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- El maravilloso mundo de Banksy / Nicolás Koralsky
“No sé como la gente está tan interesada en (ex)poner los detalles de su vida privada en público: se olvidan que la invisibilidad es un superpoder” Exh Cat., Amsterdam. Modern Contemporary Museum, Laugh Now, 2019 Odiado por algunos, adorado por otros, rotundamente comercial para unos, políticamente estratégico para otros, Banksy es un ícono indiscutible del arte callejero. Nadie lo conoce ni podría reconocerlo, su identidad enciende cierto magnetismo como artista e impacta en su, premeditada o no, “estrategia comercial”. Banksy se mueve como un espectro que va ocupando las paredes en las calles de algunas ciudades occidentales del "primer mundo”. Si bien su biografía podría ser una ficción; nació, no se sabe sí él o su obra, en Bristol y fue inspirado por el artista Blek le Ra (Xavier Prou). Sus grafittis comenzaron a adquirir popularidad con la serie “ratas” de los años 90; donde la ciudad inglesa amanecía con roedores manchando las fachadas, esas ratas que no queremos ver y tampoco quieren ser vistas, contaminando la visual. Pareciera que toda la lógica discursiva de su obra hablara desde esa metáfora y contradicción: hacer reflexionar poniendo en las paredes eso que no queremos advertir y que circula por las alcantarillas sociales y, al mismo tiempo, buscar convertirse en una rata capitalista para tramar hackeos, desde las mismas entrañas, del sistema que lo vanagloria. Huidizo y con la capacidad de sobrevivir sin ser visto, durante una de sus tantas pintadas es casi detenido por la policía. Este hecho lo llevó a optimizar su técnica de pintura recurriendo al stencil, un molde de cartón con la figura recortada que agilizaba la “vandalización”. Gracias a internet y a las fotografías digitales, sus grafittis se volvieron un fenómeno cuya difusión atravesó fronteras. En 1994 realizó una de sus obras más emblemáticas “Napalm”, donde “cita” la fotografía de Nick ut (Huynh Cong Út), donde una niña vietnamita es quemada con ácido naftélmico y palmítico. En la versión de Banksy la niña es escoltada de la sonrisa de dos personajes de la cultura del capitalismo de masas: Mickey Mouse y Ronald McDonald. Sus trabajos destilan contenido político y crítica social. Banksy realizó desde pintadas en el muro entre Gaza y Cisjordania hasta murales en las comunidades zapatistas (2001). Banksy hace lo que en la jerga del arte callejero se denomina “Guerrilla art” o “Ad-Jamming”, usado por los movimientos “anti-consumo”, subvirtiendo el modo de hacer arte y darlo a ver. Este movimiento vuelve la calle en un museo o galería y la pieza adquiere valor estando en el espacio público -sin ser una publicidad-. El Ad-Jamming, en algunas oportunidades, se basta de los avisos comerciales de la calle para intervenirlos y volverlos una crítica contra sí mismos . Banksy también es conocido por sus stunts (palabra que en inglés puede significar tanto truco como atrofiación) donde, tomando por asalto a los cuidadores de la sala de los centros de arte, rápidamente coloca una pieza suya en el recorrido del museo. Sus stunts fueron – de prepo y efímeramente- parte de las colecciones del Museo de Historia Natural de Londres con una rata disecada (“Banksus Militus Ratus”, 2004), Museo Británico de Londres con una falsa pieza de arte rupestre donde un hombre prehistórico lleva un chango de supermercado (“Peckham Rock”, 2004), la TATE Gallery creando un paisaje romántico arruinado por una escena del crimen (“Crimewatch UK Has Ruined the Countryside For All of Us”, 2003) y el Louvre con una Mona Lisa intervenida con un emoticón sonriente de cara (“Mona Lisa Smile[1]”, 2004), entre otros. Uno de los stunts más potentes fue realizado en Disney World (Los Ángeles, 2006) y capturado por Thierry Guetta (o Mr. BrainWash) en el documental[2] "Exit Through the Gift Shop" (2010). Banksy coloca en las rejas de una de las atracciones del mundo mágico, una muñeca inflable atada de pies y manos, usando el típico traje que llevan los detenidos en Guantánamo (Cuba); de esta forma intenta visibilizar las vejaciones sufridas por las personas privadas de libertad y sospechosas de terrorismo. Quizás, inspirado por su visita a este parque, en 2015 inauguró en las afueras de Londres su propio parque de diversiones: Dismaland. Las piezas y juegos que se despliegan hablan de problemas sociales, ambientales y políticos. Para poder ingresar al recinto los visitantes deben pasar por rigurosos controles de seguridad donde se evidencia la “portación de cara” y los abusos de poder por parte de las fuerzas de control. Una vez dentro del espacio, ningún empleado simula su hartazgo, nadie sonríe y todo parece teñirse de un clima apocalíptico. En el centro del predio se encuentra un castillo de princesa deteriorado que alberga a una cenicienta que acaba tener una accidente en su carroza, donde cientos de paparazzis la fotografían pero ninguno es capaz de solidarizarse con la accidentada. Otro de los “entretenimientos” dentro del parque es el “Migrant boat” en donde se le propone al usuario conducir una patera de una orilla a la otra intentando transportar migrantes indocumentados. El carrusel del parque se vuelve una instalación cuando el visitante se percata que uno de los caballitos está siendo faenado por un carnicero, denunciando así la procedencia de los alimentos de la industria cárnica; la misma operatoria es realizada en la tienda de alimentos donde los hotdogs son gratis e ilimitados dentro del parque pero se prohíbe cuestionar el origen de la carne del embutido. En ninguno de los juegos de feria del parque se nos permite ganar y para poder obtener las fichas para los juegos los espectadores deben endeudarse con créditos con tasas de intereses abusivas, estar dentro de este mundo, implica aceptar las reglas de los organismos de crédito internacionales y de las bancas privadas. En el mundo de Dismal todo es deuda y pérdida, ganar se encuentra terminantemente prohibido. La visibilidad que ha adquirido a lo largo de los años hizo que el mercado del arte vea en el Street art piezas de coleccionismo. Gran parte de sus trabajos han sido puestos en venta en grandes subastas en Sotherby’s o Bonhams. Como modo de ironizar la contradicción, donde las obras de un artista callejero antisistema se valúan en miles de libras y forman parte de las colecciones de magnates alrededor del mundo, el mismo Banksy montó en pleno Central Park, un puesto callejero donde vendía su trabajos a 60 dólares cada pieza. El puesto no prosperó, en el tiempo que estuvo en el parque sólo vendió 8 de sus originales firmados. El haber trabajado para grandes marcas, lo llevó a ser tildado como un hipócrita por algunos, puede cuestionarse esto, pero hay que dejar claro que todo el dinero que ha producido, su visibilidad y su enigmática identidad le sirvió para financiar proyectos cada vez más críticos y comprometidos políticamente. Por ejemplo, en marzo de 2017, en la calle Caritas 182, en Belén, Palestina, inauguró el hotel "Walled Off"[3]. El espacio, completamente intervenido por el artista, ofrece vistas a las murallas de Cisjordania, dejando el conflicto frente a nuestros ojos y ofreciéndonos todo el material necesario para intervenir el muro. También, en plena Pandemia del covid-19, en Agosto de 2020, Banksy financió el Louise Michel, un barco de rescate a personas que intentan cruzar el Mediterráneo. Controversial o no, comercial o no, ficción o no, eficaz o no, falto de profundidad o no, Banksy fue capaz de hacer desaparecer un elefante en una sala, mostrando como algo inmenso puede pasar desapercibido naturalizándose (Exhibición Barely Legal, 2006); ejercicio opuesto al de volver el muro de una ciudad o los vagones del metro un espacio expresión social. (Se puede ver galería con imágenes de obras de Banksy en Estéticas)
- Roberto Jacoby, inabarcable / V. Nicolás Koralsky
“La utopía es un falansterio razonable donde algo puede concretarse solo con el deseo de hacerlo”. Ana Longoni sobre Roberto Jacoby,Museo Reina Sofía 2011 Roberto Jacoby parece no haber parado nunca. Escuché a Ana Longoni decir que Roberto no lleva registro de lo que hace, que no se da tiempo: de una cosa pasa a la otra y a otra y a otra. Muchas de las historias que tenemos de Jacoby se las debemos a las investigaciones de Longoni, quien se dedicó a poner todas las piezas en orden, curando su trayectoria para la exposición “El deseo nace del derrumbe” en el Museo Reina Sofía (2011). Aunque Jacoby crea que quienes llegan a los espacios centrales del arte son los muertos -muertos en vida, muertos reales- él fue el primer argentino en tener una exposición individual allí. Cuando vemos a Roberto mirar a cámara nos encontramos con la cara de alguien que está a punto de hacer una picardía, casi a punto de montar una broma. Otras veces puede parecer un tipo grande, tierno, escurridizo ante los halagos y con una capacidad de relato conmovedora. En una entrevista, en donde se le reconoce esa cara de pícaro, define al arte como la única actividad humana legítima que no persigue ninguna finalidad en sí misma. Jacoby, ganador de la Beca Guggenheim (Fine Arts category, 2002), ha comparado a algunos artistas famosos con agencias de publicidad con cientos de asistentes y una “creatividad” que no produce “actos de creación”. Interesado en el arte que está en los procesos de surgir, Jacoby distingue entre obra pública -la del circuito institucional y del mercado- donde se la presenta ya “digerida” y el artista debe falsificarse a sí mismo, de la obra secreta. Para nosotrxs, la inabarcable. Nacido en Buenos Aires en 1944, sociólogo de profesión, con gran interés por los medios de comunicación y de masas, Jacoby desarrolló el Primer Manifiesto del Arte y Los Medios en 1966 junto a Eduardo Costa y Raúl Escari donde se adelantaron a Debord en pronunciarse y demostrar que los medios construyen acontecimientos. Parte de la “Generación Di Tella”, cercano a los happenings y antihappenings, a desmaterializaciones y performances recibió el abrigo de Oscar Masotta con quién viajó a Nueva York en 1967, al Be in donde a donde llevó su “Mao y Perón, un solo corazón”, foto que ilustra la tapa de su libro ensayo sobre filosofía política “El asalto al cielo” escrito entre 1975 y 1985 y editado en 2014. Formó parte de Tucumán Arde (1968) donde realizó investigaciones de sociología política junto con artistas e intelectuales que, indiferenciados entre sí, expusieron/denunciaron en la sede de la CGT de los argentinos, datos e imágenes de la desastrosa situación social en el Jardín de la República. Documentalismo que se volvería, de cierto modo, un opuesto del conceptualismo que vendría después. En los 70 trabajó como periodista. Escribió sobre teatro en el diario La Opinión donde llegó a tener de jefe a Juan Gelman. A mediados de la misma década, intentó volver a la sociología pero una hepatitis lo dejó varios meses en cama y terminó escribiendo letras de canciones, poesías y cuentos. Allí, apartado, hizo que suceda otra vi(d)a en la misma vida. Poesías que tomaron su curso y mutaron a canciones cuando se encontró, junto a Federico Moura, en un activismo tan radical que tomaba a la alegría como herramienta de transformación social. Explica en una entrevista hablando del cantante de Virus, que encontró en él la expresión de una elegante radicalidad política que tendía a ser banalizada, quizás por incomprendida y por adelantarse a su tiempo. Alegría estratégica en tanto “momento de encuentro de libertad en medio de la quema de libros” como reparó Ana Longoni en la presentación de “El deseo nace del derrumbe” (Libro y Exposición, 2011). Ana explica allí que las intervenciones de Jacoby y sus cómplices operaban como estrategias de la alegría en los circuitos subterráneos, casi invisibles donde se recomponían los lazos que la dictadura asesina buscaba desactivar. La comisaria agrega que operaron como algunos modos de resistir al terror de Estado: vivir en comunidad, inventar formas de resistencia. Para Roberto, estas tácticas alegres, serían experiencias moleculares que buscaron producir redes de afecto y solidaridad. Como el Museo Bailable, donde a fines de los 80 superponía y transformaba a diferentes espacios bailables en espacios donde se producían hechos artísticos. En 1994, junto a su compañera Kiwi Sainz viralizó las calles de Buenos con camisetas y afiches publicitarios que decían “Yo tengo SIDA”, golpeando así las barreras de estigmas y exclusiones. A fines de los 90 investigó sobre comunidades experimentales. Creó la fundación START (fundación sociedad tecnología arte) con sede en su mismísimo dormitorio. Esta plataforma le permitió engendrar monstruos enormes, tecnologías de la amistad: chacra 99, un “laboratorio tecno bucólico de experiencias multi-sensoriales” que funcionó en el último verano de la década del 90, por donde pasaron más de 40 artistas que se instalaron