiempo respondiendo a las imposiciones administrativas, existe un gran riesgo de irse fuera de la realidad, lo cual es una experiencia cotidiana en Europa. Esto último se llama “alienación cultural” y con esta, el riesgo de un retorno a la realidad por la violencia, nunca está excluido. Nuestras responsabilidades son parciales en este proceso y no es una fatalidad. Creo que las historias de cuidado -estos relatos que parecen poco serios- ofrecen un camino posible para volver a la realidad, al “suelo áspero de la experiencia”, diría Wittgenstein. Si el trabajo es un organizador central en nuestras sociedades, si el hospital y el dominio del cuidado son los analizadores privilegiados de las evoluciones del mundo neoliberal, entonces estas “pequeñas historias” no tienen precio, son inestimables. Ustedes dirán que es David contra Goliat, y tienen razón. Pero, sin embargo, fue el pequeño quien ganó, así que ¿por qué no? BIBLIOGRAFIA Aguirre Rosario, Batthyány Karina, Genta Natalia y Perrotta Valentina. Los cuidados en la agenda de investigación y en las políticas públicas en Uruguay. Íconos. Revista de Ciencias Sociales, 50, Quito, pp. 43-60, 2014. Anscombe G., Elisabeth (1970). Under description. In The collected philosophical papers, vol. 2 (Metaphysics and Philosophy of Mind), Oxford Basil Blackwell. Dejours Christophe (1993) Travail: usure mentale. De la psychopathologie à la psychodynamique du travail. Nouvelle édition augmentée, Paris, Bayard Éditions. Gilligan, Carol. In a Different Voice. Cambridge: Harvard University Press, 1982. Haraway, Donna. The Promise of Monsters. A régénérative politics for inappropriate/d others in Lawrence Grossberg, Cary Nelson, Paula A. Treichler (éds). Cultural Studies, New York, Routledge, pp. 295-337, 1992. Kervasdoué Jean. L’hôpital vu d’en bas, Le Monde, 28 novembre 2003. Kervasdoué Jean. L’hôpital. Paris, puf, 2004. Le Blanc Guillaume. Vies ordinaires vies précaires. Paris, Seuil, 2007. Molinier, Pascale (2013). Le travail du care. Paris, La Dispute. Molinier Pascale, Laugier Sandra, Paperman Patricia, éds, Qu’est-ce que le care? Payot, 2009. Molinier, Pascale, Gaignard, Lise (2014, in press). Jean Oury, un trajet herméneutique hors de toute illusion. Psychologie Clinique. Oury Jean. Le travail est-il thérapeutique? Entretien avec L. Gaignard et P. Molinier à la Clinique de la Borde, 2 septembre 2007, Travailler, 2008, 19, 15-34. Tosquelles, François (1967). Le travail thérapeutique en psychiatrie. Toulouse, érès, 2009. Tronto, Joan. Care démocratique et démocraties du care, dans P. Molinier, S. Laugier, P. Paperman, Qu’est-ce que le care ? Souci des autres, sensibilité, responsabilité, Paris, Payot, 2009. Worms, Frédéric. Les deux concepts du soin. Vie, médecine, relations morales. Esprit, 321, pp. 109-122, 2006. Zangaro, Marcela. Subjetividad y trabajo. Una lectura foucaultiana del management. Buenos Aires, Herramienta Ediciones, 2011. Fuente con correcciones y ajustes en la edición: https://www.topia.com.ar/autores/pascale-molinier
- Clínicas cimarronas del cuidado / Fernando Ceballos
Salir de la romantización de las demasías Es largo explicar, pero un día me vi literalmente con el ambo puesto nuevamente, la tijera punta roma que me compré en las prácticas cuando estudiaba y está intacta, el termómetro, una birome y unos guantes descartables. Todo eso llenando los bolsillos de la chaquetilla pulcra y necesaria en ese reducto médico. Sin eso, no podés entrar, me dice la jefa de enfermería de ese servicio. El arsenal necesario para arrancar las actividades que hacía mucho tiempo no hacía tan linealmente y que me horrorizaban hasta la desesperación por la extensa falta de práctica de más de 20 años. Al cabo de las semanas, la rutina me había hipnotizado colonizando cada movimiento de mis intervenciones, y me encontraba buscando los horarios de la medicación, organizando las actividades para un número de pacientes, cambiando camas, limpiando cuerpos, cambiando sueros, y todo eso que hace un enfermero “normal”, en una sala de un hospital general. Tenía la tarea de asistir a los pacientes de salud mental que estaban internados en esa sala. Había ingresado hacía dos días, todos ya la conocíamos. Una “figurita repetida”. De esas que han sido iluminadas por el haz de luz de la discriminación y estigmatización social: la que se tira del segundo puente del camino al puerto. Sí, esa adolescente intratable, que no para de producir ¿intentos de suicidios? Una inconforme. Sí, esa misma. Hace dos días está internada. Otra vez. A nuestro grupo de salud mental nos conoce de memoria. Sabe qué provocar en cada uno de nosotros. Tiene esa sabia capacidad de incomodar a algunos que muchas veces caemos bajo sus armados cristalizados en representaciones de actos que construyen una crisis o una excitación psicomotriz o una urgencia o un desmayo. Eso parece. Alertado por ciertos hechos pasados, intenté armarme de una actitud que, al mismo tiempo que era distante, ambicionaba ser cordial. Esa tarde, apenas me vio entrar a la habitación, en ese mismo instante sentí, prejuiciosamente, que ya estaba planeando algo. Saludé, me presenté y me fui a cambiar el suero de la paciente que estaba en la otra cama. Eso lo había hecho muchas veces en otras internaciones y no había pasado nada. Graso error. O tal vez no. Nunca lo voy a