en una casa de campo en las afueras de Buenos Aires para realizar diferentes proyectos creativos. Revista Ramona (2000), publicación mensual que tuvo su versión en papel por más de 10 años (con 101 números) dedicada a las artes visuales con la finalidad de “reflexionar acerca de las condiciones de producción en el mundo del arte”, en ella escribieron Nelly Richard, Claire Bishop, Suely Rolnik, Gianni Vattimo, entre otrxs. Proyecto Venus, también llamado proyecto V (1999), en este buscó llevar al máximo la capacidad del arte de inventar nuevas formas de vida, la invención de una sociedad paralela desde donde sostener trueques económico-profesionales, a través de la formación de redes, mucho antes de que Facebook existiera en la nube. Venus acuñó su propia moneda y llegó a tener más de 500 artistas-participantes-venusinxs. Bola de Nieve (1998) una web aún activa, que produce “reacciones en cadena” donde un artista referencia a otrx y ese otrx a otrx. Funciona enlazando a partir del reconocimiento y la legitimación entre pares para dar lugar a una “constelación de afinidades estéticas y sentido”. Y Vivo Dito (2008), un “archivo sobre performance realizadas en Argentina o por artistas argentinos en el mundo”, web-base de datos que lleva el nombre en homenaje a las intervenciones urbanas que realizaba el artista Alberto Greco. Roberto tuvo su primera muestra individual “No soy un clown” en la mítica Belleza y Felicidad en 2002 y hacia 2010 fue convidado a participar en la 29o Bienal de San Pablo donde también fue invitado a retirar la instalación presentada… Para la bienal, Jacoby presentó con la BRIGADA ARGENTINA POR DILMA la obra "El alma nunca piensa sin imágenes", que simulaba una unidad básica in situ donde se realizaban diferentes actividades. El eje de ese año era “arte y política”, Roberto destinó todo el presupuesto de obra a pasajes de avión y alojamiento de alrededor de 30 artistas e intelectuales que formaban la brigada proselitista. Luego de montada la obra, los comisarios se vieron obligados a pedirle que la retire del pabellón porque incumplía las leyes brasileñas de proselitismo político que prohíben toda propaganda política (que no sea por radio o TV), por lo cual requisaron el material impreso y cubrieron las imágenes de los candidatos. Premio a la Trayectoria Artística Fondo Nacional de las Artes 2013, inaugura en la antigua casa de Victoria Ocampo, hoy Casa de la Cultura FNA, en 2014, la ya icónica Diarios del odio junto a Sid Krochmalny curado por Mariela Scafati, a partir de comentarios de lectores seleccionados de diarios en la web, explicaba en una entrevista "todo este trabajo está hecho con palabras, con una zona de las palabras que tiene que ver con la basura, algo muy frecuente en el arte contemporáneo: muchos artistas trabajan desde elementos de la basura. Esto tiene que ver con el propio contenido de los mensajes: degradación, putrefacción, a la idea de limpiar a la sociedad de las plagas". Así como Duchamp existió como Rrose Sélavy, Roberto devino alguna vez Berta Jacobs, personaje que le sirvió para seguir el manual de instrucciones para una conferencia, creado por Paul B Preciado en 2018. El mismo año en que presentó su álbum “Golosina caníbal”, con Nacho Marciano, al mismo tiempo que Exposición, Poema Rosales, Rara, El castillo inflable y Tadzio, sus poemarios. Roberto expresa en otra entrevista con esa picardía que le adivinamos, que odia el arte político porque piensa que allí ocurre una regulación del arte. Dice que cree nefasta la idea de producir un efecto, decir una verdad y, si el arte es político, reduce su fin. Pero cree que es en la elección de los materiales donde yace el acto político, entiende que en la definición del público yace la ética y concibe que Medios-Públicos-Materiales son un fenómeno político. Cree que en la figura del arte político se esconde una “comodidad curatorial”, que adecenta el rol de curador y lo corre del de comisario. Este “escapista del aburrimiento”, este ensamble admirable de picardía, audacia, frescura, diversión, activismo, intelecto, pop, conceptualismos, humor, erótica, vértigo, canciones y bailes. Este inabarcable e incansable Roberto Jacoby se dibuja y se diluye en algo de esto que, hace días, intenta decirse en estas líneas. “ya no sé si es hoy, ayer o mañana” Líneas arrebatadas, que ya prefieren moverse al ritmo de “Sin disfraz” antes que seguir intentando aprehender todo aquello que Roberto ha creado, todas aquellas anécdotas en las que lo hemos cruzado y todo aquello en lo que Roberto podría devenir en estos años. (Se puede ver galería con imágenes de esta inmensa obra en Estéticas)
- Historias oficiantes de muros / Alejandro Kaufman
En mi cuenta de Instagram hay cargadas cuatro fotografías obtenidas con celular, tres de las cuales son imágenes de lugares de la ciudad sin un alma, en los momentos que preceden a la salida del sol, cuando las calles están (estaban) desiertas. Fueron seleccionadas de entre fotografías tomadas durante los últimos tres o cuatro años en horas crepusculares. Tal menester era emprendido en algunas deambulaciones performativas de las fantasías de extinción que nos atraviesan hasta el agotamiento, el sentimiento del fin en las formas que nos han habitado en tiempos contemporáneos, al menos desde que el Soldado Desconocido en la Primera Guerra Mundial dio los relatos por terminados. Se instaló la mudez de las narraciones. Observación célebre, tan citada, que requiere una y otra vez detenerse en que no es una mudez literal, una ausencia de sonidos como los que podría detectar un micrófono, sino un giro, una transformación inadvertida, consistente en el surgimiento de una nueva abundancia encubridora. Algo queda opacado, no por una censura, no por una omisión o una ausencia detectable, sino por sobreabundancia y trivialidad. Destitución del sentido. Soledad pánica de Molly Bloom. De la abundante literatura distópica recordamos menos el tópico de las máquinas que fabrican historias que otros tópicos mucho más reiterados en relación con pérdidas de libertad bajo imperio del control. Que las historias, las experiencias, los afectos se irían a convertir en productos manufacturados de una industria pujante es algo menos recordado porque es una de las anticipaciones más consumadas. Mientras las literalidades totalitarias quedaron en las memorias como alegorías que requieren mediaciones interpretativas para ajustarlas o contrastarlas con lo que acontece, de las fábricas de historias no decimos mucho porque nos limitamos a producir y consumir tales bienes de intercambio. Lo hemos aceptado, y hemos aceptado ser eso, formar parte de ello. Cada gesto, mirada, pensamiento, localización que alcance alguna forma expresiva, por mínima que sea, es objeto de registro y relevamiento: datos. Alguien se detuvo frente a la vidriera de una librería contracultural, miró un libro de escasa difusión comercial y después cayó en profundo estupor ante la aparición de ese libro en sus redes. ¿Cómo le habían adivinado el pensamiento? GPS + historial + catálogo de la librería. Esa triangulación permite producir una suscitación consumista con escaso margen de error. El libro solo es objeto de ostensión publicitaria, es un anzuelo. Si no es advertido o no ocurre nada más, tampoco hay consecuencia alguna. No es como hablarle a alguien desconocido por error y tener que disculparse. No se está ocultando ese mensaje de un Sherlock Holmes en busca del asesino de la calle Morgue, sino que se está solo realizando una actividad legal y correcta: ofrecer productos en el mercado sobre la base de información que se accedió a proporcionar frente a la opción (poco realizable y poco práctica pero del todo legal) de no consentir. Tenemos la libertad de no consentir con el relevamiento de la información que cada vez nos desnuda más hasta convertir la palabra privacidad en un término careciente de significado, pero no lo hacemos, no lo podemos hacer y ya nos hemos resignado a consentir con lo que a cambio de tal pérdida y extravío nos devuelven como goces hedonistas de consumo. Con lo cual diré en qué estuve ocupado estas semanas mientras leía todo lo que podía sobre lo que sucedía e intentaba escribir al respecto. Tal propósito guiado por la discreta oportunidad -a diferencia de otros testimonios que afirman haber estado leyendo o trabajando en sus temas-, de incurrir en asuntos desocupados, dominios no transitados, ya de improbable ocurrencia. De inmediato llovieron escrituras infinitas, afanosas de decir o de narrar. Escrituras, verbalismos que concurrieron a un torrente pretendidamente discontínuo respecto de lo que antecedía pero decepcionante porque se le ven demasiado las costuras, las continuidades, la repetición. No es solo darse el tiempo de que se pueda hablar o pensar de otro modo. Aun sin una espera manifiesta, habría otra posibilidad: prestar atención a lo que sucede sin obedecer a los compromisos de continuidad a que nos someten las expectativas que nos disciplinan. Cuando la simultaneidad se convierte en ley y se cierran las compuertas espaciotemporales sometiéndonos a un estrechamiento de la conciencia, solo con la conciencia es posible vislumbrar una salida, o al menos desearla, adivinarla, intentarlo. O habría que decir en lugar de “solo con la conciencia”: no sin la conciencia. El asunto ahora es fotografiar esos mismos lugares antes del crepúsculo matutino y encontrarnos con la inanidad de publicarlos en la misma cuenta y en serie con las ya mostradas allí. Las fotografías no nos garantizarían verificar diferencia alguna, y nos suscitarían interrogarnos sobre qué cambió entre entonces y ahora. Y nos responderíamos en términos de hipótesis: lugares y apariencias no cambiaron, circulación de personas no cambió, lo físico visible no cambió. Lo que cambió es aquello que la fotografía no registra en forma directa. Cambió el aire. Cambió la intemperie. El exterior se replegó sobre sí mismo, como si implosionara, como si en estado de gravidez o en la profundidad del mar padeciéramos grandes diferencias de presiones, de esas que destruyen los en extremo precarios habitáculos que destinamos a tales lugares (y que a veces de modo aun más inadvertido estructuran las historias del fin). No hay tal encierro si no hay un afuera del que se nos prive, dado que ese exterior se volvió hostil, menos habitable, plagado de incertidumbre letal. En las nóminas temáticas de las distopías tampoco fuera tal vez central esta variante, aunque no estaba ausente, habría que ver. En cambio, la fabricación de historias, en lugar de ocasionar, como lo podría hacer una mirada distanciada, mudez e intemperie, nos parecen jurisdicción habitable, y así nos acompañan en el encierro, en la soledad del silencio gélido que atenaza nuestros cuerpos sometidos. Publicado en Alejandro Cerletti; Filipe Ceppas; Gabriela D’Odorico; Marisa Berttolini, Mauricio Langon, Olga Grau, Pablo Oyarzún, Walter Omar Kohan (Orgs). Narrativas confinadas: voces desde el sur — 1º ed — Rio de Janeiro: NEFI, 2020 — (Coleção coletivos:III). ISBN: 978–65–991017–3–1.
- El poliamor y el teorema de Tales / Daniel Rubinsztejn
El hombre hace el amor El hombre hace el amor con El hombre hace el amor con su El hombre hace al amor con su pene Llegó con un libro en la mano, léalo me dijo. Es mi guía: Ética promiscua Proponen las autoras una vida de placer con la convicción de que el poliamor, en la singularidad de cada quien, es una vía para alcanzar alguna felicidad. “«Putón» es una persona de cualquier género que ensalza la sexualidad de acuerdo con la idea radical de que el sexo es agradable y que el placer es bueno para ti”. Tratos entre las personas, acuerdos a respetar en la pareja con tal y/o con tales. Intentos de encuentros con varios, evitando el maltrato. Se pregunta cómo satisfacer a ambas, a muchas. Cercado por demandas, que se han multiplicado. Límites del trato que trata de sostener. “Los putones comparten su sexualidad al igual que las personas filantrópicas comparten su dinero: porque tienen mucho para compartir, porque les hace felices hacerlo, porque compartir hace del mundo un lugar mejor”. En la cuarentena se ve obligado a la monogamia, se desvanece por semanas el poliamor… ¡Y el contagio! El programa para el amor se suspende. Una promesa que si no es ahora será en otra ocasión. Anagramas de teorema, que incluyen a un dios y al amor. Hay que remarla. Teorema de las proporciones: “Si dos rectas…”. ¿Cómo vivir una vida sin proporción entre un cuerpo y otro cuerpo? Si dos cuerpos… ¿Cómo vivir marcados por la sexualidad que siempre lleva un grano de insatisfacción? ¿Cómo hacer (que) el amor prometa y defraude? Volver a hacer y que vuelva a defraudar. Con, con su… pareja. Su: ¿se apropia? Y si el instrumento responde y se yergue orgulloso, deja de ser -a veces- instrumento para devenir su partenaire. Y ella y él, desaparecen. Sexualidad, amor, dinero. El inconsciente gusta de esas equivalencias.