saber. Pero bueno, según mi deducción eso bastó para que saliera del sopor de la medicación casi mágicamente. Parecía profundamente dormida. Atinó a mover los párpados que le pesaban como una morsa. No contestó el saludo, y como dando a entender no se que cosa, se acomoda en la cama dándome la espalda. Hago mi trabajo. Hasta que, de repente, sale de su letargo y salta de la cama como escupida. Nada tenía que ver esa reacción con el cuerpo que estaba observando. Vertiginosamente y a paso raudo se mete en el baño. Más allá de lo que vimos, la oleada de ese movimiento capturó a los cuerpos que estábamos ahí. Capaz tenía muchas ganas de ir al baño, pensé sin querer estigmatizar. Espero un momento atrás de la puerta cerrada y juntos con el acompañante de la cama de al lado empezamos a sentir golpes en la pared. Le pregunto al acompañante si estaba escuchando lo mismo que yo. Y asiente con la cabeza, todavía perplejo por aquel salto de canguro. Intento abrir la puerta y estaba trabada. Un seguro de afuera de la cerradura me permite abrirla sin problemas. Estaba pegándose la cabeza contra la pared. No me mira. Intento sacarla de esa escena, pero toda su fuerza se concentra y se me hace difícil poder romper ese instante. Coloco la mano entre su cabeza y la pared. Hace dos o tres golpes más sobre mi mano y se tira al piso. Dejáme, me dice. La dejo. Me siento en el piso apoyándome en el inodoro, para estar a su altura. Me mira así con unos ojos rojos y sin expresión, como no coincidiendo con lo que estaba pasando. Le digo que sería mejor ir a la cama, que ya llega la leche de las cuatro de la tarde. Y con la misma agilidad del salto canguro, se incorpora y sale del baño esquivando mi mano que intenta en vano detenerla. Abre la puerta de la habitación y se perfila para el pasillo, con la misma decisión maradoniana en el segundo gol a los ingleses. Hace una finta y deja atrás al que reparte la comida, se desprende de la enfermera que salía de una habitación e intenta pararla. Un familiar que se anima a intervenir recibe un manotazo en la cara, y sigue cual barrilete cósmico. Va derechito a la puerta. Les hago señas a todos que la dejen. Llega a la puerta y un policía, advertido por el ruido, detiene su recorrido. Ahí se para. La agarra de un brazo, yo del otro y la llevamos a la habitación, mientras calmo el ímpetu del policía que quería seguir con su rutina represiva. La acostamos. Ya tenía preparada la merienda. El policía me pregunta si se queda. Le digo que no que ya estoy yo, que cualquier cosa lo llamo. Apenas sale el policía de la habitación. Nuevamente la escena. Se levanta e intenta salir de la habitación. Me voy a matar, dice. Me interpongo en la puerta. Me empuja. No me pega, podría tranquilamente hacerlo. Pero no me pega. Se tira con sus casi 80 kilos sobre mí. Y ahí empezamos como una lucha de sumo o un pogo. Primero con los hombros que se chocan. Después las manos que se repelen, pero en un movimiento no violento, como cuidando cualquier golpe. Que no haya violencia, parece decir. ¿Será un juego? Estuvimos así durante 45 minutos. Mis músculos ya no daban más. Embate tras embate, arremetida tras arremetida, se hacían sentir en mi cuerpo ya avejentado. Por momentos, nos perdíamos en un abrazo forzado. Un abrazo que uno no da comúnmente. Apretado. A eso le seguía después un paso de baile torpe, para un lado y para el otro. Paraba un momento y encaraba de nuevo, diciendo la frase: Me voy a matar, dejáme. Y otra vez. Y otra vez. Y otra vez. ¿Cómo poner un torniquete a esa hemorragia de intensidad? Ella seguía a su ritmo, mientras el mío se iba agotando. En cada embate me decía ¿Y ahora qué hago? ¿Cómo sigo esto? Por momentos, pensaba en dejarla salir para ver a dónde iba. Pero después me desdecía calculando lo peor. Cuando podía abrazarla y hacerla retroceder caíamos los dos en la cama. Se quedaba un ratito así y acometía de nuevo. De nada me servía a mí ese descanso, necesitaba por lo menos dos días. A ella poco le importaba, la fiereza de cada carga seguía intacta. El acompañante de la usuaria de la cama de al lado, se había puesto a merendar y miraba en un lugar preferencial esa escena casi bizarra de tomas de yudo. En medio de ese trajín desbastador se abre la puerta de la habitación. Creo que los dos pensamos que era el policía. Pero no, era uno de sus hermanos. Ese que siempre la cuida y la defiende. Con la misma rapidez de aquel primer salto, cambia su ropaje de crisis, y entra en otra dimensión de relación. Se deshace de mí como puede. Y saluda a su hermano cálidamente como siempre. ¿Querés que vayamos a tomar unos mates al bar? La invita. Acepta inmediatamente y juntos se van para el bar. Pasan a mi lado como si todo lo sucedido no hubiera pasado. Y recorren ese mismo pasillo, que unos minutos atrás había recorrido casi como una fuga en la Casa de papel, a paso cansino y hablando de la vida. “Las demasías no están todo el tiempo en estado de demasías, muchas veces se envuelven en la normalidad caricaturizándola, la rigidizan con lo cual hacen percibir que las normalidades son ficciones insoportables”[1]. Es difícil trabajar con lo insoportable de lo insoportable, pero ¿por qué no creer que quería matarse hace unos minutos atrás, y ahora no quiere eso? ¿Por qué no creer, al menos provisoriamente, que se ha calmado porque necesitaba ver