- Textos del desorden alimenticio dichos en arcada / Emilio García Wehbi
(fragmentos del texto TIESTES Y ATREO, versión escénica de Emilio García Wehbi de la obra TIESTES, de Séneca; montaje estrenado en el Teatro Nacional Cervantes durante la temporada 2018/19). SOLILOQUIO DE LA ANORÉXICA Padre, en mi boca sólo sombras. ¿Me gustaría tener más agujeros? Sí, juventud es eso. Muchos agujeros para hacer muchas sombras. Sombras, nada más. Te voy a mostrar algo, papá, que no es ni tu sombra por la mañana extendida delante tuyo, ni tu sombra por la tarde saliendo a tu encuentro, te voy a mostrar mi miedo en un puñado de polvo-. ¡Nada entra y todo sale, pa! ¡Todo sale! Lo que se supone que ya estaba en el interior, como pan levando en el horno. Ni la mugre debajo de las uñas aumentarán mi peso específico. Soy un rugido de vómitos derribando personas a mi alcance. Lágrimas, lo único que puedo devorar, y sólo en pequeños trozos. Las ventanas del cuerpo están tapiadas, y por suerte el agua no hace sombra. ¡Aquí vienen, aquí, por favor arcada y vómito, a mí, guardias, a mí! Probá papá, si estás insatisfecho, probá. Total, los rastros de la memoria van a quedar. Agarrame de la cintura con una sola mano, vas a ver que podés, y apretá, apretá como apretás tus latas de cervezas, no duele, total, lo que no se daña ahora se dañará más adelante. Y cuando entre tus dedos índice y pulgar haya sólo dos centímetros y ahí quepa también mi cuerpo, estaré lista para ser etérea. Como una mariposa negra. Ya no me podrás ordeñar, sólo matar. Todo, hasta lo que no tienen lo rompen, lo petrifican; pisoteando, arrancando... Y yo sólo engullo el aire. Pero los rostros blancos de los otros mirando impasibles mi mandíbula deformada, el sudor y la cara manchada de lágrimas, eyaculándolo todo de nariz, boca y ojos, como aguas danzantes, gritando gritando ¡gritando! Sale el agua y entran sombras. Como un animal me tiro sobre mi presa: debo tener eso, ser todo eso, todo sombras. Escucho tu voz. -Ya sé, hija, ya vas a crecer, ya vas a crecer, espiga de maíz. Te voy a hacer una hermosa despedida de tu juventud niña, tu juvenilia y de pronto zas. La fiesta está por terminar. No necesitás romper tu propio cuerpo como un huevo, eso es fácil; yo lo romperé por vos cuando ya seas gallina. Y me beberé tu caldo-. No papá. No puedo dejarte entrar en mi reino sombra de sombras. Nadie dijo que ser una princesa fuera fácil. Todos ustedes me sobrevivirán, todo va a durar más tiempo que yo y con menos ojeras. Entre mordisco y mordisco, sombras, para escupir al colono padre que usurpa un cuerpo que cree pertenecerle. ¡Que no me toque! Toneladas de cuerpos trabajando a mi alrededor para ser cómplices del pasado, ¡que no me toquen! Desde mi sala de la juventud me como las mejillas por dentro. ¿Eso quieren? Ya está, ya comí gracias, no quiero postre. Mis dientes de leche, me los trago y ya tengo de todo para seguir: proteínas, calcio, fósforo, magnesio, potasio. Ya me basto. Pero entre el potasio y el fósforo seré bomba humana, nunca tan bonita, nunca tan peligrosa. Y ahí sí que les voy a decir basta. Mi trabajo es sucio, yo soy la oscuridad, ¿y qué? Velo por ella, la sombra, por ser más liviana que el aire, más delgada que una pluma. Comer, tragar, digerir, cagar, eso no más para mí. Yo puro palo huesudo. Para que no se le haga agua la boca a nadie más. Yo umbría. Mi cuerpo se ha ido, todo se ha ido, soy la que ya se fue, la que se deslizó por entre las rocas, como una cagada de pájaro que chorrea hasta el mar. SOLILOQUIO DE LA BULÍMICA Nada debo temer, nada debo comer. Papis fans hacen que lloran a la niña; asustan, pueden causar verdadero horror a esta niña tetra-pak. ¡Estos terribles enjambres de padres, estas terribles codicias, entusiasmos con rostros inmóviles, miran pétreos a la pequeña boca niña que los enfrenta, y este grito horrible aturde, porque ellos siempre lloran por encima de todo, reclamando propiedad! ¡Todos caen sobre la niña! Todos los moscones, los moscones, los moscones. Pero en boca cerrada no. Ellos sí que pueden conducir sus análisis de sangre de la existencia, sus ADN de pertenencia, propiedad y tradición. No. En traición se transforma la papilla del Nestún dentro de mi boca hinchada porque no estoy siendo Pedrito la papa, la papa para Pedrito, que por ahí quiere entrar papito. No. Como torrente lo expulso, como emanación gástrica, géiser en medio de tu campo de Asfódelos. Se va a enterar papito, ese amigo de las heladeras con candado. Llantos, gritos: -¡llorá, gritá si querés!-, y el rostro inmóvil casi sonriente, apenas un pequeño temblor del labio inferior de la boca que deja entrever los temibles colmillos de su estúpido hocico psicoanalítico-domesticador, desgarrador, con olor a pescado de pasta de dientes. Asco. -Tal vez después, terrible niña, te daré mi corazón para que lo comas, para que hagas un miedo de él; sí, él, latiendo al rito de un torrente pop que grita para hacer brotar de la boca del mundo un manantial de palabras de amor e inundar con mi desagüe tu pequeño estuario, que hay promo 2 x 1, y es happy hour, nena, comen dos y paga uno-, dice el Papá Geno, este vendedor de pájaros. También canta esto: Ein Netz für Mädchen möchte ich,/Ich fing sie dutzendweis für mich;/ Dann sperrte ich sie bei mir ein,/ Und alle Mädchen wären mein./ Wenn alle Mädchen wären mein,/ So tauschte ich brav Zucker ein. /Die, welche mir am liebsten wär. O sea: -¡Me gustaría tener una red / para muchachas, / las cazaría por docenas! / Luego las metería en la jaula / Y todas ellas serían mías. / Si todas las muchachas fueran mías, / las cambiaría por azúcar-. Eso canta Papá Geno. -Pero estas niñas no muestran perspectivas, no dejan de tener aproximación a casi nada, no quieren no ser niñas pop para consumir nuestras sopas Naomi Campbell, y les condimentamos la ensalada con el vértigo del menú de Netflix, que hay para todas las papilas gustativas, y ellas obedecen y se zampan temporadas de madrugadas completas pero luego lanzan al retrete contrachorros espumantes de desayunos, y se dan vuelta como una media y te lo muestran todo, muestran las entrañas y todo lo que no se debe ver, y cuidado con verle los ojos a la Medusa; y entonces aullidos, rugidos-. Entonces correr y gritar, y correr más fuerte y más rápido. De la habitación al baño, con el cinturón lo más apretado posible, con un vaso de agua siempre a mano. Para que en la boca hecha agua se disimule el llanto. Y es hermoso, porque en la habitación soy la vaca asquerosa pero en el baño la princesa hermosa. En el baño son siempre antes de las 12 y la carroza nunca será calabaza. Y si pasan de las 12 me la zampo, a la carroza, junto con los ratones. Para que de mi boca sólo salgan mariposas y libélulas, y salgan cada vez menos centímetros y menos gramos. Stay strong. You'll be beautiful forever.
- Destrucciones / Juan Gelman
El 28 de marzo de 1941, Virginia Woolf se suicidó arrojándose a las aguas del río Ouse, cercano a su mansión de Sussex. Tenía 59 años y era presa de un enésimo soplo de insania. En su novela Las olas había imaginado ese momento: “Innumerables y pequeñas olas grises se extienden delante de nosotros. Ya no toco nada, no veo nada. Podríamos caer y reposar sobre las olas (...). Seré arrollada por una ola. Otra me llevará en sus hombros. Todo se derrumba en una catarata gigantesca en la que me siento disolver”. Pero sería un error suponer que la capacidad innovadora de esa gran novelista era producto de los períodos de oscuridad, violencia y aullidos incoherentes que cada tanto padecía. Hay secretas relaciones entre locura y escritura: la primera suele terminar con la última, pero nunca al revés. Ambas avanzan por territorios colindantes y poco puede hacer la palabra, oral o escrita, ante la demencia empeñada en destruirla. Tal vez eso sea la locura: una empresa de abolición de la palabra. En un libro evitable, publicado diez años después de la muerte de Virginia, su esposo Leonard Woolf cuenta que cuando ella sufría esos estados “oía cantar a los pájaros en griego”. Pero ningún pájaro canta en griego en sus nueve novelas y menos aún en sus brillantes reseñas y ensayos literarios, salpicados de una atención que rescata detalles biográficos curiosos de los autores visitados y es impulsada por la obsesión de descubrir cómo se escribe la escritura. Como si buscara en la obra de otros la explicación –nunca hallada– de la complejidad del ser humano. Una vez se preguntó cuántos Yo tiene una persona. Se respondió: “Algunos dicen que dos mil cincuenta y dos”. Escribía con gracia y rapidez esos artículos, pero los trabajaba con previo rigor. Para preparar un texto sobre Defoe leyó toda su obra a razón de un libro por día, apremiada por la fecha de entrega a una revista. En sus diarios personales asoman quejas de fatiga por esa labor, deseos de hacer menos periodismo literario o de pedir más dinero por sus colaboraciones. Más en serio que en broma habló de que llevaba “una vida de jamelgo”. No le gustaba escribir para publicaciones de Estados Unidos, pero le pagaban más. Pensaba que la literatura yanqui era algo no ocurrido todavía: “Escuchamos el primer vagido y la primera risa del niño abandonado por sus padres, hace 300 años, en una playa pedregosa y que sobrevivió por sus propios esfuerzos y es un poco resentido, altanero y desconfiado y presumido en consecuencia y hoy pisa los umbrales del ser hombre”. Sólo que esa literatura ya había dado a Mark Twain, Hawthorne, Poe, Emily Dickinson, Melville, Longfellow, Whitman, y advenían Hemingway, Faulkner, Dos Passos, Hilda Doolittle, Ezra Pound. Nadie está exento de errores de visión. Tolstoi opinaba que Los hermanos Karamazov de Dostoievsky era un desastre. Virginia Woolf practicaba lo que podría llamarse un feminismo clásico que, como el de Sor Juana Inés, bregaba por el acceso de la mujer al universo del pensamiento, monopolizado por los hombres. En Un cuarto propio reflexionó sobre las presiones sociales que imprimen determinada dirección a la escritura de las mujeres. Ejerció en su caso una fuerte autocensura, como se advierte en el primer manuscrito de Orlando, publicado hace unos años. Anotó en su diario: “He estado pensando en los censores. Esas figuras tan visionarias que nos amonestan. Si digo tal o cual cosa, me calificarán de sentimental. Si digo tal otra, de burguesa. Hoy todos los libros me parecen rodeados de un círculo de censores invisibles”. No obstante, se guió fiel a su preocupación central: “El estilo es una cuestión muy simple –dice en carta a su amiga Vita Sackville-West–; todo radica en el ritmo. Una vez que se lo encuentra, es imposible equivocarse con las palabras. Por lo demás, estoy aquí sentada, después de media mañana, atiborrada de ideas y visiones y demás, no puedo sacarlas de mí por falta del ritmo adecuado. El ritmo es algo más profundo que las palabras”. Son ideas que poco tienen que ver con la locura. Esta hija de ámbitos aristocráticos, pilar del distinguido y exclusivísimo grupo literario de Bloomsbury, sobre todo encarnizada en captar el instante, la esencia de lo ilusorio, el flujo de la conciencia, el tiempo como corriente de momentos dispares y aun de años y de siglos, supo trascender su elitismo. En la novela El cuarto de Jacobo (1922), la primera en que aparece su estilo ya maduro, la guerra del 14 está presente de manera indirecta y amenazadora. Esa conflagración mundial, según el crítico Vincent Sherry, mostró las grietas del patriciado británico y “sus análisis carentes de razón, que reducían la lógica de Estado a proclamaciones sin lógica, abrieron un espacio de libertad verbal e imaginativa de la que esta novela sería uno de los primeros registros”. La escritora tampoco anduvo escasa de sensibilidad para las tragedias colectivas. Después del bombardeo de Guernica en 1937, el gobierno británico dio refugio a cuatro mil niños vascos ahuyentados por el avance de las tropas franquistas durante la Guerra Civil Española. Con los ojos llenos de lágrimas, Virginia Woolf los vio cómo “una cansada procesión que huía, arrastrando los pies, empujada por las ametralladoras de los campos españoles, para recorrer con fatiga Tavistock Square, luego Gordon Square, y luego ¿qué lugar?, aferrando sus jarros esmaltados”. Tres años más tarde un bombardeo de la aviación nazi hacía pedazos la casa de Gordon Square en la que ella vivía desde la muerte de su padre. “Alcancé a ver –escribió– un paño de pared de mi estudio todavía en pie: escombros era el resto de donde escribí tantos libros”. Poco después Virginia Woolf se suicidó. Tal vez los nazis habían destruido algo más que su casa. 18 de octubre 1998 Fuente: Gelman, Juan (2004). Miradas. Editorial Seix Barral. Buenos Aires, 2005.
- Letanía de la supervivencia / Audre Lorde
Para aquellas personas que vivimos en la orilla sobre el filo constante de la decisión, cruciales y solas, para quienes no podemos abandonarnos al sueño de la elección, a quienes amamos en los umbrales, mientras vamos y volvemos, en las horas entre amaneceres, mirando hacia dentro y hacia fuera, al tiempo antes y después, buscando un ahora que pueda alimentar futuros, como el pan en la boca de las personas pequeñas, para que sus sueños no reflejen la muerte de los nuestros: Para aquellas personas de nosotras que fuimos marcadas por la impronta del miedo, esa línea leve del centro de nuestras frentes, de cuando aprendimos a temer mamando de nuestras madres porque con este arma, esta ilusión de que podría existir un lugar seguro, los pies de plomo esperaban silenciarnos. Para todas nosotras personas, este instante y este triunfo supuestamente, no sobreviviríamos. Y cuando el sol amanece tememos que no permanezca en el cielo, cuando el sol se pone tememos que no vuelva a salir al alba, cuando nuestro estómago está lleno tememos el empacho, cuando está vacío tememos no volver a comer jamás, cuando nos aman tememos que el amor desaparezca, cuando estamos en soledad tememos no volver a encontrar el amor, y cuando hablamos tememos que nuestras palabras no sean escuchadas ni bienvenidas, pero cuando callamos seguimos teniendo miedo. Por eso, es mejor hablar recordando que no se esperaba que sobreviviéramos. Fuente: The Black Unicorn, W. W. Norton, 1978. Traducción de Michelle Renyé. A Litany for survival For those of us who live at the shoreline standing upon the constant edges of decision crucial and alone for those of us who cannot indulge the passing dreams of choice who love in doorways coming and going in the hours between dawns looking inward and outward at once before and after seeking a now that can breed futures like bread in our children's mouths so their dreams will not reflect the death of ours: For those of us who were imprinted with fear like a faint line in the center of our foreheads learning to be afraid with our mother's milk for by this weapon this illusion of some safety to be found the heavy-footed hoped to silence us For all of us this instant and this triumph We were never meant to survive. And when the sun rises we are afraid it might not remain when the sun sets we are afraid it might not rise in the morning when our stomachs are full we are afraid of indigestion when our stomachs are empty we are afraid we may never eat again when we are loved we are afraid love will vanish when we are alone we are afraid love will never return and when we speak we are afraid our words will not be heard nor welcomed but when we are silent we are still afraid So it is better to speak remembering we were never meant to survive Jacob Lawrence, The Migration Series, panel 1722 , año 1940–41
- Adynata Octubre
Quizás el algoritmo no logre hacernos recordar todo lo que ha podido y, ojalá, pueda octubre. El algoritmo no sabe que “en cada instante vivido nos pasa la vida, en cada recuerdo anidan memorias de la civilización”. Octubre, mes de matanzas y revoluciones. De días soleados y turbas ensombrecidas. De tierras donde falta agua y agua usada para asesinar vidas. El mundo ha dejado de estar como estaba y queremos que lo imposible se haga lugar, que se anime a disparates y mundos estremecidos, con reveses, peces volando y lenguas disparatadas. Se trata de imaginar mundos posibles sin crueldades, sin injusticias. Sin policías asesinas ni bosques arrasados. Con aulas alteradas en las que langostas gigantes sepan que allí no hay lugar para adoctrinamientos. Con cuerdas para alojar dolores y angustias desde invenciones sonoras, sororas. Mundos con la especialidad de “descomprensionología”, que radicalicen búsquedas con planes de prevención y promoción que sepan que lo vivo evita encierros, incendios y ahogos y busca un común cuidar, un común reír, un común sentir entre cercanías y distancias. Mundos en los que la ética se encuentre fundada y demostrada en el orden poético, en los que lo vivo sea alabado como dios spinoziano y tengamos la invisibilidad como superpoder. (VPS)
- Memorial / Audre Lorde
“Porque soy una mujer, porque soy negra, porque soy lesbiana, porque soy yo misma, una guerrera negra haciendo mi trabajo, que viene a preguntarles: ¿están ustedes haciendo el suyo?”. Audre Lorde (Harlem, Nueva York, 1934- 1992). MEMORIAL I Si vienes tan callada como el viento en la arboleda oirás quizá lo que yo oigo verás lo que ve la tristeza. Si vienes tan ligera como el rocío entretejido te acogeré encantada y te pediré lo mismo. Puedes sentarte a mi lado como un suspiro silente y solo los para siempre muertos se acordarán de la muerte. Si vienes, me quedaré callada y no te diré palabras agresivas; no te preguntaré por qué, ahora, ni cómo, ni lo que sabías. Sí, nos sentaremos aquí en silencio a la sombra de distintos años y la rica tierra entre nosotras se beberá nuestro llanto. Fuente: Entre nosotras (Antología) de Audre Lorde. Edición de Michel Lobelle. Colección Visor de Poesía, 2020
- Post Guardia XI / Débora Chevnik
Querido Lucas, Cuando Daniel y Estrella te trajeron al hospital nos contaron que los días anteriores estabas viviendo en un Hogar por Constitución. Daniel nos dijo que solías irte, vagabundear unos días y volver. Que lo mismo había pasado en otros hogares, hospitales y comunidades terapéuticas. Y también en tu casa. Contaron que cada vez que salías por ahí volvías muy puesto che. Que hasta nafta tomaste. Tenías que ver cómo hablaban, querían contar todo. Hicieron toda la fuerza del mundo para que estuvieras internado. Parecían hartxs de toparse con el clásico “acanoismo” de tantas instituciones. Dijeron que pensaban que necesitabas consumir para soportar tanto dolor. Los otros días charlábamos con unas compañeras y nos preguntábamos qué onda eso para vos. Terminamos hablando con unas palabras que creo que nosotras mismas no entendíamos bien. Escuchate esto: decíamos errancia, itinerancia, impermanencia, fordatear, deambular. Nos perdimos entre tantas palabras. Después, a cada rato, se me aparecía una incógnita nueva. ¿Cómo eran esos viajes? ¿Te hiciste algún amigx? ¿Tenías un árbol favorito en alguna plaza? Te quería preguntar pero la ocasión no se daba. ¿Te inventabas algún recuerdo a donde ir? ¿Probaste jugar a buscar parecidos entre gente desconocida? ¿Alguna de las instituciones por las que pasaste estuvieron a la altura de lo que necesitabas? Y al otro día… ¿Te pasó que alguna música desviara tu paso? ¿Alguna vez jugaste a caminar con los ojos cerrados? Hablando de cerrar los ojos…te cuento algo pero no te rías. La habitación en la que dormimos tiene rota la cortina. Es una pavada, nada más tendríamos que conseguirle una tela de 1 x 1 pero nos colgamos y todavía no lo hicimos. Justo en frente hay una obra en construcción y tiene mil tubos de luz. Para poder dormir siempre me paro arriba de una mesita bastante enclenque y cuelgo una frazada en el caño. Cuando estoy haciendo equilibrio, ahí, en medio de esa destreza, a veces pienso en mi neurocirujano, un tipo bárbaro que me operó la columna. Otras veces pienso en vos Lucas. Y en que no sabemos cómo ayudarte. Imaginate. Si no conseguimos arreglar una simple cortinita... Espero que no te tomes a mal esto que te conté aunque, quizá, sea mucho pedir.. Pero es cierto, no sabemos cómo ayudarte. Y no sabemos qué hacer cuando no sabemos algo. Tener problemas no es para cualquiera. Muchxs dicen que sos “un caso social”. Algunxs, que sos “un pibe en situación de calle”. Recordando lo que contaba Daniel, que te conoce hace mucho, me preguntaba cómo te sonaría la idea de “un pibe en situación de soledad pero lleno de osadía”. Tenía ganas de contarte algo más. Una vez cuando era chica me dijeron que dudaron si ponerme mi nombre o si llamarme Catalina. Vos sabes que miles de veces que me enojé con la vida, entre putiada y putiada, me pregunté si mi vida hubiera sido diferente llamándome Catalina. Catalina…te imaginás?! Y a vos, ¿te gusta el nombre que te eligieron? Lucas. Para mí es hermoso. En el laburo solemos hablar sobre lxs pacientes. Hablamos, escribimos algo que llamamos informes, abrimos historias clínicas…sobre ustedes, lxs chicxs que llegan a los hospitales. Sobre: quiere decir arriba, quiere decir superioridad. También, ir al sobre es cuando estamos cansadxs. Y pasar un sobre, cuando hay tongo. Me parece que estamos intoxicadxs de hablar sobre. No será nafta, pero es igual de corrosivo. Hablamos sobre ustedes. Y otrxs hablan sobre nosotrxs. Urge hablar con, pero el con, Lucas, arruina las jerarquías, no tiene arriba ni abajo, no hay unxs sobre otrxs. Y a eso…a eso Lucas querido…no sé si estamos dispuestxs. No sabemos pensar sin esquemas, fuera del amparo. Y ni ahí que sabemos vagabundear; mucho menos pensar en las fronteras. Algunxs dicen “no podemos cambiarle el perfil a un hospital”. Tenemos miedo de aventurarnos y ensayar alguna forma de recibirte. Y que con vos, entre “la calle”. En otras consultas, por suerte, aún nos preguntamos cómo ofrecer un lugar. Ojalá nos dure. Quizá una manera de arrancar sería preguntarte a vos, qué te anda pasando o si te podemos ayudar de alguna manera. Después de todo nos dedicamos a temas de salud. Pero sabes que pasa…tenemos miedo que nos caguen a pedos. Nos da pánico quedar expuestxs. ¿Vos cómo haces para desertar del miedo? Lucas, no seas un extraño! No somos blandxs, somos blancxs. No perdemos la forma ni deseamos practicar la debilidad. Naufragadxs entre criterios y protocolos y títulos y abogadxs y contactos, creemos que somos quienes abrimos y cerramos las puertas. Ranchamos así. Por momentos tomamos una institución y custodiamos mohosas costumbres. (¿Nos daremos cuenta?). Tenemos una identidad inquebrantable; no perdemos el nombre tan fácilmente. Un hospital más o menos de la misma época que la conquista del desierto. Hay quienes dicen que estamos un poco rancixs. Tal vez. Lucas querido: te estrellaste con un hospital de acero. ¿Te enteraste que Norman Briski escribió una obra de teatro? Dice que quienes están viviendo en Guernica, en casillas, y de manera muy precaria, encarnan el espíritu de aquellxs que fueron echadxs y masacradxs. Dice que no es una toma y que no son ocupas: devela que son lxs rajadxs de todos lados. Leer eso me hizo acordar a los “acanoismos” de tantas instituciones. Cuánta admiración saber que han logrado politizar sufrimientos tan hondos. Estamos en un callejón sin salida Lucas. Sabés que el otro día, a un amigo, se le ocurría un intento de “salida”. Tomó los maderos de una cruz para señalar que podíamos hablar hacia arriba y hacia los costados. Decía que hablando entre diferentes instancias podíamos llegar a un acuerdo. Aún hay creyentes en eso de “hablando se entiende la gente”. Las jerarquías de un hospital apoyadas en una cruz. ¿Me crees si te digo que cada vez entiendo menos? Qué bien nos haría inventar la especialidad de “descomprensionología”! Me parece que de esta encrucijada, no salimos sin poesía. Fórmula ética o muerte. El acero no tiene memoria. Y necesitamos hacernos de alguna memoria de los encuentros con lo que no sabemos, no queremos y no podemos. Necesitamos de una corajuda debilidad y de una memoria que quede mutando en nuestros cuerpos para alimentar nuevos por venires… ¿Conocés a María Elena Walsh? Ya se que te encanta el Duki! Pero dale, un changüí para María Elena. Hay una que dice: “Me dijeron que en el reino del revés cabe un oso en una nuez, que usan barbas y bigotes los bebés, y que un año dura un mes” Te prometo que voy a escuchar al Duki. Me cuesta…lo reconozco! Pero también reconozco que es hora de empezar a mezclar nuestras músicas. Para terminar, Lucas, te quiero mandar un abrazo. Y me despido también abrazando la ilusión de que en tus viajes, y en esos mientras tanto que encuentres en las instituciones, el azar te cruce con lxs amigxs y con las gratas sorpresas que, estoy segura, esta vida tiene reservadas para vos.
- Acalantos en estado de esperar / Cynthia Szewach
Morimos, algo extraño, pero siempre después Joaquín Gianuzzi Una niña se tapa los oídos cuando oye pasar ambulancias o algún camión de bomberos. Tiene miedo. Cuando era más pequeña temía a las aspiradoras, a la licuadora, a los aviones. Ahora, desde hace poco tiempo, al sonido de esas sirenas. Su madre la abraza, la intenta calmar. Le dice que hay que esperar. Esperar que pasen, que enseguida se escuchará un sonido muy lejano, chiquito y desaparecerá. La niña contesta que, eso lo sabe, pero que lo que más miedo le da, estos días, es que ese ruido tan fuerte se detenga en la puerta de su casa. Cimbronea en la infancia el cuerpo que pregunta, llora, se protege, llama. Los tiempos de pandemia oportunean a la madre cerca. En la lucha por el vivir, a partir de cierto hecho cardinal desconocido, dice Freud, las fuerzas de destrucción son una gigantomaquia “Que nuestras nodrizas intentan apaciguar con su arrullo”. ¿De qué modo apacigua ese canto una fuerza destructora? Acalanto es la palabra en portugués, para canciones de cuna para arrullar a los niños. Da calma y calidez, acurruca, alivia, suaviza, acaricia esperanza o desesperanza. Está determinada por la cadencia, más que por su letra. “Dorme minha pequeña, nao vale a pena despertar”. Paradoja de la pluma de Chico Buarque La espera injerta al cuerpo temporalidad. El estado de aguardar con cuidados en estos tiempos, es un hecho político, personal y colectivo. No se trata de víctimas de la espera, como lo que homenajea Di Benedetto en la dedicatoria a Zama. Es para “cuando nos veremos con los demás, al borde de una mañana eterna, desayunados todos" en letra de César Vallejos. Encontrarse sin recursos o suponerse sin recursos para hacer frente, tiene como sentimiento, el desamparo. Se queda entre la huida o la espera. Entre fugarse y aguardar. Tiene que ver con carecer del cuidado de aquél que daría protección.La angustia señal ya incluye la Erwartung, la espera, que hagamos de ello la razón para escapar, o hostilizar, es otra cosa. No es lo mismo lo suspendido que lo perdido. La vida suspendida. La vida en suspenso. Suspender lo vivido. Un suspenso en el vivir. Se suspendió la vida. Ninguna opción es lo mismo que decir “año perdido”. En todo caso, lo suspendido es una relación a la pérdida. A lo diferido, al peligro o al hecho de incluir el morir. A veces hay vidas en estado de subordinación, “cuando pase esto, entonces haré…” o en estado de gerundio, “esperando…”. También hay suspensiones que acumulan violencias. A cada quien la pandemia lo encontró en algún lugar: en la espera de un hijo, en la separación de un amor, en la violencia de una casa sin refugio, en la terminación de un ciclo, en el tedio de un lazo dormido, en la preocupación por el pan cotidiano, cuidando a un padre en su vejez, atravesando una enfermedad, durmiendo en la calle sin techo, en un espacio de encierro, con el primer amor, en el ingreso a un nuevo ciclo… La peste se propagó en Tebas, y nos resaltó la frase "todos los hombres son mortales". No nos vale su uso lógico, sin cuerpo, Lacan fue atinente al decir, que para que ese "todos" se convierta en algo imaginable y no un puro simbólico, es preciso que cada uno se sienta concernido en particular por la amenaza. Otra escena: una joven es maltratada por su padre. El virus la ha colocado en estado de mayor acechanza que lo habitual. Se visibiliza esta vez su voz. Hay huellas en el cuerpo. Se interviene desde una institución en su defensa. Se dan aperturas a la transferencia con un analista que -entre la pantalla y el pasillo de una sala de espera ventilada con la distancia imprescindible- posibilitan encuentros nuevos, puestos desde donde estar. El amor, si no se falta a la cita, junto al enigma de saber, destronan en ese acto un riesgo y un peligro. Es una asimetría abstinente del ejercicio de poder. Una vez vino a la sesión una jovencita que padecía tiempos insomnes. Durmió en el diván casi todo el encuentro. Decidí no despertarla. Sin moverme del sillón, esperé que se despierte. Dormir a solas con otro presente, sin peligrar. Algo giró. No sólo fue acalanto. Winnicott escribe en 1958 “La capacidad para estar a solas” un modo de estar con otro que funda la soledad como posible. Planteo, ahora, otro tiempo que nombro como “La capacidad para dejar a solas”. Habilitar separaciones. Aún en el interior de una habitación. Hay “El otro lado de la esperanza”, en la película del cineasta Kaurismaki. Pequeños gestos, abrigos incógnitos, secretos valientes, miradas diferentes que habitan vecindad. Mínimos actos de inclusión de los excluidos, que quedan en las sombras, que buscan asilo. Actos anónimos de enfermeros, enfermeras, médicos, médicas, psicoanalistas, recepcionistas. Kaurismaki hace su cine como poesía, aclara, la esperanza, la coloca en la fuerza de las mujeres. Son tiempos en general, tristes. En el cuento Luvina, Juan Rulfo dice que ese pueblo, es un lugar muy triste, donde anida la tristeza, no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente “le hubieran entablado la cara”. Carlos Gorriarena, aunque se refería al espacio pictórico expresó: “No se puede hacer un picnic en un campo de batalla”. Algunos queman barbijos como festividad obscena, frente a tanta herida. Algunas esperas pueden ser desasosiegos. Cuando trasladaron enfermo a un ser querido y no se sabe nada, cuando nadie responde el teléfono y no hay manera de acercarse, cuando hay muerte y no hay despedida y no hay última palabra y ni una mirada. “Lo que me queda de él, lo que se llevó de mi…lo que arrasó la urgencia”. Apostamos a que se sigan implementando los modos cuidadosos, delicados, de establecer contactos, de ritualizar la pérdida, de dignificar el dolor del duelo. En nuestra práctica, la de la escucha analítica, (lo que llamo) lo ausencial inaugura para nosotros un espacio posible de la presencia, en tanto instituye Otra escena donde ubicar lo que se ausenta. ¿Qué ausencia pone en juego en términos de lo que nos compromete en la escucha? Lo ausencial siempre está en relación a lo presencial, palabra que viene usándose para nuestra práctica transportada de otros sitios. En lo ausencial, ese Otro contar,inventamos formas del Da-Fort.