a su hermano? ¿Por qué no creer que tenía ganas de tomar unos mates con su hermano? ¿Qué necesitaba verlo, y que eso la tranquiliza, por lo menos por ahora? ¿Por qué no creer en ese descanso, en ese parate de esa intensidad abrumada? ¿Y si afuera de todo ese armado no hay nada, y esa nada se vive como una catástrofe? ¿Y si ese armado de crisis es lo único que tiene, lo único suyo, propio? Soportar, demorar, ser paciente, tranquilizarse, son mandatos que, así como nos proponemos nosotros, también se los trasladamos a los usuarios. Obviamente que los umbrales de esas palabras son muy subjetivos en estas situaciones. Está aquel que ante el primer forcejeo ya prepara el triple esquema. Está aquel que espera unos forcejeos más como dándole alguna chance, porque tiene preparado el triple esquema. Está aquel que habla, intenta buscarle otro cause, pero también tiene preparado el triple esquema. Y está ese otro que ni ha pensado en el triple esquema, todavía. La verdad no quiero hablar de cual está bien y cual está mal. Precisamente el umbral de lo insoportable es el que determina cada intervención. La idea es poder pensar esa precisa intervención a veces insoportable, como modeladora de otra práctica que posibilite un cuidado. Un viaje hacia el cuidado Era jubilada, creo que era docente. No me acuerdo bien. De todos modos ella venía de una familia acomodada, además su marido también tenía mucho dinero. Había quedado viuda y se había dedicado a recorrer el mundo. Iba por el tercer pasaporte ya. A mí me encantaba escucharla, porque tenía una manera de narrar sus viajes que te hacía viajar a vos también. Yo estuve en cada uno de esos lugares recorrido por ella. Cuando llega uno de sus hijos al consultorio y me dice que su madre necesita un psiquiatra, y me muestra que había recibido asistencia en diferentes partes del mundo (Estados Unidos, Francia, España, entre otros países), no me salió otra que decirle, porque venían a mí. No sabemos ya que hacer, me dijo. Por favor, doctor atiéndala. Bueno, la verdad me pagaba muy bien. Así que no me hice esperar mucho. Depresión, era su diagnóstico. Ella tenía una relación muy particular con la medicación, pero a mí me parecía que en su situación la medicación, podía influir de otra manera. Yo venía trabajando con unos placebos que me hacían en la farmacia de acá a la vuelta. Los preparaban muy bien. Diferentes colores, tamaños y formas. Eran perfectos. Yo le había agregado a cada color su importancia y a cada forma su duración en el tiempo. Por ejemplo, la redonda amarilla sólo se podía administrar a la noche, la azul alargada media en el almuerzo. Y así con todas. Casi al final de la consulta, le expliqué como iba a ser su tratamiento. Le dije de la importancia de la medicación, de ESTA MEDICACIÓN. Que no podía tomar más de lo que yo le prescribía. Y que si o si necesitaba todo su apoyo y responsabilidad. Sin eso no podíamos empezar, porque una vez que empezáramos, si se vulneraba el tratamiento podría tener consecuencias muy negativas para su salud. Debía tomar medio comprimido amarillo en la cena. Y no más de eso. Un aura[2], al decir de Benjamin, invadió ese encuentro. Sensibilidades estaban tocándose con las palabras. “La expresión sensibilidades que hablan sugiere que las palabras gravitan sobre las afectividades, que las memorias gravitan sobre las percepciones, que las hablas gravitan sobre las morosidades”[3]. Hablé con la familia y le expuse la estrategia, y que era fundamental su acompañamiento en esto. La cosa funcionó de maravillas durante mucho tiempo. Ella venía a la consulta, me contaba de sus últimos viajes y de lo bien que se sentía, y yo viajaba. Y así se fue construyendo una cercanía que nos sostenía a ambos en ese acontecimiento alojador: un cuidado. Su casa quedaba cerca del consultorio, así que además a veces la veía cuando pasaba y nos saludábamos. Un día camino al consultorio veo la ambulancia al frente de su casa. Me acerco preocupado. Justo estaba de médico de emergencia, un amigo. Le pregunto qué pasaba y me dice que parecía un infarto. Le digo que era mi paciente desde hacía bastante tiempo. Y le solicito hablar con ella. El pelado me dijo: gordo, no me metas en quilombos, por favor. No le dí mucha importancia y pasé a verla. Estaba desparramada en la cama. Acerco una silla y me siento al costado y empezamos a hablar. Se sorprendió por mi presencia. Al cabo de un momento de charla, le pregunto concretamente porque estaba dándome rodeos. ¿Qué te pasó? Bueno doctor, a usted no le puedo mentir. Me tomé esta mañana una pastilla de esas amarillas entera. Le remarqué la importancia que tenía el tratamiento como lo habíamos acordado. Puse mi mejor cara de preocupado, pero en realidad el alivio iba por dentro. Al instante inventé una estrategia para poder revertir la situación. Le dije, que estas situaciones podían pasar, pero era importante poder hablarlas conmigo, y que yo para estos momentos había previsto otras cosas. Le digo: “No te hagas problemas, yo tengo el antídoto que va a contrarrestar el efecto de esa medicación”. Hablo con el pelado, que me estaba escuchando atentamente desde la puerta. Y le digo: “Dame una aspirineta o una buscapina algo que sea rosita”. Mientras sacudía la cabeza, para un lado y para el otro, no entendiendo casi nada, me trae una aspirineta. Bueno ahora