- La persona y lo sagrado / Simone Weil
''No me interesas". Esta es una frase que un hombre no puede dirigir a otro hombre sin cometer una crueldad y lesionar la justicia. "Tu persona no me interesa". Esta frase puede tener lugar durante una conversación afectuosa entre buenos amigos sin herir aquello que hay de más delicadamente susceptible en la amistad. También diremos sin rebajarnos: "Mi persona no cuenta", pero no así: "Yo no cuento". Es la prueba de que el vocabulario de la corriente de pensamiento moderno llamado personalista está errado. Y en este dominio, allí donde hay un grave error de vocabulario es difícil que no haya un grave error de pensamiento. Hay en cada hombre algo sagrado. Pero no es su persona. Tampoco es la persona humana. Es él, ese hombre, simplemente. En la calle hay un transeúnte que tiene largos brazos, ojos azules, un espíritu atravesado por pensamientos que desconozco, pero que tal vez son mediocres. No es su persona ni la persona humana en él aquello que me es sagrado. Es él. Él en su integridad. Los brazos, los ojos, los pensamientos, todo. Yo no dañaría nada de todo ello sin infinitos escrúpulos. Si la persona humana fuera en él aquello que es sagrado para mí, yo podría fácilmente arrancarle los ojos. Una vez ciego, será una persona humana tanto como lo habrá sido antes. Yo no habré tocado para nada a la persona humana en él. No habré destruido más que sus ojos. Resulta imposible definir el respeto por la persona humana. No es solamente imposible definirlo con palabras. Lo mismo sucede con muchas nociones luminosas. Pero esta noción tampoco puede ser concebida; no puede ser definida, delimitada por una operación muda del pensamiento. Adoptar como regla de la moral pública una noción imposible de definir y de concebir es dar paso a toda suerte de tiranías. La noción de derecho, lanzada por todo el mundo en 1789, fue, por su insuficiencia interna, impotente para ejercer la función que se le confiaba. Amalgamar dos nociones insuficientes hablando de los derechos de la persona humana no nos conducirá más lejos. ¿Qué es lo que me impide exactamente arrancarle los ojos a este hombre, si tengo el permiso y eso me divierte? Aunque él me sea sagrado por entero, no me resulta sagrado desde cualquier punto de vista, en todos los aspectos. El no es sagrado para mí en tanto que sus brazos resultan ser largos, en tanto que sus ojos resultan ser azules, en tanto que sus pensamientos tal vez son mediocres. Ni, si es duque, en tanto que es duque. Ni, si es trapero, en tanto que es trapero. Nada de todo eso retendrá mi mano. Lo que la retendrá es saber que si alguien le arrancara los ojos, tendría el alma desgarrada por el pensamiento de que se le hace un mal. Hay, desde la primera infancia hasta la tumba, en el fondo del corazón de todo ser humano, algo que, a pesar de toda la experiencia de los crímenes cometidos, sufridos y observados, espera invenciblemente que se le haga el bien y no el mal. Esto es lo sagrado en todo ser humano antes que ninguna otra cosa. El bien es la única fuente de lo sagrado. No hay nada sagrado que no sea el bien y lo relacionado con el bien. Esta parte profunda, infantil del corazón que siempre espera el bien, no es la que está en juego en la reivindicación. El niño que vigila celosamente si a su hermano le han dado una porción de torta un poco más grande que a él cede a un móvil proveniente de una parte mucho más superficial del alma. La palabra justicia posee dos significaciones muy diferentes que tienen relación con estas dos partes del alma. Solo importa la primera. Todas las veces que surge desde el fondo de un corazón humano el lamento infantil que el mismo Cristo no pudo retener: "¿por qué se me hace el mal?", hay ciertamente injusticia. Porque si, como sucede a menudo, eso es solo el efecto de un error, la injusticia consiste entonces en la insuficiencia de la explicación. Los que infligen los golpes que provocan este grito ceden a móviles diferentes según los caracteres y según los momentos. Algunos encuentran en ciertos momentos una voluptuosidad en este grito. Muchos ignoran que es proferido. Porque es un grito silencioso que suena solamente en el secreto del corazón. Estos dos estados de espíritu son más cercanos de lo que parece. El segundo es un modo debilitado del primero. Esta ignorancia se conserva de manera complaciente, porque agrada y contiene también ella una voluptuosidad. No hay otros límites a nuestros deseos que las necesidades de la materia y la existencia de los otros humanos a nuestro alrededor. Toda expansión imaginaria de estos límites es voluptuosa, y así hay voluptuosidad en todo aquello que hace olvidar la realidad de los obstáculos. Por eso las conmociones, como la guerra y la guerra civil, que vacían las existencias humanas de su realidad, que parecen hacer de ellas marionetas, son tan embriagadoras. Por eso también la esclavitud es tan agradable para los amos. Entre aquellos que han sufrido demasiados golpes, como los esclavos, esta parte del corazón a la que el mal infligido hace gritar de sorpresa parece muerta. Pero nunca lo está por completo. Solamente no puede gritar más. Está situada en un estado de gemido sordo e ininterrumpido. Pero incluso entre aquellos en quienes el poder del grito está intacto, este grito casi no consigue expresarse hacia adentro ni hacia afuera en palabras coherentes. La mayoría de las veces, las palabras que procuran traducirlo resultan completamente vanas. Esto es tanto menos evitable cuanto aquellos que tienen más a menudo la ocasión de sentir que se les ha hecho un mal son aquellos que menos saben hablar. Nada es más horroroso por ejemplo que ver balbucear en un tribunal a un desgraciado ante un juez que profiere sutiles humoradas en lenguaje elegante. Exceptuada la inteligencia, la única facultad humana verdaderamente interesada en la libertad pública de expresión es esta parte del corazón que grita contra el mal. Pero como no sabe expresarse, la libertad es poca cosa para ella. Primero es necesario que la educación pública sea tal que le provea, lo más posible, de medios de expresión. Es necesario a continuación un régimen, para la expresión pública de las opiniones, que se defina menos por la libertad que por una atmósfera de silencio y de atención en la que este grito débil e inhábil pueda hacerse oír. Por fin, es necesario un sistema de instituciones que introduzcan en el mayor grado posible a las funciones de conducción a los hombres capaces y deseosos de oírlo y comprenderlo. Es claro que un partido ocupado en la conquista o en la conservación del poder gubernamental no puede discernir en estos gritos otra cosa que ruido. Reaccionará de manera diferente según que ese ruido importune al de su propia propaganda o por el contrario lo acreciente. Pero en ningún caso es capaz de una atención sensible y adivinatoria para discernir su significación. En menor grado sucede igual con las organizaciones que por contagio imitan a los partidos, es decir, cuando la vida pública está dominada por el juego de los partidos, para todas las organizaciones, comprendidos, por ejemplo los sindicatos e incluso las Iglesias. Desde luego, los partidos y organizaciones similares son también completamente ajenos a los escrúpulos de la inteligencia. Cuando la libertad de expresión se reduce de hecho a la libertad de propaganda para las organizaciones de este género, las únicas partes del alma humana que merecen expresarse no son libres de hacerlo. O lo son en un grado infinitesimal, apenas más que en el sistema totalitario. Ahora bien, este es el caso en una democracia en la que el juego de los partidos regula la distribución del poder, es decir, en eso que nosotros, franceses, hemos denominado hasta aquí democracia. Porque no conocemos otra. Entonces hay que inventar otra cosa. El mismo criterio, aplicado de una manera análoga a toda institución pública, puede conducir a conclusiones igualmente manifiestas. La persona no es lo que suministra este criterio. El grito de dolorosa sorpresa que suscita al fondo del alma la inflicción del mal no es algo personal. No basta con una agresión contra la persona y sus deseos para hacerlo brotar. Brota siempre por la sensación de un contacto con la injusticia a través del dolor. Constituye siempre, en el último de los hombres como en Cristo, una protesta impersonal. También se elevan muy a menudo gritos de protesta personal, pero estos carecen de importancia; se los puede provocar tanto como se quiera sin violar nada sagrado. Aquello que es sagrado, bien lejos de ser la persona, es lo que, en un ser humano, es impersonal. Todo aquello que es impersonal en el hombre es sagrado, y solo eso. En nuestra época, en la que los escritores y los científicos han usurpado tan extrañamente el lugar de los sacerdotes, el público reconoce, con una complacencia que carece por completo de fundamento en la razón, que las facultades artísticas y científicas son sagradas. Esto es generalmente considerado como evidente, aunque está bien lejos de serlo. Cuando se cree necesario dar un motivo, se alega que el juego de las facultades se encuentra entre las formas más altas del pleno desarrollo de la persona humana. A menudo, en efecto, es solamente eso. En ese caso, es fácil darse cuenta de lo que vale y lo que da. Eso da actitudes hacia la vida tales como aquella, tan común en nuestro siglo, expresada por la horrible frase de Blake: "es mejor ahogar a un niño en su cuna que conservar en sí un deseo no satisfecho". O tales como aquella que ha hecho nacer la concepción del acto gratuito. Esta da una ciencia en la que son reconocidas todas las especies posibles de normas, de criterios y de valores, excepto la verdad. El canto gregoriano, las iglesias romanas, la llíada, la invención de la geometría, no han sido, en los seres a través de los cuales estas cosas pasaron para venir hasta nosotros, ocasiones de plenitud. La ciencia, el arte, la literatura, la filosofia que son solamente formas de desarrollo de la persona, constituyen un dominio en el que se realizan logros patentes, gloriosos, que hacen vivir a los nombres durante millares de años. Pero por encima de este dominio, lejos por encima, separado de él por un abismo, hay otro en el que están situadas las cosas de primer orden. Estas son esencialmente anónimas. Es por azar que el nombre de aquellos que han penetrado allí se haya conservado o perdido; aun si se ha conservado, ellos entraron al anonimato. Su persona desapareció. La verdad y la belleza habitan en este dominio de las cosas impersonales y anónimas. Es él quien es sagrado. El otro no lo es, o si lo es, lo es solamente como podría serlo una mancha de color que, en un cuadro, representara una hostia. Aquello que es sagrado en la ciencia, es la verdad. Aquello que es sagrado en el arte, es la belleza. La verdad y la belleza son impersonales. Todo esto es demasiado evidente. Si un niño hace una suma, y se equivoca, el error lleva el sello de su persona. Si procede de una manera perfectamente correcta, su persona está ausente en toda la operación. La perfección es impersonal. La persona en nosotros es la parte en nosotros del error y del pecado. Todo el esfuerzo de los místicos se orientó siempre a obtener que dejara de haber en sus almas ninguna parte que dijera "yo". Pero la parte del alma que dice "nosotros" es todavía infinitamente más peligrosa. El pasaje a lo impersonal ocurre sólo mediante una atención de una rara calidad que sólo es posible en soledad. No solamente la soledad de hecho, sino la soledad moral. No ocurre nunca en aquel que se piensa a sí mismo como miembro de una colectividad, como parte de un "nosotros". Los hombres en colectividad no tienen acceso a loç impersonal, ni siquiera en sus formas inferiores. Un grupo de seres humanos no puede hacer siquiera una suma. Una suma se hace en un espíritu que olvida momentáneamente que existe algún otro espíritu. Lo personal se opone a lo impersonal, pero hay un pasaje del uno al otro. No hay pasaje de lo colectivo a lo impersonal. Primero es necesario que una colectividad se disuelva en personas separadas para que sea posible la entrada en lo impersonal. En este sentido solamente, la persona participa más de lo sagrado que la colectividad. No solamente la colectividad es extraña a lo sagrado, sino que se confunde haciendo de ello una falsa imitación. El error que atribuye a la colectividad un carácter sagrado es idolatría; en todos los tiempos, en todos los países es el crimen más extendido. Aquel a los ojos de quien cuenta solo el pleno desarrollo de la persona ha perdido completamente el sentido mismo de lo sagrado. Es difícil saber cuál de los dos errores es peor. A menudo se combinan en el mismo espíritu en tal o cual medida. Pero el segundo error tiene mucho menos energía y duración que el primero. Desde el punto de vista espiritual, la lucha entre la Alemania de 1940 y la Francia de 1940 era principalmente una lucha no entre la barbarie y la civilización, no entre el mal y el bien, sino entre el primer error y el segundo. La victoria del primero no es sorprendente; el primero es de por sí el más fuerte. La subordinación de la persona a la colectividad no es un escándalo; es un hecho del orden de los hechos mecánicos, como el del gramo al kilogramo en una balanza. La persona está en realidad siempre sometida a la colectividad, hasta e incluso en lo que se denomina su pleno desarrollo. Por ejemplo, los artistas y escritores más inclinados a considerar su arte como desarrollo pleno de su persona son precisamente en realidad los más sometidos al gusto del público. Hugo no encontraba ninguna dificultad en conciliar el culto de sí y el papel de "eco sonoro". Ejemplos como Wilde, Gide o los surrealistas son todavía más claros. Los científicos situados en el mismo nivel están también ellos esclavizados a la moda, la cual es aun más poderosa sobre la ciencia que sobre la forma de los sombreros. La opinión colectiva de los especialistas es casi soberana sobre cada uno de ellos. Estando la persona sometida de hecho y por la naturaleza de las cosas a lo colectivo, no hay derecho natural relativo a ella. Se tiene razón cuando se dice que la antigüedad no tenía la noción del respeto debido a la persona. Se pensaba demasiado claramente para una concepción tan confusa. El ser humano no escapa a lo colectivo si no es elevándose por encima de lo personal para penetrar en lo impersonal. En ese momento hay algo en él, una parcela de su alma, sobre la cual nada de lo colectivo puede ejercer ninguna influencia. Si él se puede arraigar en el bien impersonal, es decir, volverse capaz de extraer de ahí una energía, está en estado, todas las veces que piense estar obligado, de volver contra no importa qué colectividad, sin apoyarse sobre ninguna otra, una fuerza sin duda pequeña, pero real. Hay ocasiones en las que una fuerza casi infinitesimal es decisiva. Una colectividad es mucho más fuerte que un hombre solo; pero toda colectividad tiene necesidad para existir de operaciones, de las que la adición es el ejemplo elemental, que sólo se realizan en un espíritu en estado de soledad. Esta necesidad otorga la posibilidad de una influencia de lo impersonal sobre lo colectivo, si solamente se supiera estudiar un método para hacer uso de él. Cada uno de aquellos que han penetrado en el dominio de lo impersonal encuentran allí una responsabilidad hacia todos los seres humanos. La de proteger en ellos, no la persona, sino todo lo que la persona reviste de frágiles posibilidades de pasaje a lo impersonal. En primer lugar debe dirigirse a aquéllos el llamamiento al respeto hacia el carácter sagrado de los seres humanos. Porque para que un llamamiento semejante tenga existencia, es necesario que se dirija a seres susceptibles de oírlo. Es inútil explicarle a una colectividad que en cada una de las unidades que la componen hay algo que ella no debe violar. Primero una colectividad no es alguien, sino por ficción; no tiene existencia, si no es abstracta; hablarle es una operación ficticia. Luego, si ella fuera alguien, sería alguien sin disposición a respetarse más que a sí misma. Además, el mayor peligro no es la tendencia de lo colectivo a comprimir a la persona, sino la tendencia de la persona a precipitarse, a ahogarse en lo colectivo. O tal vez el primer peligro no es más que el aspecto aparente y engañoso del segundo. Si es inútil decirle a la colectividad que la persona es sagrada, es inútil también decirle a la persona que ella misma es sagrada. No puede creerlo. No se siente sagrada. La causa que impide que la persona se sienta sagrada, es que en realidad no lo es. Si hay seres cuya conciencia presta otro testimonio, a quienes su propia persona da un cierto sentimiento de sagrado que ellos creen poder, por generalización, atribuir a toda persona, se encuentran en una doble ilusión. Lo que ellos experimentan, no es el sentimiento de lo sagrado auténtico, es esta falsa imitación que produce lo colectivo. Si ellos lo experimentan hacia su propia persona, es porque ella forma parte del prestigio colectivo por la consideración social de la cual ella resulta ser el asiento. Así, es por error que ellos creen poder generalizar. Aunque esta generalización errónea proceda de un movimiento generoso, no puede tener suficiente virtud para que a sus ojos la materia humana anónima deje realmente de ser materia anónima. Pero es difícil que tengan la oportunidad de darse cuenta, porque no tienen contacto con ella. En el hombre, la persona es una cosa desamparada, que tiene frío, que corre a buscar refugio y calor. Esto es ignorado por aquellos en quienes ella está, aunque no fuera más que a la espera, cálidamente envuelta de consideración social. Es por eso que la filosofía personalista ha nacido y se ha difundido no en los ambientes populares, sino en los ambientes de escritores que, por profesión, poseen o esperan adquirir un nombre y una reputación. Las relaciones entre la colectividad y la persona deben ser establecidas con el único objeto de separar lo que es susceptible de impedir el crecimiento y la germinación misteriosa de la parte impersonal del alma. Para ello es necesario por un lado que haya alrededor de cada persona espacio, un grado de libre disposición del tiempo, posibilidades para el pasaje a grados de atención más y más elevados, soledad, silencio. Al mismo tiempo hace falta que se halle en la calidez, para que el desamparo no la obligue a ahogarse en lo colectivo. Si tal es el bien, parece difícil ir mucho más lejos en el sentido del mal que la sociedad moderna, incluso la democrática. Sobre todo una fábrica moderna no puede estar muy lejos del límite del horror. Cada ser humano es allí continuamente hostigado, espoleado por la intervención de voluntades extrañas, y al mismo tiempo el alma está en el frío, el desamparo y el abandono. El hombre necesita un silencio cálido, se le da un tumulto glacial. El trabajo físico, aunque sea una pena, no es en sí mismo una degradación. No es arte; no es ciencia; pero es otra cosa que tiene un valor absolutamente igual al del arte y la ciencia. Porque procura una posibilidad igual para el acceso a una forma impersonal de la atención. Arrancarle los ojos a Watteau adolescente y hacerlo girar una rueda de amolar no hubiera sido un crimen más grande que colocar en una línea de montaje o en una máquina de maniobra, pagándole monedas, a un muchacho que tiene la vocación para esta especie de trabajo. Solamente que esta vocación, contrariamente a la de la pintura, no es discernible. Exactamente en la misma medida que el arte y la ciencia, aunque de una manera diferente, el trabajo físico es un cierto contacto con la realidad, la verdad, la belleza de este universo y con la sabiduría eterna que constituye su orden. Por eso envilecer el trabajo es un sacrilegio exactamente en el sentido en que pisotear una hostia es un sacrilegio. Si aquellos que trabajan lo sintieran, si sintieran que por el hecho de que son sus víctimas son en un sentido cómplices, su resistencia tendría un impulso totalmente diferente del que les puede proporcionar el pensamiento de su persona y de su derecho. No sería una reivindicación; sería un alzamiento del ser entero, bravo y desesperado como en una joven a quien se quisiera meter a la fuerza en un prostíbulo, y sería al mismo tiempo un grito de esperanza salido del fondo del corazón. Este sentimiento habita en ellos, pero tan inarticulado que les es indiscernible. Los profesionales de la palabra son incapaces de darle expresión. Cuando se les habla de su propia suerte, se opta generalmente por hablarles de salarios. Ellos, bajo la fatiga que los agobia y convierte todo esfuerzo de atención en un dolor, reciben con alivio la fácil claridad de las cifras. Olvidan así que el objeto con respecto al cual se regatea, del que se quejan que se les fuerce a entregarlo barato, que se les niegue el precio justo, no es otra cosa que el alma. Imaginemos que el diablo intenta comprar el alma de un desgraciado, y que alguien, apiadándose del desgraciado, interviene en el debate y le dice al diablo: "es vergonzoso de su parte ofrecer ese precio; el objeto vale por lo menos el doble." Esta farsa siniestra es la que ha representado el movimiento obrero, con sus sindicatos, sus partidos, sus intelectuales de izquierda. Este espíritu de regateo estaba ya implícito en la noción de derecho que las gentes de 1789 tuvieron la imprudencia de colocar en el centro del llamado que quisieron gritar ante el mundo. Consistió en destruir su virtud por anticipado. La noción de derecho está ligada a la de partición, intercambio, cantidad. Tiene algo de comercial. Evoca por sí misma el proceso, el alegato. El derecho se sostiene sólo sobre un tono de reivindicación, y cuando se ha adoptado este tono, es porque no está lejos la fuerza, detrás de él, para confirmarlo, o sin esta es ridículo. Hay varias nociones, situadas todas en la misma categoría, que son por completo extrañas, en sí mismas, a lo sobrenatural, y están sin embargo un poco por encima de la fuerza brutal. Todas son relativas a los hábitos de la bestia colectiva, para emplear el lenguaje de Platón, cuando ésta guarda algunas huellas de un adiestramiento impuesto por la operación sobrenatural de la gracia. Cuando no reciben continuamente una renovación de la existencia de una renovación de esta operación, cuando no son más que supervivencias, se encuentran por necesidad sujetas al capricho de la bestia. Las nociones de derecho, de persona, de democracia están en esta categoría. Bernanos ha tenido el coraje de observar que la democracia no opone ninguna defensa contra los dictadores. La persona está sometida por naturaleza a la colectividad. El derecho es por naturaleza dependiente de la fuerza. Las mentiras y los errores que ocultan estas verdades son extremadamente peligrosos, porque impiden recurrir a lo único que se encuentra sustraído a la fuerza y preserva; es decir, otra fuerza, que es el resplandor del espíritu. La materia gravosa sólo es capaz de elevarse contra la gravedad en las plantas, por la energía del sol que el verde de las hojas captó y que actúa en la savia. La gravedad y la muerte recuperan progresivamente pero inexorablemente a la planta privada de luz. Entre estas mentiras se cuenta aquélla del derecho natural, lanzada por el siglo XVIII materialista. No por Rousseau, que era un espíritu lúcido, poderoso y de inspiración verdaderamente cristiana, sino por Diderot y los ambientes de la Enciclopedia. La noción de derecho nos viene de Roma, y, como todo aquello que viene de la antigua Roma, que es la mujer plena de nombres de lo blasfemo de la que habla el Apocalipsis, es pagana y no bautizable. Los romanos, que comprendieron, como Hitler, que la fuerza sólo tiene la plenitud de la eficacia si está vestida por algunas ideas, emplearon la noción de derecho con este fin. Se presta muy bien para ello. Se acusa a la Alemania moderna de despreciarla. Pero ésta se sirvió de aquella hasta la saciedad en sus reivindicaciones de nación proletaria. No reconoce, es cierto, a aquellos que subyuga otro derecho que el de obedecer. También la antigua Roma. Loar a la antigua Roma por habernos legado la noción de derecho es singularmente escandaloso. Porque si se quiere examinar ahí lo que fue esta noción en su origen, para discernir su especie, se ve que la propiedad estaba definida por el derecho de usar y abusar. Yen realidad la mayor parte de esas cosas que todo propietario tenía derecho de usar y abusar eran seres humanos. Los griegos no tenían la noción de derecho. No tenían palabras para expresarla. Se contentaban con el nombre de justicia. Es por una singular confusión que se ha podido asimilar la ley no escrita de Antígona al derecho natural. A los ojos de Creonte, no había en aquello que hizo Antígona absolutamente nada de natural. Él la juzgaba loca. No somos nosotros quienes podríamos negarle razón a él, nosotros que, en este momento, pensamos, hablamos y actuamos exactamente como él. Se lo puede verificar remitiéndose al texto. Antígona dice a Creonte: ''No es Zeus quien había ordenado esta disposición; no es la compañera de las divinidades del otro mundo, la Justicia, quien ha instaurado semejantes leyes entre los hombres." Creonte intenta convencerla de que sus órdenes eran justas; la acusa de haber ultrajado a uno de sus hermanos al honrar al otro, ya que así el mismo honor fue acordado al impío y al fiel, a aquel que murió intentando destruir a su propia patria y a aquel que murió por defenderla. Ella dice: "Con todo, el otro mundo exige leyes iguales." El objeta con sensatez: "Pero no hay igual suerte para el bueno y para el traidor." Ella solo encuentra esta absurda respuesta: "¿Quién sabe si en el otro mundo eso es legítimo?" La observación de Creonte es perfectamente razonable: ''Pero nunca un enemigo, ni aun después de muerto, es un amigo." Y la pequeña inocente responde: ''Nací para ser parte, no del odio, sino del amor." Creonte entonces, más y más razonable: ''Ve entonces al otro mundo, y ya que has de amar, ama a aquellos que moran allá abajo." En efecto, ese era su verdadero lugar. Porque la ley no escrita a la cual obedecía esta niña, bien lejos de tener en común lo que fuera con ningún derecho ni con nada natural, no era otra cosa que el amor extremo, absurdo, que empujó a Cristo a la Cruz. La Justicia, compañera de las divinidades del otro mundo, prescribe este exceso de amor. Ningún derecho lo prescribiría. El derecho carece de relación directa con el amor. Como la noción de derecho es extraña al espíritu griego, lo es también a la inspiración cristiana, allí donde es pura, sin mezcla con la herencia romana, o hebraica, o aristotélica. San Francisco de Asís hablando de derecho es inimaginable. Si se le dice a alguien que sea capaz de oírlo: ''Lo que me haces no es justo", se puede tocar y despertar en su fuente el espíritu de atención y de amor. No sucede igual con palabras como: ''Tengo el derecho de...", ''No tienes el derecho de..."; que encierran una guerra latente y despiertan un espíritu de guerra. La noción de derecho, puesta en el centro de los conflictos sociales, vuelve imposible de una parte y de la otra todo rasgo de caridad. Es imposible, cuando se hace un uso casi exclusivo de esa noción, mantener la mirada fija sobre el verdadero problema. Un campesino sobre quien un comprador, en un mercado, ejerce indiscretamente presión para inducirlo a vender sus huevos a un precio moderado, puede muy bien responder: "Tengo el derecho de quedarme con mis huevos si no se me ofrece un buen precio por ellos." Pero una joven a quien se está metiendo a la fuerza en un prostíbulo no hablará de su derecho. En semejante situación, esta palabra parecería ridícula a fuerza de insuficiencia. Es por lo que el drama social, que es análogo a la segunda situación, ha aparecido falsamente, por el uso de esta palabra, como análogo a la primera. El uso de esta palabra ha hecho, de lo que debería ser un grito surgido del fondo de las entrañas, un agrio graznido de reivindicación, sin pureza ni eficacia. La noción de derecho entraña naturalmente a continuación, por el hecho mismo de su mediocridad, la de persona, porque el derecho es relativo a las cosas personales. Está situado en ese nivel. Si se agrega a la palabra derecho la de persona, lo cual implica el derecho de la persona a lo que se llama desarrollo pleno, se hará un mal aun mucho más grave. El grito de los oprimidos descendería aun más bajo que el tono de la reivindicación, adquiriría el de la envidia. Porque la persona solo se desarrolla cuando el prestigio social la insufla; su desarrollo es un privilegio social. No se lo dice a las masas hablándoles de derechos de la persona, se les dice lo contrario. Ellas no disponen de suficiente poder de análisis para reconocerlo claramente por sí mismas; pero lo sienten, su experiencia cotidiana les da la certeza de eso. Para ellas no puede ser un motivo para rechazar esta palabra de orden. En nuestra época de inteligencia oscurecida, no hay ninguna dificultad en reclamar para todos una parte igual en los privilegios, en las cosas que tienen por esencia ser privilegios. Es una especie de reivindicación a la vez absurda y baja; absurda, porque el privilegio por definición es desigual; baja, porque no merece ser deseado. Pero la categoría de los hombres que formulan las reivindicaciones y todas las cosas, que tienen el monopolio del lenguaje, es una categoría de privilegiados. No son ellos quienes dirán que el privilegio no merece ser