se toma esta pastillita, el doctor acá le va a realizar un electrocardiograma y después yo la llamo. Cuando salía, me detuve y le expliqué al pelado la situación. A la tarde cuando la llamé estaba haciendo un bizcochuelo para invitar a una amiga con mates. La mismísima materialidad de un quehacer o un saber hacer que funda oficio escapando de las especializaciones y la mercatilización de un tratamiento. Oficio que se hace cuerpo entre la experiencia, la trayectoria, la vida y las historias que produce un encuentro. Un saber hacer que escarba sus memorias e inventa nuevas posibilidades, no las estandariza, las potencia como insurgencia que se hamaca entre lo que se sabe, lo que se hace y lo que se piensa. Después de escuchar atentamente este relato, me propuse escribirlo de la mejor manera que pudiera, además me pareció de una riqueza impresionante. Se me apersonaron un sinfín de interrogantes. Lo primero que me puse a pensar es en lo que significa la palabra de un médico para una persona que sufre. Totalmente desguarnecida, entregada a ese otro que la mira, que la escucha, que la cuida. Palabras que esa persona sufriente hace suyas, ya sea por transferencia, por empatía, por confianza, o por la hospitalidad entregada en ese primer encuentro. Pero también me preguntaba casi cuestionando esa decisión ¿Porqué atar a una persona a medio comprimido? ¿Medicalización? Y pensé en los muchos que quedan atrapados, encerrados, tomados por un tratamiento psicofarmacológico cruel haloperidoniano, que los robotiza, les ensombrece la mirada, les precariza los vínculos, les empobrece las palabras, en fin, les envilece la vida, y encima les dicen que ese tratamiento les va hacer bien. Y pensé en esos muchos que no tuvieron ni tienen la posibilidad de esta señora: ser escuchada y de poder hablar. Porque ahí, en ese acontecimiento donde se cruzan las miradas y se respetan las palabras, está la esencia del trabajo clínico entre este psiquiatra y esta señora. Recuperar experiencias como la del gordo, en donde el oficio se empecina en acercar el trabajo a la vida, es recuperar el arte en el trabajo cotidiano, la alegría en cada intervención, la invención en cada posibilidad y la potencia del cuidado con el otro. Tal vez esa señora había recorrido el mundo buscando ese lugar, que no lo encontró en los supuestos mejores lugares de atención, ni en las mejores clínicas, ni con los supuestos mejores profesionales, y lo encontró ahí, justo ahí en donde el cuidado se hizo presente, a escasa media cuadra de su domicilio. Impregnar desde el cuidado El manicomio sigue intacto más allá de la pandemia. Intervenciones que intentan disciplinar cuerpos exhaustos e inconformes no desaparecen, ni siquiera cuando hay un temor mayor en el mundo. La medicalización hace estragos en esas intervenciones. Pócimas que paralizan pensamientos, movimientos, relaciones, vidas, posibilidades y aparecen como una solución de normalización a demasías que se resisten. Cuerpos avasallados por una supuesta lógica formal que permite la prescripción de fármacos a mansalva. Los rotulados seguirán así más allá de otros designios. Hace casi un mes que ha sido dada de alta. Costó mucho traerla de vuelta a este mundo. La opacidad de su mirada fue dando paso a un tenue brillo alentador. Las palabras ayudaron a relajar los momentos de encuentro. La escucha, más allá de los monosílabos que se podían decir, fue definitoria. La paciencia de la espera por esa palabra y el reconocimiento y agradecimiento por la demora ayudaron a empezar. De nada sirve el apuro cuando la palabra está trabada. Hay que aceitar esa mandíbula, lo mismo que las cuerdas vocales y ese pensamiento atascado químicamente. Y a eso sólo lo da el detenerse y esperar que algo va a salir. Varios encuentros en su domicilio le han devuelto la confianza. La confianza en ella misma. Cree que puede estar mejor. Se preocupa por llevar adelante cada consejo. Sigue al pie de la letra cada recomendación. Pero los efectos de la medicación son demoledores, con eso no puede. Esa internación hizo que, por orden del psiquiatra, se la “impregnara” de haloperidol. Impregnar: adherencia de una sustancia al cuerpo, dice el diccionario. Adherencia que por sus efectos colaterales le ha opacado y petrificado la vida. Adherencia que ha conquistado sus movimientos y enquistado sus pensamientos. Vive en la piecita de atrás. Mugrienta, húmeda, helada y deprimente. Su madre para que “no haga problemas”, a eso de las ocho de la noche le da la cena, la medica y la encierra en esa habitación lúgubre con un candado. Y queda ahí hasta el otro día. No basta con esa impregnación artera, encima hay que encerrarla y no precisamente como aislamiento social preventivo y obligatorio. Como si no tuviera bastante con ese encierro que la ha rotulado con un diagnóstico: esquizofrenia. La lógica manicomial intacta en esa escena. El prejuicio de la peligrosidad merodea cada intervención que se haga con ella. Una madre discapacitada, dice que le tiene miedo. Que así está mejor. Una muralla de prejuicios “impregna” y justifica cada acción que se toma con relación a ella. Pero claro, nadie piensa que esa otra vida envilece con cada miligramo de neuroléptico y en cada vuelta de llave del candado. La imposibilidad para caminar, se contradice con ese temblequeo insistente e incontrolable que “impregna” sus movimientos básicos. Sus manos y sus pies se mueven acompasadamente. Pero cuando se incorpora para caminar, no puede. Se queda ahí, clavada en su andar más allá de que su cerebro ordena marchar. Endurecida por un fármaco que supuestamente cura. Después de ver semejante escenario, se habla con otra psiquiatra para poder plantear los devastadores efectos adversos que produce la medicación en esa vida. La dejamos una semana sin medicación para que se “desimpregne”. Se cambia el esquema de la medicación, se baja a dosis mínimas. Después de varios días, cuando llego a su casa es ella quien me espera en la puerta. Su semblante de máscara ha dado lugar a una mirada vívida, sus movimientos son más descontracturados, sus palabras se acompasan a un ritmo acorde y coherente. Me abre la puertita de rejas con movimientos finos y suaves de sus manos. En una semana ha vuelto a hacer cosas que no podía. Tenderse la cama, prepararse el desayuno, caminar, ayudar a hacer la comida, caminar, peinarse sin lastimarse, cepillarse bien los dientes, caminar, doblar su ropa, cortar la comida, caminar, y también impedir que su madre le cierre la puerta con candado. Me cambió la vida, me dice. Cosas que parecen insignificantes pero cuando una persona no las puede realizar, la libertad empieza a ser vulnerable lo mismo que la independencia. Pero uno de los síntomas producidos por la medicación persiste todavía, eso la pone muy mal. Una enorme cantidad de saliva hace que tenga que usar un babero. Secreta y secreta saliva sin parar. Toda su ropa se moja. Eso la altera, por momentos la hace irritable. Me dice que se ve sucia, asquerosa, es la palabra que utiliza. Tengo que cambiarme este babero cada dos o tres horas, dice. Hablo nuevamente con la psiquiatra para pensar juntos la situación, sabiendo que la medicación es prescripción médica, pero responsabilidad de todo el equipo de salud. Vemos otros esquemas posibles. Trae al debate clínico otras situaciones similares que le ayudan a pensar ésta. Una decisión en equipo interpreta que hay que cambiar nuevamente el esquema de la medicación. Por momentos veo a la psiquiatra más relajada, intentando salirse de los estándares protocolizados. Luchando interiormente contra ese poder que le dice que no debe alejarse de la protección del vademécum, y menos dejarse llevar por las corazonadas y por la experiencia. La ciencia no sabe de intuición, y menos de arrebatos que hilvanan posibilidades. Hegemonías que al pensar, se deshilachan, se sueltan y crean. Modalidades que se flexibilizan para producir un cuidado. Especialidades que se enriquecen en las discusiones desde la experiencia. Normalidades que sucumben ante gestos hospitalarios. Innovación que recorre el espinel de clasificaciones farmacológicas buscando otros posibles. Hace dos semanas que está con esta nueva medicación. Llego a su casa para otra visita domiciliaria. Me atiende la madre. No está, me dice. Un escalofrío controlador me recorrió la espalda. Se fue hasta la verdulería. Tenía ganas de comer mandarinas, dice. Impaciente, la esperé en la vereda. Quería ver cómo camina una persona cuando recupera la libertad. Y venía así espléndida con el barbijo un poco caído que le hizo ver una sonrisa cuando me vio. Y en cada paso que daba iba soltando aquellas amarras que la habían atado a la cronicidad. Tenía ganas de comer esas mandarinas criollitas, las que tienen semillas. Esas tienen más jugo, me dijo mientras me invitaba con una y a pasar a su casa. Uno se imagina la libertad de muchas maneras, y ahí en ese mismo instante me di cuenta que frente a mí estaba una de las muchísimas maneras de ser libre. Se sentó en una silla de plástico, donde le daba de pleno el solcito de junio, metió la mano en una bolsa y sacó un ovillo de lana azul, otro negro y dos agujas enormes. Empecé a tejer de nuevo, me dijo. Y pensé en ese enorme tejido clínico que habíamos podido construir, tejiendo y destejiendo ideas que iban siguiendo un hilo impregnado de cuidado. La importancia de recuperar los detalles Los detalles de un cuidado son esos destellos que comienzan libres, imperceptibles, chiquitos, clandestinos, cimarrones, casi desde la casualidad de una acción decidida en la periferia de una escena, pero cuando la agudeza de una sensibilidad emergente está presta y atenta, los hace aparecer redondamente en el terreno de una situación de salud, en donde dos cuerpos o más se envuelven, se tensan, resistiéndose a los embates de los discursos que los quieren estigmatizar, normalizar, domesticar o medicalizar, cristalizándolos en una técnica y/o en un diagnóstico. Y los detalles aparecen ahí, así produciendo un acontecimiento que pide relatos de historias deseantes, que intentan rescatar y provocar suspiros de artistas del cuidado, para crear nuevas potencias en cada trabajador y en cada trabajadora del cuidado, que buscan salirse por un momento de las verdades únicas para pensar una ampliación en la clínica sin la necesidad de imposiciones clasificatorias. Es el armado de un rompecabezas de piezas que con el aumento de la lupa del oficio, puede rescatar aquellas partes distantes, distintas, alejadas, descartadas, cajoneadas por la inoperancia de las respuestas procedimentales. Visibilizarlas, hasta hacerlas aparecer como posibilidades entre las opciones clínicas para