deseado. Ellos no lo piensan. Pero, sobre todo, eso sería indecente de su parte. Muchas verdades indispensables que salvarían a los hombres no son pronunciadas por una causa de ese género; aquellos que podrían pronunciarlas no las pueden formular, aquellos que podrían formularlas no las pueden pronunciar. El remedio para este mal sería uno de los problemas acuciantes de una verdadera política. En una sociedad inestable, los privilegiados tienen mala conciencia. Unos lo disimulan con un aire de desafío y dicen a las masas: ''Es muy conveniente que ustedes no posean privilegios y que yo sí." Los otros les dicen con aire de benevolencia: "Yo reclamo para todos ustedes una parte igual de los privilegios que poseo." La primera actitud es odiosa. La segunda carece de sensatez. También es demasiado fácil. Una y otra aguijonean al pueblo a correr por la vía del mal, a alejarse de su único y verdadero bien, que no está en sus manos, pero que, en un sentido, está tan cerca de él. Él está mucho más cerca de un bien auténtico, fuente de belleza, verdad, alegría y plenitud que aquellos que le conceden su piedad. Pero, al no estar allí y no saber cómo ir, todo pasa como si estuviera infinitamente lejos. Aquellos que hablan por él, que le hablan, son igualmente incapaces de comprender en qué desamparo se encuentra y qué plenitud de bien se halla casi en su umbral. Y aquel, a aquel le es indispensable ser comprendido. La desgracia es por sí misma inarticulada. Los desgraciados suplican silenciosamente que se les proporcione palabras para expresarse. Hay épocas en las que no se los satisface. Hay otras en las que se les proporcionan palabras, pero mal elegidas, porque aquellos que las eligen son extraños a la desgracia que interpretan. Casi siempre están lejos de aquella por el lugar en que los han puesto las circunstancias. Pero incluso si están cerca, o si estuvieron dentro en un periodo de su vida, incluso reciente, le son no obstante extraños, porque se han vuelto todo lo extraños que pudieron. Al pensamiento le repugna pensar la desgracia, tanto como a la carne viviente le repugna la muerte. La ofrenda voluntaria de un ciervo que avanza paso a paso para entregarse a los dientes de una jauría es posible casi en el mismo grado que un acto de atención dirigido a un desgraciado real y cercano, de parte de un espíritu que tiene la facultad de no hacerlo. Aquello que, siendo indispensable al bien, es imposible por naturaleza, siempre es posible sobrenaturalmente. El bien sobrenatural no es una suerte de suplemento del bien natural, como se nos quiso persuadir, con ayuda de Aristóteles, para nuestra mayor comodidad. Sería agradable que fuera así, pero no es así. En todos los problemas desgarradores de la existencia humana, sólo hay elección entre el bien sobrenatural y el mal. Poner en la boca de los desgraciados palabras que pertenecen a la región media de los valores, tales como democracia, derecho o persona, es hacer les un regalo que no es susceptible de traerles ningún bien y que les hace inevitablemente mucho mal. Estas nociones no tienen su lugar en el cielo, están en suspenso en los aires, y por esta misma razón son incapaces de morder la tierra. Sólo la luz que cae continuamente del cielo le proporciona a un árbol la energía que hunde en la tierra las poderosas raíces. El árbol está en verdad arraigado en el cielo. Sólo aquello que viene del cielo es susceptible de imprimir realmente una marca en la tierra. Si se quiere armar eficazmente a los desgraciados, es necesario poner en sus bocas sólo palabras cuya propia permanencia se encuentra en el cielo, por encima del cielo, en el otro mundo. No hay que temer que esto sea imposible. La desgracia dispone al alma a recibir ávidamente, a beber todo lo que viene de ese lugar. Para esta especie de productos faltan los abastecedores, no los consumidores. El criterio para la elección de las palabras es fácil de reconocer y de emplear. Los desgraciados, inundados de mal, aspiran al bien. Hay que darles palabras que expresen solamente el bien, el bien en estado puro. La distinción es fácil. Las palabras a las cuales se puede unir algo que designe un mal son extrañas al bien puro. Se expresa una censura cuando se dice: "Él pone su persona primero." La persona es por lo tanto extraña al bien. Se puede hablar de un abuso de la democracia. La democracia es por lo tanto extraña al bien. La posesión de un derecho implica la posibilidad de hacer de él un buen o un mal uso. El derecho es entonces extraño al bien. Por el contrario, el cumplimiento de una obligación es un bien siempre, en todas partes. La verdad, la belleza, la justicia, la compasión son bienes siempre, en todas partes. Es suficiente, para tener seguridad de que se dice lo debido, limitarse, cuando se trata de las aspiraciones de los desgraciados, a las palabras y las frases que expresan siempre, en todas partes, en toda circunstancia, únicamente el bien. Este es uno de los dos únicos servicios que se les podría prestar con las palabras. El otro es encontrar palabras que expresen la verdad de su desgracia; que, a través de las circunstancias exteriores, vuelvan sensible el grito siempre proferido en el silencio: ¿Por qué se me hace daño? No deben contar para eso con los hombres de talento, las personalidades, las celebridades, ni tampoco con los hombres de genio en el sentido en el que se emplea de ordinario la palabra genio, cuyo uso se confunde con el de la palabra talento. Ellos sólo pueden contar con los genios de primer orden, el poeta de la Iliada, Esquilo, Sófocles, Shakespeare tal como era cuando escribió Lear, Racine tal como era cuando escribió Fedra. No es un gran número. Pero hay muchos seres humanos, que, estando mal o mediocremente dotados por la naturaleza, parecerían infinitamente inferiores no solamente a Homero, Esquilo, Sófocles, Shakespeare, Racine, sino también a Virgilio, Corneille, Hugo; y que no obstante viven en el reino de los bienes impersonales en los que estos últimos no han penetrado. Un idiota de aldea, en el sentido literal de la palabra, que ama realmente la verdad, aun cuando no emitiera nunca otra cosa que balbuceos, es para el pensamiento infinitamente superior a Aristóteles. Está infinitamente más cercano a Platón de lo que nunca estuvo Aristóteles. Tiene genio, mientras que a Aristóteles sólo le cabe la palabra talento. Si un hada le propusiera cambiar su suerte por un destino análogo al de Aristóteles, lo sensato para él sería rehusarse sin dudarlo. Pero él no sabe nada. Nadie se lo dice. Todo el mundo le dice lo contrario. Hay que decírselo. Hay que alentar a los idiotas, las gentes sin talento, las gentes de talento mediocre o apenas mejor que mediano, que tienen genio. No hay que temer volverlos orgullosos. El amor a la verdad está siempre acompañado de humildad. El genio real no es otra cosa que la virtud sobrenatural de la humildad en el dominio del pensamiento. En lugar de alentar el florecimiento de los talentos, como se propuso en 1789, hay que querer y cuidar con un tierno respeto el crecimiento del genio; porque solo los héroes realmente puros, los santos y los genios pueden ser un socorro para los desgraciados. Entre los dos, las gentes de talento, de inteligencia, de energía, de carácter, de fuerte personalidad, obstaculizan e impiden el socorro. No hay que hacerle ningún daño al obstáculo, sino dejarlo suavemente de lado, procurando que lo advierta lo menos posible. Y es necesario quebrantar el obstáculo mucho más peligroso de lo colectivo, suprimiendo toda la parte de nuestras instituciones y de nuestras costumbres en las que habite una forma cualquiera del espíritu de partido. Ni las personalidades ni los partidos prestan jamás oídos a la verdad ni a la desgracia. Hay una alianza natural entre la verdad y la desgracia, porque una y otra son suplicantes mudos, eternamente condenados a permanecer sin voz delante de nosotros. Como un vagabundo, acusado en el tribunal de haber tomado una zanahoria de un campo, se sostiene de pie ante al juez, quien cómodamente sentado, enhebra elegantemente preguntas, comentarios e. ironías, mientras que el otro no consigue siquiera balbucear; así se sostiene la verdad ante una inteligencia ocupada en alinear elegantemente las opiniones. El lenguaje, incluso en el hombre que en apariencia calla, es siempre lo que formula las opiniones. La facultad natural que se denomina inteligencia es relativa a las opiniones y al lenguaje. El lenguaje enuncia relaciones. Pero enuncia pocas, porque se desenvuelve en el tiempo. Si es confuso, vago, poco riguroso, sin orden, si el espíritu que lo emite o que lo escucha tiene una escasa capacidad de mantener un pensamiento presente en el espíritu, estará vacío o casi vacío de todo contenido real de relaciones. Si es perfectamente claro, preciso, riguroso, ordenado; si se dirige a un espíritu capaz, habiendo concebido un pensamiento, de mantenerlo presente mientras concibe otro, de mantener los dos presentes mientras concibe un tercero, y así sucesivamente; en ese caso, el lenguaje puede ser relativamente rico en relaciones. Pero como toda riqueza, esta riqueza relativa es una miseria atroz, comparada con la perfección que sólo es lo deseable. Incluso en el mejor de los casos, un espíritu encerrado en el lenguaje está en prisión. Su límite es la cantidad de relaciones que las palabras pueden hacer presentes en su espíritu al mismo tiempo. Permanece en la ignorancia de los pensamientos que implican la combinación de un número de relaciones más grande; estos pensamientos están fuera del lenguaje, no son formulables, aunque sean perfectamente rigurosos y claros, y aunque .cada una de las relaciones que los componga sea expresable en palabras perfectamente precisas. Así el espíritu se desplaza en un espacio cerrado de verdad parcial, que puede ser además más o menos grande, sin poder nunca echar una mirada sobre lo que está afuera. Si un espíritu cautivo ignora su propia cautividad, vive en el error. Si la reconoce, aunque no fuera por más que un décimo de segundo, y se afana en olvidarlo para no sufrir, permanece en la mentira. Hombres de inteligencia extremadamente brillante pueden nacer, vivir y morir en el error y la mentira. En aquellos la inteligencia no es un bien ni siquiera una ventaja. La diferencia entre hombres más o menos inteligentes es como la diferencia entre criminales condenados de por vida a prisión celular, en la que las celdas fueran más o menos grandes. Un hombre inteligente y orgulloso de su inteligencia se asemeja a un condenado que estuviera orgulloso de tener una gran celda. Un espíritu que siente su cautividad querría disimulársela. Pero si tiene horror a la mentira no lo hará. Entonces ha de sufrir mucho. Se golpeará contra el muro hasta el desvanecimiento; despertará, mirará la pared con temor, después un día recomenzará y perderá el sentido de nuevo; y así sucesivamente, sin fin, sin ninguna esperanza. Un día despertará del otro lado del muro. Puede todavía estar cautivo, en un ambiente sólo más espacioso. ¿Qué importa? Él posee desde ahora la llave, el secreto que hace caer todos los muros. Está más allá de aquello que los hombres llaman inteligencia, es ahí donde comienza la sabiduría. Todo espíritu encerrado por el lenguaje es capaz solamente de opiniones. Todo espíritu devenido capaz de asir pensamientos inexpresables a causa de la multitud de relaciones que se combinan allí, aunque más rigurosos y más luminosos que aquello que expresa el lenguaje más preciso, todo espíritu arribado a este punto permanece ya en la verdad. La certidumbre y la fe sin sombra le pertenecen. E importa poco si tuvo en el origen escasa o mucha inteligencia, si estuvo en una celda estrecha o grande. Lo único que importa es que habiendo llegado a la cima de su propia inteligencia, cualquiera que pudiera ser, haya ido más allá. Un idiota de aldea está tan cerca de la verdad como un niño prodigio. Uno y otro están separados solamente por un muro. No se entra en la verdad sin haber pasado a través del propio anonadamiento; sin haber permanecido largo tiempo en un estado de extrema y total humillación. Es el mismo obstáculo que se opone al conocimiento de la desgracia. Como la verdad es otra cosa que la opinión, la desgracia es otra cosa que el sufrimiento. La desgracia es un mecanismo que muele el alma; el hombre agarrado ahí es como un obrero atrapado por los dientes de una máquina. No es más que una cosa desgarrada y sangrante. El grado y la naturaleza del sufrimiento que constituye en el sentido propio una desgracia es muy diferente según los seres humanos. Esto depende sobre todo de la cantidad de energía vital poseída en el punto inicial y de la actitud adoptada ante el sufrimiento. El pensamiento humano no puede reconocer la realidad de la desgracia. Si alguien reconoce la realidad de la desgracia, debe decirse: "Un juego de circunstancias que yo no controlo puede quitarme cualquier cosa en cualquier momento, comprendidas todas las cosas que son de tal suerte mías que las considero como si fueran yo mismo. No hay nada en mí que yo no pueda perder. Un azar puede abolir en cualquier momento lo que soy y poner en su lugar cualquier cosa vil y despreciable." Pensar eso con toda: el alma es experimentar la nada. Es el estado de extrema y total humillación que es también la condición del pasaje a la verdad. Es una muerte del alma. Por eso el espectáculo de la desgracia desnuda le causa al alma la misma retracción que la proximidad de la muerte le causa a la carne. Se piensa en los muertos con piedad cuando se los evoca solamente con el espíritu, o cuando se anda por las tumbas, o cuando se los ve convenientemente dispuestos en un lecho. Pero la visión de ciertos cadáveres que están como tirados en un campo de batalla, con un aspecto a la vez siniestro y grotesco, causa horror. La muerte aparece desnuda, no vestida, y la carne se estremece. La desgracia, cuando la distancia material o moral permite verla solamente de una manera vaga, confusa, sin distinguirla del simple sufrimiento, inspira a las almas generosas una tierna piedad. Pero cuando un juego cualquiera de circunstancias hace que de repente se revele desnuda en alguna parte, como una cosa que destruye, una mutilación o una lepra del alma, nos estremecemos y retrocedemos. Y los propios desgraciados experimentan el mismo estremecimiento de horror ante sí mismos. Escuchar a alguien es ponerse en su lugar mientras habla. Ponerse en el lugar de un ser cuya alma está mutilada por la desgracia o en peligro inminente de serlo, es anonadar la propia alma. Es más difícil de lo que sería el suicidio para un niño feliz de vivir. Así, los desgraciados no son escuchados. Están en el estado en que se encontraría alguien a quien se le hubiera cortado la