la construcción de una estrategia terapéutica interdisciplinaria, es nuestro norte. ¿Puede una pequeña señal alterar el desenlace de las cosas? Que es posible transformar el curso de cualquier situación de salud con sólo una señal, deja de ser una quimera en el mismo instante en que un suceso compromete al menos dos cuerpos en la inmensidad de un cuidado. Esa pequeña mueca, esa mínima mueca de significación que nos alcanza, que nos toca, que nos conmueve concierne a la conformación de todo lazo humano. Esa coyuntura exacta en donde el encuentro es posible, las miradas se miran, las manos se acarician, las palabras se hablan, los oídos se escuchan. Son la representación concreta de esos instantes precisos fundados por los trabajadores y las trabajadoras del cuidado a través de la producción de acontecimientos contaminados de sutiles detalles, produciendo oficio. Son esos momentos cuando algo pasa atravesando muros de tiempo creando un paisaje nuevo, distinto, diferente, ajeno pero agradable, vivible y que termina distinguiendo un antes y un después, para por un instante suspender el pulso, para permitir un respiro necesario en la vorágine de nuestra experiencia cotidiana. Momentos que detienen aquellos cuerpos que vibran y permiten escuchar esas palabras que habitan sus silencios. Son esos momentos en donde uno los recuerda por lo que nos produjo entender que el otro estaba ahí, esperando esa creación y respondiendo en consecuencia. Alteraciones que permiten las alteridades. Momentos vividos en la vorágine de una guardia de fin de semana, o en la tensión y la precisión de una sala de UTI, o en una charla casual en el pasillo con un familiar desconsolado por información, o en un diálogo ameno en la oficina de enfermería del centro de salud donde ese ambiente creado posibilita que alguien rompa un silencio de años y denuncie un abuso, o en el medio de esa crisis subjetiva que parece desbaratar el día, o en esos descansos compartidos entre trabajadores y trabajadoras con mates y criollos, o en ese instante justo del cambio de suero que se encuentran las miradas y aparece una palabra atestiguando relatos que estremecen, o en ese pasaje de guardia en donde justo brota un relato que resignifica una acción más allá de lo procedimental. Cuando cada palabra es despojada de sus posibles ropajes de prejuicio, hegemonía, cientificidad o normalización, se le da otro lugar, ya no aparece como una queja, ni como una certeza, sino como una necesidad, ya no es una impostura sino una posibilidad de diálogo, ya no asoma un agravio sino un malestar ante el sufrimiento, ya no aparece un cuchicheo sino los susurros de un silenciamiento. Hay un momento para pensarla y un momento para inventarla. Cuando se le ha dado lugar para poder desplegarse libre, esa palabra tiene una historia para narrar, un sometimiento para emancipar, un acto de salud para producir, o una profesión para oficiar. Chiquitita así, así de chiquitita. De sonrisa enorme, grande, así de grande. De mirada negra y brillante como reflejo de luna en el río marrón. Cabellos oscuros que tienen movimiento propio y agigantan su figura diminuta. El volumen del renegrido pelaje se mueve al compás de sus movimientos. Su risa fácil, no se relaciona mucho con la hondura de su tristeza. De voz también chiquita. Que va pidiendo permiso para aparecer en una conversación. Puede pasar de una tremenda carcajada o un llanto desconsolado, en segundos. Cuando era más chiquita, sus padres murieron. Fue criada por una de sus abuelas, que lo único que heredó de ella es su tamaño. Tiene algo con la ropa. Ella pide ropa. A los pocos minutos de estar charlado, al primera vez que nos vimos, ya me estaba mangueando alguna camisa, o remera o pantalón. Es recurrente con eso. A su abuela le hierve la sangre cuando la escucha pedir. Y arremete con un maltrato que no se condice con lo que ha escuchado. La conocimos el año pasado cuando estuvo internada unos días por depresión. Pero antes de esa internación ya venía con un “tratamiento” psiquiátrico. El psiquiatra la medicaba y ella cada mes iba a retirar la medicación. Ese era su tratamiento. Un amigo psiquiatra decía con respecto al tratamiento: “mientras trato, miento”. Cuando tenía suerte lo podía ver esos valiosos cinco minutos que le dedicaba para decirle cosas como: no tenés que abandonar por nada la toma de la medicación, sino vas a seguir alucinando. Pero doctor yo… bueno, decía el galeno, el mes que viene nos vemos. Y salía así con la pregunta atragantaba en la garganta. Eso se daba en el mejor de los casos. Porque si no era así, la que le entregaba la medicación era la administrativa que daba los turnos. Y que al estilo empleada pública de Gassalla, la maltrataba. Por su estatura no podía llegar a escuchar bien lo que le decía la administrativa cuando le entregaba la medicación. Y siempre al final de cada entrega la terminaba retando. Ella le insistía con las mismas preguntas que le había hecho al doctor el mes pasado. [1] Percia, Marcelo. Demasías, normalidades, locuras [2] Benjamin, Walter. Discursos Interrumpidos I, Taurus, Buenos Aires, 1989. Aura: Definiremos esta última como la manifestación irrepetible de una lejanía (por cercana que pueda estar). [3] Percia, Marcelo. Sensibilidades en tiempos de hablas de capital. – 1a ed. – Adrogué: Ediciones La Cebra, 2020.
- Arrebatos, crónicas de clases / V. Nicolás Koralsky
Ilustraciones ruidosas que ocupan el blanco inmaculado del folio. Como una mancha de tinta en el agua más límpida, una sensibilidad atormentada se va expandiendo entre: rayones gruesos, palabras chillonas, colores feroces, fondos predominantemente negros. Gisela Candas (Buenos Aires, 1991) vive entre hojas donde toma apuntes de clase y hace dibujos de esas clases que apunta. Anotando con sus diseños la quietud de las aulas universitarias, como si fuesen un arma que asalta por sorpresa. Gisela traza, deshidratando la birome sobre la celulosa, paisajes emocionales de clases a las que asiste, que se vuelven: postales de relatos que estremecen, teorías que se comparten, conspiraciones que se traman en aulas que podrían ser fábricas de camisas. Sus trabajos de diseño e ilustración han acompañado las gráficas de la cátedra de grupos dos durante varias oportunidades. Define sus piezas como “la experiencia de volverse un pararrayos ante la tormenta eléctrica que se produce en el aula”. Ojos-bocas-pies-manos-corazones-vulvas-narices- en cuerpos que parecen derretirse entre palabras vociferadas en viñetas. Frases sueltas que retumban como pirotecnia en una noche cerrada llena de monstruos. ¿Apuntes-graffiti? ¿Tapas de disco de clases teóricas? ¿Central “térmica” de emociones excitadas aparecidas en una clase que no pueden contenerse en un solo cuerpo? En algunas de sus composiciones, que podrían ser una reversión de Robert Combas o una versión menos pop de Hervé Di Rosa; a partir de lo que escucha, Candas se apropia de la pregunta por el problema de vivir en estado de fragilidad (“Declararse en estado de pena”, 2019) y la devuelve haciéndola impropia. Imágenes como “Brotes” (2019), o como “Errores útiles” (2019) no son aptas para recepciones adormecidas (como versa su “cartel” de 2014). En un monocroma remarca ¿dónde ir cuando no hay nadie? (“Donde”, 2019); entre volcanes y fluidos invita a asumir la “interioridad como ficción para el dolor” (“A flor de piel”, 2019 ) ; en “Quien” (2014) los cuerpos habitan el dolor de una multitud; en “Desvío” (2014) anota: “que no me olvide el recuerdo que esta captura es provisoria”; mientras que en “Estado de fragilidad” (2019) dice “las sensibilidades dicen basta” en forma de un estallido que muchas veces puede ser social. Si alguien se encontrara con las imágenes de Candas de sopetón, le costaría adivinar el contexto en el que se fueron armando. Dibujos como modos de estar presente, presente en la Universidad Pública, volviéndose receptora del “saber” y I.J. (Illustrator jockey) al mismo tiempo. Gisela se apropia de frases que la hieren, que la parten, que la hacen ir hacia el dibujo y que saben que es “algo” que no sucede solo en ella. Sus ilustraciones nos hacen sentir que lo que pasa en un espacio áulico no le pasa solo a uno, sino que cuando hay disponibilidad, podría ser una de las experiencias de lo común. Algunos de sus registros escritos podrían ser lemas de pancartas en una manifestación de angustiados que nos llama a “interferir el piloto automático” (“La inútil distraída”, 2014). Sus trabajos son mundos alterados que no afirman (ni firma -ninguno de sus dibujos lleva su nombre-), sino cuestionan, sin olvidar nunca que “en cada instante vive el universo” (“Quien”, 2014). (Se puede ver galería con más imágenes en Estéticas)
- Cromatismos de soledades / Mariana Funez Díaz
“Provocá”, escuché. Hemos estado provocando encuentros de tempo sonoro. ¿Encuentros? ¿Tempo? Sí. Sonoros. Y también roces trazados de infinitos e inabarcables silencios. Provocar desde sonoridades que intentan, en cada creación, dejar de perpetuar lo ya inventado. Sorprendernxs. Con-movernos. Tal vez de eso se trate… Abrir espacios escuchando lo que suena. “Es el sonido del acontecimiento, el que indica una dirección”, resuena en la memoria. He sido afectada por voces que no había escuchado… He dividido en fragmentos, lo que antes no existía… He tocado cuerdas para alojar un balanceo, la mirada en reflejo, cosquillas de la risa improvisada… He inventado cuerdas para alojar al dolor. ¿Una dirección? ¿Qué es una dirección? En tempos diferidos, provoco con la escucha que no detiene, no aplasta, no ahoga, no demanda. Una escucha que sostiene y perfora. Per-fora. Aire necesario por donde salir. Perforar la quietud, el terror a saberte a su lado. Perforar las palabras que avanzan como catástrofe, llevándose todo. Perforar las voces que se presentan ya dichas, habladas por otrxs. La musicalidad ha sido arrasada. Eso afecta al pensamiento que me habita. Insomnios que se desplazan como… No sé qué escribo. Hace tiempo que abandoné las lecturas, las hermosas lecturas que ya en mí, impulsan este decir. ¿En mí? No sé qué escribo… La musicalidad y sonoridad, me convocan. Convocada al sentir ese temblor, convocada al apoyar las manos sobre un piano de agua, convocada por cromatismos de soledades… Provocar. Provocarnos todo. Provocarnos sin títulos. Provocarnos, por los encierros que ejercemos día a día. Hace tanto, que además de doler, aburre… ¡Cómo aburre! Aburren…todxs aburren. Dejar de repetir lo ya agotado, dejar de alejarnos en nombre de profesiones, posgrados, doctorados y tantas otras cosas. ¡Dejar de