lengua y que por momentos olvidara su mutilación. Sus labios se mueven y ningún sonido llega a los oídos. Ellos mismos son rápidamente alcanzados por la impotencia en el uso del lenguaje por la certidumbre de no ser oídos. Es por eso que no hay esperanza para el vagabundo de pie ante el juez. Si mediante sus balbuceos sale algo de desgarrador, que horada el alma, eso no será oído por el juez ni por los espectadores. Es un grito mudo. Y los desgraciados entre ellos son casi siempre igual de sordos los unos para los otros. Y cada desgraciado, bajo la coacción de la indiferencia general, intenta por la mentira o la inconsciencia volverse sordo para sí mismo. Sólo la operación sobrenatural de la gracia hace pasar a un alma a través de su propio anonadamiento hasta el lugar en el que se cosecha la sola especie de atención que permite estar atento a la verdad y a la desgracia. Es la misma para los dos objetos. Es una atención intensa, pura, sin móvil, gratuita, generosa. Y esta atención es amor. Porque la desgracia y la verdad tienen necesidad para ser oídas de la misma atención, el espíritu de justicia y el espíritu de verdad son uno. El espíritu de justicia y de verdad no es otra cosa que una cierta especie de atención, que es puro amor. Por una disposición eterna de la Providencia, todo lo que un hombre produce en todo dominio cuando el espíritu de justicia y de verdad lo conduce está revestido del resplandor de la belleza. La belleza es el misterio supremo de aquí abajo. Es un resplandor que solicita la atención, pero no le ofrece ningún móvil para durar. La belleza promete siempre y no da nunca nada; suscita un apetito, pero no hay en ella alimento para la parte del alma que procura saciarse aquí abajo; sólo tiene alimento para la parte del alma que mira. Suscita el deseo, y hace sentir claramente que en ella no hay nada que desear, porque de ella se espera antes que nada que no cambie. Si no buscamos recursos para salir del tormento delicioso que ella inflige, el deseo poco a poco se transforma en amor, y se forma un germen de la facultad de la atención gratuita y pura. Así como la desgracia es repelente, la verdadera expresión de la desgracia es soberanamente bella. Se pueden dar como ejemplos, incluso en los siglos recientes, Fedra, La escuela de las mujeres, Lear, los poemas de Villon, pero más todavía las tragedias de Esquilo y Sófocles; y más todavía la Ilíada, el Libro de Job, algunos poemas populares; y más todavía los relatos de la Pasión en los Evangelios. El resplandor de la belleza se difunde sobre la desgracia por la luz del espíritu de justicia y de amor, el único que permite a un pensamiento humano mirar y representar la desgracia tal cual es. También todas las veces que un fragmento de verdad inexpresable va en palabras que, sin poder contener la verdad que las ha inspirado, tienen con ella una correspondencia tan perfecta por su disposición que ofrecen un sostén a todo espíritu deseoso de reencontrarla, todas las veces que es así, un resplandor de belleza se difunde sobre las palabras. Todo aquello que procede del amor puro está iluminado por el resplandor de la belleza. La belleza es sensible, aunque muy confusamente y mezclada con muchas falsas imitaciones, al interior de la celda en la que todo pensamiento humano está en principio encerrado. La verdad y la justicia de la lengua cercenada no pueden esperar ningún otro socorro que el suyo. Ella tampoco tiene lenguaje; no habla; no dice nada. Pero ella tiene una voz para llamar. Llama y muestra la justicia y la verdad que no tienen voz. Como un perro ladra para hacer venir a la gente junto a su amo que yace inanimado en la nieve. Justicia, verdad, belleza son hermanas y aliadas. Con tres palabras tan bellas no es necesario buscar otras. La justicia consiste en velar porque no se haga mal a los hombres. Se le hace el mal a un ser humano cuando él grita interiormente: "¿Por qué se me hace mal?" Muchas veces se yerra al intentar darse cuenta de qué mal sufre, quién se lo inflige, porqué se le inflige. Pero el grito es infalible. El otro grito tan a menudo oído: "¿Por qué el otro tiene más que yo?" es relativo al derecho. Es necesario aprender a distinguir los dos gritos y acallar el segundo lo más que se pueda, con la menor brutalidad posible, con la ayuda de un código, los tribunales ordinarios y la policía. Para formar los espíritus capaces de resolver los problemas situados dentro de este dominio basta con la Facultad de Derecho. Pero el grito: "¿Por qué me hacen mal?" plantea problemas completamente diferentes, para los cuales es indispensable el espíritu de verdad, de justicia y de amor. En toda alma humana asciende continuamente la demanda de que no se le haga mal. El texto del Pater dirige esta demanda a Dios. Pero Dios solo tiene el poder de preservar del malla parte eterna de un alma que haya entrado en contacto real y directo con él. El resto del alma, y el alma entera en quienquiera que no haya recibido la gracia del contacto real y directo con Dios, está abandonada a la voluntad de los hombres y al azar de las circunstancias. Así les corresponde a los hombres velar porque no se haga mal a los hombres. Cuando se le hace un mal a alguien, el mal penetra verdaderamente en él; no solamente el dolor, el sufrimiento, sino el propio horror del mal. Así como los hombres tienen el poder de transmitirse el bien los unos a los otros, tienen también el poder de transmitirse el mal. Se puede transmitir el mal a un ser humano alabándolo, proporcionándole bienestar, placeres; pero más a menudo los hombres transmiten el mal a los hombres haciéndoles el mal. No obstante, la Sabiduría eterna no deja al alma humana enteramente a la merced del azar de los acontecimientos y de la voluntad de los hombres. El mal infligido desde afuera a un ser humano bajo la forma de una lesión exaspera el deseo del bien y suscita así automáticamente la posibilidad de un remedio. Cuando la lesión ha penetrado profundamente, el bien deseado es el bien perfectamente puro. La parte del alma que pregunta: "¿Por qué se me hace el mal?" es la parte profunda que en iodo ser humano, incluso el más manchado, ha permanecido desde la primera infancia perfectamente intacta y perfectamente inocente. Preservar la justicia, proteger a los hombres de todo mal, es primero impedir que se les haga el mal. Para aquellos a quienes se les ha hecho el mal, es borrar las consecuencias materiales, poner a las víctimas en una situación en la que la lesión, si no ha calado con demasiada profundidad, sea sanada naturalmente por el bienestar. Pero para aquellos en quienes la lesión ha desgarrado toda el alma, es además y antes que nada calmar la sed dándoles de beber del bien perfectamente puro. Puede existir la obligación de infligir el mal para suscitar esta sed con el fin de colmarla. En eso consiste el castigo. Aquellos que se han vuelto extraños al bien hasta el punto de procurar la difusión del mal a su alrededor solo pueden ser reintegrados al bien por la inflicción del mal. Es necesario infligírselos hasta que despierte en el fondo de ellos la voz perfectamente inocente que dice con asombro: "¿Por qué se me hace el mal?" Es necesario que esta parte inocente del alma del criminal reciba alimento y que crezca, hasta que se constituya ella misma en tribunal en el interior del alma, para juzgar los crímenes pasados, para condenarlos y luego con el socorro de la gracia, para perdonarlos. La operación del castigo está entonces acabada; el culpable se reintegró al bien, y debe ser pública y solemnemente reintegrado a la ciudad. El castigo no es otra cosa que esto. Incluso la pena capital, aunque excluye la reintegración a la ciudad en el sentido literal, no debe ser otra cosa. El castigo es únicamente un procedimiento para proporcionar bien puro a hombres que no lo desean; el arte de castigar es el arte de despertar en los criminales el deseo del bien puro por el dolor o aun por la muerte. Pero nosotros hemos perdido por completo incluso la noción del castigo. Nosotros ya no sabemos que consiste en proporcionar el bien. Para nosotros se limita a la inflicción del mal. Por eso en la sociedad moderna hay una cosa y solo una más odiosa aun que el crimen, y es la justicia represiva. Hacer de la idea de justicia represiva el móvil central del esfuerzo de la guerra y de la revuelta es más peligroso de lo que nadie puede imaginar. Es necesario usar el miedo para disminuir la actividad criminal de los ruines; pero es horroroso ejercer la justicia represiva, tal como la concebimos hoy en día en nuestra ignorancia, el móvil de los héroes. Siempre que un hombre de hoy habla de castigo, punición, retribución, justicia en el sentido punitivo, se trata solamente de la venganza más baja. Ese tesoro del sufrimiento y de la muerte violenta, que Cristo tomó para él y que él ofrece tan a menudo a aquellos que ama, lo tomamos tan poco en cuenta que lo echamos a los seres más viles a nuestros ojos, sabiendo que no harán ningún uso de él y sin la intención de ayudarlos a encontrar ese uso. A los criminales, el verdadero castigo; a los desgraciados a los que la desgracia ha mordido en el fondo del alma, una ayuda capaz de llevarlos a aplacar su sed en las fuentes sobrenaturales; a todos los demás un poco de bienestar, mucha belleza, y la protección contra aquellos que les harían mal; en todas partes la limitación rigurosa del tumulto de las mentiras, las propagandas y las opiniones; la instalación de un silencio en el que la verdad pueda germinar y madurar; esto es lo debido a los hombres. Para asegurar eso a los hombres, solo se puede contar con los seres que han pasado más allá de un cierto límite. Se dirá que son demasiado poco numerosos. Probablemente son raros, pero no obstante no se los puede contar; la mayoría están ocultos. El bien puro es enviado del cielo aquí abajo solo en cantidad imperceptible, ya sea en cada alma, ya sea en la sociedad. ''El grano de mostaza es el más pequeño de los granos." Proserpina comió un solo grano de granada. Una perla enterrada en el fondo de un campo no es visible. La levadura mezclada en la masa no se nota. Pero como en las reacciones químicas los catalizadores o las bacterias, de lo que la levadura es un ejemplo, incluso en las cosas humanas los granos imperceptibles del bien puro actúan de una manera decisiva por su sola presencia, si son puestos donde hace falta. ¿Cómo ponerlos donde hace falta? Mucho se lograría si de los responsables de mostrar al público las cosas para alabar, admirar, esperar, buscar, demandar, por lo menos algunos resolvieran dentro de su corazón desdeñar absolutamente y sin excepción todo aquello que no sea el bien puro, la perfección, la verdad, la justicia, el amor. Se haría más si la mayor parte de aquellos que poseen hoy fragmentos de autoridad espiritual sintieran la obligación de no proponer nunca a las aspiraciones de los hombres otra cosa que el bien real y perfectamente puro. Cuando se habla del poder de las palabras se trata siempre de un poder de ilusión y de error. Pero, por el efecto de una disposición providencial, hay algunas palabras que, si se hace de ellas buen uso, tienen en sí mismas la virtud de iluminar y elevar hacia el bien. Son las palabras a las cuales corresponde una perfección absoluta e inasible para nosotros. La virtud de la iluminación y del impulso hacia lo alto reside en estas palabras en sí mismas, en estas palabras como tales, no en ninguna concepción. Porque hacer un buen uso, es antes que nada no hacerles corresponder ninguna concepción. Lo que expresan es inconcebible. Dios y verdad son palabras como esas. También justicia, amor, bien. El empleo de estas palabras es peligroso. Su uso es una ordalía. Para que se haga un uso legítimo de ellas, es necesario a la vez no encerrarlas en ninguna concepción humana y unirles concepciones y acciones directa y exclusivamente inspiradas por su luz. De otro modo son rápidamente reconocidas por todos como mentiras. Son compañeros incómodos. Palabras como derecho, democracia y persona son más cómodas. En este sentido son naturalmente preferibles a los ojos de aquellos que, incluso con buenas intenciones, han asumido funciones públicas. Las funciones públicas no tienen otra significación que la posibilidad de hacer al bien a los hombres, y aquellos que las asumen con buena intención desean infundir el bien sobre sus contemporáneos; pero cometen por lo general el error de creer que primero podrán ellos mismos adquirirlo a bajo precio. Las palabras de la región media, derecho, democracia, persona, son de buen uso en su región, la de las instituciones medias. La inspiración de la cual proceden todas las instituciones, de la cual ellas son como la proyección, reclama otro lenguaje. La subordinación de la persona a lo colectivo está en la naturaleza de las cosas como la del gramo al kilogramo en la balanza. Pero en una balanza el kilogramo puede ceder ante el gramo. Basta con que uno de los brazos sea más de mil veces más largo que el otro. La ley del equilibrio vence soberanamente a las desigualdades de los pesos. Pero nunca el peso inferior vencerá al peso superior sin una relación entre ellos en la que se cristalice la ley del equilibrio. De igual manera la persona solo puede ser protegida contra lo colectivo, y la democracia asegurada, por una cristalización en la vida pública del bien superior, que es impersonal y sin relación con ninguna forma política. La palabra persona, es cierto, se aplica a menudo a Dios. Pero en el pasaje en el que Cristo propone a los hombres al mismo Dios como modelo de una perfección que se les ordena realizar, no agrega solamente la imagen de una persona, sino sobre todo la de un orden impersonal: "Volveos hijos de vuestro Padre, el de los cielos, que hace elevar su sol sobre los malvados y los buenos y caer su lluvia sobre los justos y los injustos." Este orden impersonal y divino del universo tiene como imagen entre nosotros la justicia, la verdad, la belleza. Nada inferior a estas cosas es digno de servir de inspiración a los hombres que aceptan morir. Por encima de las instituciones destinadas a proteger el derecho, las personas, las libertades democráticas, es necesario inventar otras destinadas a discernir y abolir todo aquello que, en la vida contemporánea, aplasta a las almas bajo la injusticia, la mentira y la fealdad. Es necesario inventarlas, porque son desconocidas, y es imposible dudar que sean indispensables. Traducción de Alejandro Kaufman
Entre las figuras poéticas y retóricas, Adynata (plural de Adynaton, que suena a palabra femenina en castellano) compone lo imposible. Procura insurgencias, exageraciones paradojales, lenguas inventadas, disparates colmados, mundos enrevesados, infancias en las que “nada el pájaro y vuela el pez”.