patologizar! La vida patológica…Me aburre todo eso. Provocar. Quiero provocar. Invito a provocar. Invito a que desarmemos todo y nos atrevamos a inventar, invenciones provisorias, nunca fijas. Saber que, como al improvisar con sonidos, en tempo presente sonarán multiplicidades mezcladas, que luego, expandidas, desaparecerán. ¿Se atreven a desaparecer de sus cómodos conceptos? ¿Sus cómodas recetas? ¿Diagnósticos? ¿Sus “aleteos” de cómodas palabras? He jugado con las infancias, creando tempos de encuentros sonoros, en medio de derrumbes. Inmensos derrumbes. Escucho musicalidades, aún allí. Escucho sonoridades, aún allí. Escucho invenciones. Musicalidad: constituida por los modos y cualidades de los elementos del encuentro: ritmo, tempo, intensidad, duración, entonación, alternancia de escucha y expresividad. Sonoridad: materia compleja que nos inventa, mientras la creamos y escuchamos, en el encuentro con otrxs. (Los conceptos de Musicalidad y Sonoridad, han sido desarrollados por Alejandra Giacobone y Luciana Licastro, ambas Musicoterapeutas, dedicadas a la clínica de primera infancia y niñez). BIBLIOGRAFÍA BANFI, C. (2015). “Musicoterapia, Acciones de un pensar estético”. Ed. Lugar: Buenos Aires CASAL PASSION, V. (2019). “De música a la ligera: el arte privilegiado, derechos humanos y prácticas iatrogénicas”. Revista El Sigma. Buenos Aires. GIACOBONE, A.; LICASTRO, L. (2015). “La Intersonoridad en la Infancia”, Cap.7, Cuarta Parte, en Musicoterapia en la Infancia Tomo 1. Ed. Diseño: Buenos Aires. GIACOBONE, A: “La Intersonoridad en el vínculo temprano”. 9° Congreso Argentino de Lactancia Materna. (2018). Sociedad Argentina de Pediatría. GIACOBONE, A. (2019) EL DERECHO DE HACERSE ESCUCHAR DESDE TEMPRANO Musicalidad primordial, motivo y emancipación, Cap. 5, en Escuchar las infancias. Alojar singularidades y restituir derechos en tiempos de arrasamientos subjetivos.COMPILADOR Miguel Ángel TolloEd. Noveduc. Perea. X. & Paterlini. G. (comp) (2008) A voces. Intertextos en Musicoterapia. Buenos Aires: Editorial de la Universidad Abierta Interamericana. Esmeralda Kosmatopoulos, write/read - speak/listen - HUMAINE, 2016
- Vidas faenizadas. Sobre Carlos Alonso / V. Nicolás Koralsky
Las instituciones culturales se preguntan (y se dedican a determinar) qué imágenes deberían tener un disclaimer que explicite: “estas imágenes pueden herir la sensibilidad del espectador”. Las figuras de Alonso, a pesar de no llevar este aviso para sensibles, inquietan nuestras carnes y nos vuelven carne; lesionan sensibilidades amnésicas del origen fundacional de “lo nacional” asentado en matarifes y muertes. Dolores y vísceras, carnes, vidas rotas y excluidas, cuerpos olvidados y lastimados son algunas de las escenas que retrata Carlos Alonso. Nacido en el interior del interior (Tunuyán Mendoza) de Argentina, en un año donde la economía mundial entraba en la Gran depresión, en sus primeras producciones ya retrataba vidas infantes periféricas arropadas de miseria y olvido. Las imágenes de Alonso son indispensables para ilustrar “la cultura argentina”. En ellas flota una raspadura de enigmático proceder que no sana. De su crudo realismo pueden olerse cuerpos que hieden por la herida, figuras atufadas de poder y sensibilidades de carne –animal o no- vueltas mortajas. Sus piezas son heridas abiertas desde donde crece una memoria irreparable, cuerpos que muestran aquello que no se quiere ver o se quiere negar. Reconfigurando el sentido de la carne, la vuelve fragmento, masacre, humanidad hecha del color y el dolor de la carne, cuerpos pasados por la historia, cuerpos manoseados, cuerpos muertos, cadáveres comercializados, vidas faenizadas. Su obra puede hablarnos de “Los malos amores” (1986) que se vuelven carne en mataderos que son hospitales con enfermeros que parecen carniceros o relatarnos, como en la serie “El ganado y lo perdido” (1975), escenas de tangos bailados por carnes jóvenes en frigoríficos (“Gran Tango”), jugadas de “tiro al blanco” con carne muerta o retratar “Descarados” (1975) (todas ellas de la serie “El ganado y lo perdido” de 1975). Entre los ejercicios de memoria y citas a sus maestros, Alonso hace retratos de Lino Enea Spilimbergo (L.E.S. en algunas de sus obras de finales de los 60); crea imágenes salidas del mundo de Arlt (“Juguete rabioso. La muñeca” de 1967); ilustra “El Matadero” de Esteban De Echeverría (1965); pinta el corte de Van Gogh (“La oreja”, 1972); utiliza la fotografía de F. Alborta del cadáver de El Che replanteando las lecciones de anatomía de Rembrandt (“Lección de anatomía”, 1979); queda impregnado de las vísceras de Bacon como en la serie de 1970 sobre las carnes y su negociación (“carne de primera nº1”,”carne de primera nº 2, “carne fresca”, “carne congelada”) y grita, delante de nuestros ojos, el horror como en la serie “manos anónimas” de 1984 o en la instalación homónima de 1976-2019. Algunas de sus obras generan el sabor de comer carne cruda sin condimentos, recién descuartizada. Sus imágenes son duras, y su impresión en nuestra retina dura como una llaga abierta en el centro de la memoria. Se puede ver galería con imágenes de la obra en Estéticas) Carlos Alonso, Juguete rabioso (1967).
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.